Dejemos de postergar la Profesionalización Docente: José Andrés Martínez – marzo/20

Dejemos de postergar la Profesionalización Docente: José Andrés Martínez – marzo/20

Análisis deJosé Andrés Martínez Silva en su blog, sobre paradójicas exigencias de las universidades a sus docentes.

Hace unos años las Universidades en Colombia comenzaron a aparecer en los rankings internacionales (seguramente como parte de la estrategia comercial de quienes realizan dichos rankings), algunas de ellas al ocupar mejores puestos que su competencia comenzaron a interesarse seriamente por esta forma de medición. Indagando acerca de como ocupar mejores posiciones llegaron a una conclusión impactante: ¡Tenían que convertirse en Universidades de Investigación! y sin que mediara otro tipo de consideración varias de ellas tomaron este camino, muchas sin comprender que significa en realidad ser una Universidad de Investigación.

El nuevo enfoque pasaba por establecer al interior de las Universidades un mecanismo que garantizara la producción científica de sus profesores, de manera tal que los escalafones fueron ajustados: las altas titulaciones ya no eran una opción y un profesor que deseara ingresar a trabajar en una universidad debía contar como mínimo con una maestría y un par de publicaciones, la ruta hacia los doctorados se convirtió en la única ruta posible para todos los que habían optado por formar personas como su proyecto de vida y publicar en revistas científicas indexadas y ojalá en coautoría con un investigador internacional eran metas que debían lograrse muy prontamente para continuar en carrera.

Esta competencia desaforada por convertirse en la mejor universidad de investigación en Colombia, para aparecer mejor posicionada en los rankings, hizo que al interior de las universidades los profesores se dieran cuenta de que ya no valía ser un buen profesor en términos de docencia, sino que lo que realmente estaba marcando la pauta en el escalafón era ser un buen investigador, lo cual se evidenciaba por el número de publicaciones que conseguían al año. De esta forma e impulsados por su instinto de supervivencia los profesores comenzaron a jugar el juego que les correspondía, investigar era ahora el nuevo rey, publicar el trofeo más preciado y las clases… bueno, las clases algo “que había que dar” entre una fascinante investigación y otra por que no quedaba otro remedio.

Pasaron los años y las Universidades llegaron a sus topes de productividad, los rankings se estabilizaron y las posiciones – al menos en los primeros lugares- dejaron de moverse (de vez en cuando el #1 aparece como el #2 y el #4 puede llegar a cambiar lugares con el #6), resultaba evidente que aparte del cambio de posición al interior del país, pocas cosas habían cambiado hacia afuera – con algunas excepciones a nivel de Latinoamérica – y los primeros lugares a nivel mundial estaban fuera del alcance de cualquier Universidad en Colombia.

Mientras todo esto ocurría muchos profesores perdieron sus puestos al no alcanzar la producción científica deseada y eran reemplazados por profesores más jóvenes, con títulos de doctorado en universidades del extranjero, lo cual auguraba (hermoso sueño de la provincia) un mayor número de publicaciones de la mano de importantes doctores en otros confines del mundo. Estos jóvenes se habían formado con las reglas del nuevo juego y por ello dar clases era algo que les parecía absolutamente ajeno a su labor como “investigadores”, pero lo hacían porque no quedaba otro remedio.

Durante todo este periodo un proceso se estancó por completo, la profesionalización de la labor docente. Los centros de formación para profesores intentaron (en muchos casos) continuar formando a los profesores en la esencia misma de su labor, ofreciendo cursos en didáctica para las diferentes ciencias que constituían los currículos, en diseño de materiales educativos, en metodologías presenciales y en línea, pero toda esta oferta no encontraba clientes ¿cómo iba a hacerlo si estaban todos intentando publicar algo para conservar su trabajo para el siguiente año?

Y ahora llega este momento tan interesante por el que atravesamos como especie y nos cae en la cara el reto de realizar nuestra labor profesional sin salir de casa tanto como sea posible y claro, las universidades anuncian con ímpetu que no hay de que preocuparse, que van a atender a los estudiantes de manera virtual. Personalmente creo que si hay de que preocuparse, pues nadie – o casi nadie – se hizo cargo de esa formación y no se cuenta con un número suficiente de docentes formados (seguramente habrá alguna excepción) por lo que es muy probable que veamos una avalancha de sesiones por video conferencia en los próximos días, acompañadas de foros en los cuales cada estudiante inicia su propio hilo porque nadie lo formó nunca para participar en un debate en línea y claro, veremos muchas diapositivas, las mismas que se llevaban al salón de clase, pero ahora transmitidas en línea con sus correspondientes dificultades.

Dudo profundamente que este experimento vaya a ser exitoso, al menos en cuanto a la experiencia de los estudiantes y al aprendizaje que logren, seguro será bueno en términos de Salud Pública pero será un semestre que pasará factura más temprano que tarde, la misma factura que hoy nos está pasando el haber dejado la formación de docentes relegada y haber asumido esa carrera desenfrenada por publicar y publicar – así nadie nos lea o nos cite nunca -. Ojalá que esta crisis sirva para que las Universidades se den cuenta que no pueden continuar postergando la profesionalización de sus docentes, reconociendo que hay algunos que no podrán publicar el volumen de artículos esperados o no podrán hacerlo en las revistas indexadas, pero que cuentan con la virtud de enseñar y de ayudar al otro a aprender y que esa virtud es la esencia misma de la educación en todos sus niveles tal y como lo decía Santo Tomás: “El verdadero maestro es aquel que ayuda al alumno a alcanzar la perfección de la ciencia”.

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