Mayo/25 Vargas Cano, experto en IA, continúa analizando la complejidad de esta nueva realidad mundial y advierte de los riesgos cognitivos ocasionados por la delegación sistemática de funciones mentales hacia sistemas artificiales.
La inteligencia artificial, definida como la disciplina científica que crea programas informáticos capaces de ejecutar operaciones comparables a las de la mente humana, como el aprendizaje o el razonamiento lógico, ha evolucionado exponencialmente en los últimos años. Herramientas como los grandes modelos de lenguaje (LLMs), incluyendo ChatGPT, Gemini, Copilot y otros, han alcanzado un nivel de sofisticación y accesibilidad tales que ya forman parte cotidiana de nuestra vida personal y profesional. Si bien estas tecnologías nos liberan de tareas repetitivas, mejoran nuestra productividad y amplían nuestras capacidades, también plantean riesgos cognitivos que no podemos ignorar: la delegación sistemática de funciones mentales hacia sistemas artificiales puede estar conduciendo a un debilitamiento progresivo de nuestras facultades cognitivas.
Este fenómeno ha sido señalado por expertos en neurociencia, tecnología, psicología y educación, quienes advierten sobre lo que denominan “sedentarismo cognitivo” o “atrofia cognitiva”. La analogía es clara: así como el músculo se atrofia cuando no se ejercita, el cerebro pierde agudeza cuando externaliza constantemente actividades que antes realizaba de manera autónoma. Esta dependencia tecnológica, lejos de ser neutral, tiene consecuencias reales en la forma en que pensamos, recordamos, atendemos y resolvemos problemas. Uno de los efectos más documentados es el impacto directo en la memoria. La disponibilidad inmediata de información a través de motores de búsqueda, asistentes virtuales o sistemas de navegación GPS reduce significativamente la necesidad de memorizar datos, direcciones o incluso números telefónicos. Este proceso, conocido como “amnesia digital”, refleja cómo hemos transferido al dispositivo la responsabilidad del almacenamiento y recuperación de información, afectando negativamente la consolidación de la memoria a largo plazo. En lugar de recordar, buscamos; en lugar de aprender, consultamos.
Ahora bien, un aspecto fundamental que se ve afectado tiene que ver con la atención sostenida. Vivimos en un entorno saturado de estímulos digitales diseñados deliberadamente para capturar y fragmentar nuestra concentración. Algoritmos impulsados por IA compiten activamente por nuestra atención, generando una experiencia cognitiva dispersa e inestable. Esto limita nuestra capacidad para mantener una concentración profunda, esencial para procesos complejos como la creatividad, la síntesis de ideas y el aprendizaje significativo. Estudios muestran que el uso prolongado de dispositivos inteligentes está vinculado a una disminución en la atención sostenida, especialmente en la población de personas jóvenes que vienen presentando patrones de concentración cada vez más interrumpidos.
Tal vez uno de los riesgos más profundos sea el deterioro del pensamiento crítico, del análisis reflexivo y de la capacidad de resolver problemas de manera independiente. Al depender de la IA para obtener respuestas rápidas y soluciones inmediatas, evitamos el esfuerzo mental necesario para evaluar información desde múltiples perspectivas, contrastar fuentes y generar juicios propios. Investigaciones recientes indican que trabajadores que utilizan herramientas de IA generativa tienden a involucrarse menos en procesos de razonamiento complejo, lo que reduce su oportunidad de desarrollar y fortalecer habilidades analíticas. Este hábito, repetido una y otra vez, socava la autonomía intelectual y la capacidad crítica esencial para tomar decisiones informadas y éticas. La delegación de funciones cognitivas a la IA tiene implicaciones directas en la toma de decisiones. Existe una tendencia creciente a aceptar sin cuestionamiento las respuestas proporcionadas por estos sistemas, sin verificar su exactitud o contexto. Esto es particularmente problemático en áreas donde la precisión es crucial, como la medicina, la educación o la ingeniería.
La falta de alfabetización crítica frente a la IA, junto con la comodidad de recibir respuestas preelaboradas, incrementa el riesgo de errores graves y decisiones mal fundamentadas. Desde la perspectiva de la neurociencia, el cerebro humano es plástico, lo que significa que se adapta estructural y funcionalmente según las experiencias y prácticas que se repiten. Cuando externalizamos funciones cognitivas básicas hacia la tecnología, las redes neuronales asociadas a esas habilidades se activan con menor frecuencia, lo que conduce a una reducción en la fuerza de las conexiones sinápticas. Esta disminución de actividad cerebral puede traducirse en una atrofia relativa de áreas clave como el lóbulo frontal, responsable del control ejecutivo, la planificación y el control de impulsos. Las redes neuronales asociadas a la creatividad, la imaginación y el pensamiento abstracto requieren ejercicio constante para mantenerse activas y desarrollarse óptimamente.
El impacto es aún más pronunciado en las nuevas generaciones, cuyo cerebro aún está en desarrollo. La exposición temprana y prolongada a herramientas que automatizan funciones cognitivas básicas —desde el cálculo aritmético hasta la escritura manual— puede impedir la consolidación de habilidades fundamentales. En el ámbito educativo, la posibilidad de que la IA genere textos completos plantea un desafío ético y pedagógico: ¿cómo medir el verdadero aprendizaje si el estudiante delega la producción intelectual en una máquina? Esta dinámica no solo pone en riesgo la integridad académica, sino también la formación de una ciudadanía crítica y autónoma.
Es importante señalar que la inteligencia artificial no es intrínsecamente dañina. Es una herramienta poderosa que, usada con criterio, puede amplificar nuestras capacidades humanas. Sin embargo, el problema surge cuando su uso se vuelve excesivo, acrítico y sustitutivo. La clave está en encontrar un equilibrio entre aprovechar las ventajas de la IA y preservar el ejercicio constante de nuestras habilidades mentales. Un cerebro que deja de pensar, poco a poco pierde la capacidad de hacerlo con claridad y profundidad.
Las implicaciones de este debilitamiento cognitivo van más allá del individuo. Una sociedad con menores niveles de pensamiento crítico y análisis independiente es una sociedad más vulnerable a la manipulación, más susceptible al sesgo y menos capaz de enfrentar desafíos complejos con criterio propio. La dependencia masiva de IA podría llevarnos a una especie de involución cognitiva, donde la toma de decisiones importantes recaiga cada vez más en manos tecnológicas, reduciendo la autonomía colectiva.
Frente a este panorama, la sociedad, la familia, las instituciones de educación, y el estado, tienen la urgente tarea de regular el uso de la inteligencia artificial, y adoptar estrategias que mitiguen estos riesgos. Se requiere promover un uso consciente de la tecnología, fomentar habilidades blandas que la IA no puede replicar —como la empatía, la creatividad y el juicio ético—, y reforzar la educación en alfabetización digital crítica. No basta con saber usar la IA: es fundamental comprender sus límites, reconocer sus sesgos y desarrollar la capacidad de cuestionarla y complementarla con nuestro propio razonamiento.
Aunque la inteligencia artificial representa uno de los avances tecnológicos más transformadores de nuestra era, su uso excesivo y dependiente entraña riesgos reales para nuestras capacidades cognitivas. Memoria, atención, pensamiento crítico, análisis y toma de decisiones son habilidades que, si no se ejercitan, pueden deteriorarse con el tiempo. Como individuos y como civilización, tenemos la responsabilidad de asegurarnos de que la IA siga siendo una herramienta al servicio de la inteligencia humana, no un sustituto que la reemplace. Para ello, es necesario un enfoque multidisciplinario, una regulación adecuada y una conciencia social sobre el impacto profundo que esta tecnología tiene en la forma en que pensamos, aprendemos y entendemos el mundo.
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