El gran fiasco (en educación superior): Francisco Cajiao
Dic/24 En su columna de El Tiempo, el exrector y exsecretario de Educación advierte que las grandes promesas del Gobierno sobre la educación parecen hacer agua por todas partes, pero lo que ocurre con la educación superior es incomprensible.
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Las grandes promesas del Gobierno sobre la educación parecen hacer agua por todas partes, pero lo que ocurre con la educación superior es incomprensible. Se ofrecieron un millón de cupos nuevos, que luego se convirtieron en 500.000. Se invitó a los alcaldes a conseguir lotes para nuevas universidades y sedes que se harían por doquier. Se tramitó una ley de gratuidad para todas las instituciones de educación superior públicas. Se ofreció un incremento sustancial del presupuesto a las universidades estatales para resolver sus deudas y aumentar su oferta junto con el trámite de una ley que reemplazara la Ley 30 de 1992. También una reforma del Icetex hacía parte del ramillete de cambios que favorecerían a los jóvenes que esperaban con ansiedad los nuevos horizontes del país.
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Desde el comienzo se advirtió que estas promesas, todas muy deseables, no estaban sustentadas desde el punto de vista financiero, pues la sola creación de 500.000 cupos nuevos, en aritmética sencilla, podía representar una suma superior a los doce billones de pesos solamente en costos de matrícula. Según diversas fuentes, en los dos primeros años se generaron 65.000 cupos que representan el 13 % de la meta y es dudoso que se pueda ir mucho más lejos en lo que resta del período porque hay serias limitaciones presupuestales y, además, no existe la infraestructura necesaria para una gran expansión de la oferta pública, como lo han manifestado representantes del SUE.
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Además de los faltantes que se siguen presentando en las universidades públicas, aparece en primera plana la desfinanciación del Icetex, que pone en riesgo la posibilidad de acceso de por lo menos cuarenta mil jóvenes que acaban de terminar su bachillerato, que no obtendrán cupo en las instituciones públicas y que no tendrán fuentes de financiación que les permitan hacer efectivo ese derecho a la educación que tanto cacarea el Gobierno.
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El cuento de que solo la educación pública es pura y sana se parece mucho al discurso medieval de que la verdadera vida y felicidad estaban después de la muerte cuando se entrará al paraíso prometido, siempre y cuando se hubieran vivido la pobreza y el sufrimiento con abnegación y fe en el más allá. Tal parece que el mensaje a los jóvenes adolescentes que, aunque de escasos de recursos, sueñan con estudiar una carrera profesional, desarrollar sus talentos y mejorar sus vidas es que tengan fe en el progresismo que creará cupos universitarios gratuitos en fantásticas instituciones públicas que todavía no existen, pero que llegarán si se tiene fe suficiente y paciencia de años, en vez de entrar en las fauces de unas universidades privadas en las que hay cupos disponibles, pero que a ojos de la nueva religión son indeseables.
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Este gobierno no se ha destacado por su coherencia política, ideológica, ética ni administrativa. Pero el daño que se está haciendo a la educación en todos sus frentes tiene consecuencias muy fuertes hacia el futuro, especialmente en la ampliación de las brechas sociales, que ya vienen siendo enormes desde hace décadas. Hacer que decenas de miles de jóvenes desistan de seguir sus estudios superiores es un atentado contra los más pobres, a quienes se les niega una oportunidad por la cual están dispuestos a pagar si las condiciones son razonables. Se prefiere reducir a cero las matrículas casi simbólicas que pagaban cientos de miles de estudiantes en las instituciones públicas, sin que eso permita avanzar un milímetro en cobertura. Ahora han decidido reducir a seis horas la jornada de los maestros de la educación básica, con lo cual es posible que se siga deteriorando la calidad de los chicos de condiciones más frágiles y con ello sus posibilidades de transitar a la superior.
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Pero en vísperas de iniciarse una campaña electoral los aplausos de unos cuantos parecen más importantes que las promesas de equidad que adornan los discursos.