El Amazon de la universidad – Thierry Ways: Mayo / 20

El empresario barranquillero Thierry Ways, analiza, en El Tiempo, cómo la pandemia y la virtualidad llevarán a reconfigurar el mercado de la oferta educativa.

La educación virtual, que muchos detestan, ha sido la salvación para las universidades durante la pandemia. Pero es un arma de doble filo. Por un lado, ha permitido que las clases sigan a pesar de la cuarentena. Pero, por otro, siembra las semillas de una transformación en la educación superior que podría acabar con la universidad tal y como la conocemos.

No me refiero a cambios en metodologías, herramientas, estilos de enseñanza, etc. Esos ajustes, ciertamente importantes, pertenecen a la primera etapa de la transición a la virtualidad. La verdadera mutación ocurre en la etapa siguiente.

Se ha observado que muchos fenómenos en internet se aproximan a una distribución estadística conocida como ley de Zipf. En lenguaje corriente, significa que el líder en alguna categoría –de mercado, de tráfico, de influencia, etc.– posee una tajada mucho mayor que la del segundo lugar, el segundo que la del tercero y así, sucesivamente. Un ejemplo es Uber. Uber tiene competidores, pero, por su tecnología y el posicionamiento masivo y temprano de su marca, su participación de mercado (en EE. UU.) es muy superior a la de sus rivales. Lo mismo ocurre con Netflix, Rappi y, en particular, Amazon, que es una fuerza incontenible en las regiones en las que opera. Una vez se establecen esos cuasimonopolios, es muy difícil desbancarlos.

La virtualidad le abre las puertas a que un fenómeno análogo, una altísima concentración de mercado, reorganice el mundo de la educación superior. Imaginemos a una joven de una ciudad intermedia que desea estudiar Economía. ¿Por qué habría de preferir una universidad regional si, por medio de clases virtuales, puede cursar toda o parte de la carrera en una universidad capitalina, donde están, en teoría, las facultades de más renombre?

Pero no paremos ahí. ¿Por qué no habría de preferir esa misma joven –que puede ser de cualquier país en desarrollo– una formación virtual ofrecida por Oxford, Harvard, Cambridge o MIT a una formación nacional? Tendría el privilegio de asistir a clases en línea masivas dictadas por premios Nobel o eminencias líderes en sus campos. Y obtendría un diploma más prestigioso que cualquiera de los que puede recibir localmente (detalle crucial, pues, no nos digamos mentiras, el caché de la entidad es uno de los principales factores para escoger un programa universitario).

Para ser preciso, no estoy diciendo que alguna de las instituciones que menciono arriba vaya a dominar ese hipotético nuevo mundo de la educación superior. Creo, más bien, que surgirá un nuevo actor, hoy desconocido –una especie de Amazon de la educación–, cuya fortaleza será estructurar programas de calidad, con reconocimiento internacional (ofrecidos en varios idiomas), a precios reducidos gracias a las economías de escala. Contaría, además, con profesores destacados de todas las nacionalidades, celebridades de la pedagogía que cobrarían por su fichaje como las estrellas del cine y el deporte.

Con algunas excepciones, como el Derecho (cuyo pénsum es necesariamente local) y la Medicina (que tiene un alto componente práctico), no hay razón para que, dada la tecnología adecuada, la hiperconcentración de mercado no llegue a la educación superior. Y esa tecnología ya existe. Lo que pone a muchas universidades en riesgo de quedar sin nada que hacer, salvo, quizá, administrar exámenes.

Se ha dicho que, en el siglo XXI, “a toda empresa le llega su Uber”. Es decir, un competidor ‘disruptivo’ (odiosa palabrilla de la tribu de ‘innovar’ y ‘reinventarse’) que, con un golpe schumpeteriano de destrucción creativa, pone patas arriba a toda la industria. Hasta ahora, la torre de marfil había estado a resguardo del vendaval. Pero el bichito del coronavirus puede haberle abierto las puertas y las ventanas.

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