Cero en sociales y humanidades

Juan José García posada, profesor de la U. Pontificia Bolivariana y columnista de El Colombiano, señala que si Colciencias reincide en su visión disparatada y privilegia las ciencias puras y exactas y descarta las del espíritu es porque se mantiene consecuente con la antigua tradición de un país que les ha rendido culto a la ignorancia, a la malicia y la mala fe.

La discusión que está notándose en el entorno universitario sobre la minimización de sociales y humanidades me parece demasiado tardía. Desde hace tiempos son saberes marginales de los programas educativos. Se ha concluido que no contribuyen al mejoramiento del Producto Interno Bruto. El argumento de la elevación de la calidad de vida no es demostrable mediante indicadores evaluables. Ni la historia, ni la filosofía, ni la pedagogía, ni la comunicación permiten obtener patentes internacionales. Las publicaciones de tales áreas se descalifican como entretenimientos tan superfluos como la novela y la poesía. No causan visibilidad.

Si Colciencias reincide en su visión disparatada y privilegia las ciencias puras y exactas (es obvio que son importantísimas, no lo niego) y descarta las del espíritu (como está debatiéndose en el caso de la clasificación de doctorados), no es porque acepte el criterio de Lacan cuando las señalaba como conjeturales, sino porque se mantiene consecuente con la antigua tradición de un país que les ha rendido culto a la ignorancia (el quinto jinete apocalíptico), a la malicia y la mala fe y al pensar y proceder torticeros como patrones institucionales y ha mandado la cultura al sanalejo de las dedicaciones ociosas que no causan utilidades ni dividendos.

Aquí, donde no se respeta la educación, porque, por ejemplo, se aprueban cantinas cerca de colegios y universidades, es demasiado esperar que las reflexiones humanas y sociales merezcan siquiera mínimo puntaje en los ránquines oficiales y en la repartición de becas para estudiantes. Si de ciertos funcionarios gubernamentales y educativos dependiera, ya mismo imitarían la recomendación del ministro japonés de asuntos educativos y mandarían cerrar las escuelas y facultades de sociales y humanidades, porque representarían un lastre incosteable cuando de lo que se trata es de garantizar que el ánimo de lucro sea exitoso.

Nunca los tecnócratas admitirán que en la educación de cualquier nivel se defienda la primacía del humanismo. Lo utilizarán apenas como un adorno semántico para decorar los anuncios publicitarios. Para ellos, el estudiante, el profesor, el egresado, seguirán siendo simples clientes de “nuestra marca”. Y no dejarán de preguntar: ¿Cuánto dinero ha producido la idea de la libertad? ¿Ha tenido utilidad práctica y concreta el valor de la paz? ¿Ha producido resultados medibles el concepto de justicia? ¿Los ensayos acerca de la tolerancia le han generado beneficios económicos a la sociedad?

Martha Nussbaum ha predicado en el desierto al defender el cultivo de la humanidad. Pierre Hadot parece un estulto al enfatizar en la utilidad de “lo inútil” en nuestro tiempo. Y no nos engañemos: En este país las ciencias acreditables como útiles no han recibido el justo respaldo estatal y los programas de sociales y humanidades no han pasado de cero en calificación.

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