En su escrito titulado “Ideología e imaginarios conductistas de la industria universitaria contemporánea“, Felipe Cárdenas- Támara, Director del Observatorio-Red Iberoamericano de sociopolítica, cultura y ambiente, muestra cómo la educación universitaria ha estado dominada por el paradigma del aprendizaje conductista, con lo que la universidad pierde su identidad y se niega en la realidad el lugar señero del hombre en su posición en el Cosmos.
El concepto de ideología, como lo señala la literatura especializada en el tema, es una categoría ambivalente (Lizcano, Nómadas, 1999). En general, se pueden identificar dos concepciones: la primera, usada para referirse al mundo de las ideas y las prácticas sociales discursivas de los agentes sociales; la segunda, entiende la ideología como sistema de ideas y valores de la clase dominante y el discurso destinado a legitimar y mantener dicho dominio, en particular imponiéndose a sí mismo como discurso de la verdad. Para la primera concepción, toda expresión de la realidad social pasa a considerarse como ideológica. Así es tan amplia su definición, que desde una perspectiva analítica su valor es muy reducido. La segunda concepción, la que nos interesa, comprende la ideología como un mecanismo retórico de manipulación y de persuasión, en relación con los juicios de verdad que trasmiten e imponen determinados grupos o sectores sociales.
En ese orden de ideas, la tesis fundamental, ‒que se nutrió de los aportes y correcciones del profesor Javier Herrera Cardozo, profesor de la maestría en Educación de la Universidad de La Sabana y de mi trabajo con las ideas del profesor argentino Carlos Hoevel, en concreto su libro La industria académica‒, es que la universidad contemporánea, dada la presión de diversos actores económicos que se lucran del universo educativo que proporciona esta institución, está hoy penetrada fundamentalmente de esquemas ideológicos de naturaleza conductista. Esta tesis plantea una reflexión que puede servir y aspira a generar procesos de “calibramiento” en el sistema, debate y ajustes en la cultura real de las universidades y en los sentidos y formas de vida de estas organizaciones, orientándolas por modelos más centrados en el ideal del liberal arts, que, en mi opinión, fundamenta lo mejor de la experiencia histórica de la universidad mundial.
Recordemos brevemente la tesis conductista y tengamos en cuenta la crítica realizada a ella desde hace más de un siglo. El conductismo, hoy vigente, en su compulsión obsesiva desde el paradigma del aprendizaje, tiene precursores en los siglos XVIII y XIX (Herder y Nietzsche). El conductismo, no comparte la concepción cristiana de hombre que destacaba el lugar señero de este en el orden de la naturaleza. En el curso del siglo XIX la noción de alma espiritual unida a un cuerpo animal se tornó difícil de sostener y así se intentó superar el dualismo cuerpo-alma entendiendo la índole propia del hombre partiendo de su corporalidad.
En efecto, la tesis conductista tiene como precedente a William McDougal (1912) y se funda en 1913 por John B. Watson, con la intencionalidad de renovar las bases de la psicología, que abandona el componente introspectivo, para centrarse en el estudio de la configuración corpórea, y desde el estudio de los rasgos comportamentales de la conducta del cuerpo humano. El lugar señero del hombre como hecho a imagen y semejanza de Dios, el símbolo político más importante de la civilización cristiana (Voegelin) desaparece en la nueva concepción antropológica, que fija las pautas del discurso interpretativo dominante de las corrientes conductistas y que serán determinantes en la fundamentación científica de la psicología, e incluso, tanto de las ciencias políticas, como de otras ciencias sociales a lo largo del siglo XX. Así mismo, e incluso determinando, de manera dominante, el ideal universitario en los Estados Unidos de América hasta la década de 1960. La aludida y supuesta renovación de la psicología, se apoyará sobre las bases propias de la ciencia física, que fue vista como la disciplina que encarnaba el ideal de ciencia a seguir. La paradoja que encontramos en nuestro medio, es que muchas universidades que se declaran como humanistas, no tengan en sus escuelas de psicología de manera institucional y consolidada, expresiones de la psicología humanista y, más bien ,se orientan por modelos conductistas, cognitivos, sistémicos o psicoanalistas.
Las siguientes ideas que vienen de una rápida síntesis del libro de Behaviorism (Watson, 1930) y cuyas ideas son fundamentales para todos los planteamientos sobre coaching y competencias educativas, puesto que tienen un lugar privilegiado en el ámbito de tantas instituciones educativas en la actualidad. La psicología conductista, desde los tiempos de Watson, básicamente se orienta desde las bases de una psicología animal fundamentada en las ciencias físicas. Por ello, Watson consideraba fundamental el restringir la investigación al análisis de la conducta en términos de estímulos y reacciones y su variación.
Desde esta perspectiva, la vida como objeto de investigación ya no es el centro del interés de la psicología conductista, ni los hechos de la conciencia, sino que su objeto de estudio pasa a ser la adaptación del organismo a su entorno. Le interesa el cerebro fundamentalmente y sus procesos neurológicos al margen de toda referencia al consciousness (palabra intraducible de manera adecuada y precisa al castellano), o estado del ser, anulando así todo postulado metafísico, introspectivo, meditativo, noético y contemplativo, es decir, teórico. Y generando así, un quiebre con toda la reflexión civilizatoria greco-romano y semita, que configuró y configura, lo mejor de nuestra civilización occidental.
La concepción antropológica del enfoque conductista mantiene continuidad con los postulados básicos de orden evolutivos de Darwin y con los enunciados del neobehaviorista norteamericano B.F Skinner (1963). Téngase en cuenta, que nuestra tesis, afirma que el núcleo ideológico dominante en el discurso real, sobre el ideal en las instituciones educativas, es el modelo conductista, desde luego que habrá excepciones. Y que, en su referencia ideológica, dicho paradigma, hoy dogma encubierto desde un pretendido falso pluralismo, está marcado por la equivocidad científica en su aparente arquitectura científica.
Así, en coherencia, dicho paradigma y terreno epistemológico, anula la cultura ideal que muchas universidades dicen tener en una misión institucional fundada en “valores humanistas”. Pero la realidad es otra: la cultura real, el núcleo del paradigma dominante del aprendizaje es eminentemente conductista. Recordemos una afirmación del fundador de la psicología conductista: « Todos están de acuerdo en que el comportamiento animal puede ser investigado sin apelar a la conciencia…Defiendo la opinión de que el comportamiento del hombre y del animal deben ser visto en el mismo plano » (Watson, Behaviorism…, 27s).
Por ello, no es una casualidad que el modelo conductista, hoy mimetizado de coaching empresarial, ontológico, etc., sea el verdadero núcleo ideológico de la universidad neoliberal contemporánea. Ese núcleo exige un entrenamiento y capacitación en términos de adaptación a las condiciones del entorno. Y todos tenemos que ser entrenados, domesticados, adoctrinados permanentemente. Sin duda, todo el discurso es de orden adaptativo.
De ahí que la crisis de la universidad humanista, es una crisis de un modelo cuyas verdades ya no interesan en el proceso instruccional que domina muchas de las instancias de la vida universitaria, puesto que fundamentalmente se orienta por los valores que fija el mercado y el Estado, en tanto valores de rentabilidad, utilidad, ganancia y adaptación. ¿A quién le interesa conocer la historia de Petrarca o el papel del educador español Juan Luis Vives o de los aportes de la patrística cristiana en el campo de la constitución de la psicología humanista y de sus aportes en la construcción del alma de la modernidad?
El riesgo de un modelo como el descrito, es que la educación universitaria, dominada por el paradigma del aprendizaje conductista, pierda su autenticidad y pase a orientar sus prácticas formativas al servicio de relaciones conductistas, que en el fondo conciben al hombre como un animal marcado por relaciones mediadas por un estímulo, una respuesta o reacción. Recordemos, cómo se fundamentaron estas ideas en los célebres experimentos con perros del investigador ruso J.P Pawlow y en su correspondencia y similitud con su teoría de los “reflejos condicionados”.
Ahora, cuando la educación se reduce al estímulo de hábitos de conducta, la universidad pierde su identidad y todo el legado de su historia, y se niega en la realidad el lugar señero del hombre en su posición en el Cosmos. El intento, muy exitoso por cierto en el plano del control ideológico, de reducir la acción humana a la conducta exteriormente estimulable, no es una explicación satisfactoria, ya que con ella se desdibuja la índole peculiar del hombre en el conocimiento proporcionado por la antropología filosófica, cultural y trascendental.
Pero, ¿por qué es tan atractivo el discurso dominante del conductismo? ¿Qué intereses representa? ¿Cómo ha operado el proceso de infiltración y de colonización ideológica de un paradigma que riñe en su esencia con los fundamentos misionales de la universidad en el legado más profundo y rico del humanismo bimilenario, que la institución universitaria afirma conservar y representar?
Desde el año de 1935, F.J.J Buytendijk y H. Plessner criticaron sólidamente el uso del mecanismo del reflejo condicional descubierto por Pawlow, como principio explicativo de toda conducta. Con base en los aportes del psicólogo americano E.C Tolman, se concluyó que el esquema estímulo-respuesta del behaviorismo no representaba una relación causal univoca “porque las mismas constelaciones de estímulos desencadenan como reacción movimientos distintos, mientras que, a la inversa, diferentes constelaciones de estímulos pueden suscitar las mismas reacciones”.
Sin duda, la constitución anímica, psíquica, social, cultural y espiritual del hombre establece movimientos y comportamientos que no siguen de manera literal y lineal el orden causal y “científico” propuesto por el conductismo, el neuromarketing, o la programación neurolingüística. La ciencia de punta, en el campo de la biosemiótica enseña que, incluso en otros animales, su campo perceptivo, establece intencionalidades diversas y más ricas a las que operan en los laboratorios. E incluso mi capacidad perceptiva es más compleja como campo visual iluminado si quiere comprender la alteridad y la otredad del que podemos llamar mi estudiante, colega de trabajo o mi propia mascota, ya sea un gato, perro o caballo. El comportamiento animal es siempre un comportar (se). Tal como replicó, G.H Mead, fundador de la psicología social, la conducta exteriormente observable no es sino la expresión de una dimensión interna: de un acto subjetivo, cultural, simbólico e institucional, que el eclecticismo reinante en el campo de los modelos instruccionales no está interesado en reconocer, pues se le derrumba su negocio de consultoría sobre la institución universitaria.
Es por ello que el conductismo empobrece nuestra comprensión de la realidad y de la vida universitaria. La vida universitaria se hunde dado el reduccionismo brevemente descrito, ya que empobrece la conexión entre conducta humana y lenguaje. En el fondo, el debate planteado no es menor. Toda la semiótica, como también el trabajo de Habermas en concreto, en su referencia a la teoría de la acción social comunicativa, estableció con claridad que a un estímulo determinado no siempre le sigue una reacción determinada. Igualmente, desde mediados de los 60 del siglo XX, Chomsky, demostró y demolió con precisión las falencias del modelo de Skinner, y cuyos postulados equívocos impulsaron la vida universitaria en Estados Unidos hasta la década de los años sesenta. ¡Casi por más de 50 años el conductismo fue el modelo dominante en el país con el mejor sistema universitario del mundo!
A Colombia, el coaching conductista nos llega con casi 60 años de retraso. Y lo presentamos como la última novedad. El empirismo, que está en la base del modelo conductista, y cuya plataforma es básicamente comportamental, excluye toda explicación apriórica, en el sentido de comprender que las peculiaridades de la respuesta al estímulo dependen de la índole propia del ser vivo del que se trate. Es decir, de sus esquemas innatos de comportamiento, por lo tanto, no está de más recordar que en la educación, no todo es aprendizaje o experiencia. Por inspiradora que sea la educación experiencial de corte conductista, hay esquemas etológicos en nuestra base animal que son condición a la respuesta que damos como animales simbólicos, biológicos y culturales. Es decir, la complejidad humana no es reducible al modelo estimulo-respuesta, como tampoco lo es del todo la aplicación de dicho modelo en el orden de la vida.
La anterior consideración merecería la pena que se estudiara de manera más profunda. Nuestra intención es señalar que una mala apuesta por un modelo de enseñanza-aprendizaje se puede traducir en la absoluta pérdida de sentido de la vida universitaria y de la importancia de la relevancia teórica y práctica de sus esquemas intelectuales de formación. Los estudiantes y profesores no son ratones de laboratorio. Aprendemos y enseñamos de muchas maneras. Como afirmaba el viejo Aristóteles, el ser de dice de muchas formas. No podemos reducir el aprendizaje a una cadena de estímulos didácticos que actúan bajo el supuesto univoco de generar aprendizajes en serie en todos los estudiantes. Hay estudiantes que no están interesados en aprender por muchos esfuerzos que pongamos los maestros en el empeño de enseñar.
A mi modo de ver, el discurso conductista está desviando la atención del foco central de la misión institucional de las universidades. Desde luego que la vigencia del equivoco descrito, se explica en función de la proliferación y autonomía, dado el auge de tantos modelos pedagógicos impuestos desde el Estado, como también, del papel que ejercen agencias de control mundial sobre la educación. La obsesión de los negocios, el mundo de los negocios y más negocios que parasitan sobre la vida de la universidad, institución hoy sin mucho carácter frente al Estado, ya sea en sus versiones de izquierda o derecha, es incapaz de responder al entramado autoritario que poco a poco ha ganado el Estado en su demencial regulación de la vida universitaria y educativa del país, como muchos sectores sociales frente a la autonomía de la universidad.
Paradójicamente, la universidad puede convertirse en un centro educativo instruccional, un colegio grande. Así, puede terminar desvirtuando todo su sentido misional. Ciertamente, el modelo behaviorista, tendrá muchos elementos valiosos y no todo se puede descartar, pero los costos culturales, sociales y económicos que pretenden convertir todo en la vida universitaria al modelo behaviorista y conductista son inmensos y un despropósito en el horizonte de interpretaciones trascendentales sobre el comportamiento humano (Leonardo Polo). Así mismo, no se entiende muy bien su impacto y accionar sobre la vida y en las relaciones con nuestros prójimos, en relaciones que corren el riesgo de volverse absolutamente instrumentales. Hechos, que lastimosamente, vemos que terminan condicionando y condicionándose por la inautenticidad de las relaciones humanas, que en el fondo propicia un modelo que borra las huellas del humanismo, incluso, aunque sigamos definiéndonos como humanistas.
La larga carrera histórica recorrida por la universidad debería de llevarnos a prestarle más atención a las diversas formas de enseñanza-aprendizaje que se expresan en el campo de la experiencia docente universitaria. En efecto, es urgente reconocer, sistematizar y prestarle más atención a los códigos culturales que constituyen el universo de la universidad en su expresión educativa y pedagógica. Mirarnos desde adentro, reconocernos como personas y maestros. Toda la teoría antropológica sobre estudios sobre conocimiento local o sobre las llamadas etnociencias en su aplicación al campo de la educación, podría constituirse en el soporte teórico para renovar, valorar y reconocer la riqueza de los hombres y mujeres que configuran la educación universitaria.
Por tal razón, es urgente sistematizar de manera cualitativa la experiencia de orden y caos del profesor universitario. De igual manera, apoyar su labor y experiencia docente, antes que imponer modelos instruccionales de educación, generalmente imposiciones que vienen del personal administrativo y directivo, en muchos casos con poca o ninguna experiencia en el aula universitaria. Mucho tenemos que aprender de las capacidades vitales de supervivencia de colegas catedráticos que dictan hasta cuarenta horas de clase a la semana, manejando seis o más materias y teniendo a su cargo hasta cuatrocientos estudiantes en muchas de las universidades acreditadas del país.
¿Qué tal si aprendemos a conversar mejor con nuestros estudiantes y profesores, de manera más simétrica, auténtica y horizontal? ¿Qué sucedería en la educación si dejáramos de lado la obsesión por tantas técnicas de aprendizaje y control? ¿Qué pasaría en el lapso de una generación, si le prestáramos un poco más de atención al lenguaje, a la cultura juvenil, al conocimiento de los imaginarios y prácticas sociales de nuestros jóvenes?; y que le diéramos más espacio a las ciencias del lenguaje, la semiótica, antropología, sociología, historia, el arte en su diversos géneros, la literatura, como a los estudios culturales; ¿y si miráramos de manera más crítica nuestros propios relatos educativos, sus supuestos, como también, los discursos impuestos en el campo de la pedagogía, volviendo a pensar en la persona humana como ese ente sacramental y mito poético, meta discursivo y meta cognitivo, que no es reducible a ningún ambiente de aprendizaje o técnica de enseñanza por rica que sea?
Es un error pensar que el conductismo es el camino para transformar nuestras sociedades. El exceso de control y la obsesión por el orden impuesto no tienen ninguna base auténticamente científica. El paradigma ideológico de orden conductista niega las bases de la apertura al mundo (Scheler) y desconoce el sano campo de la excentricidad humana reconocidos en el campo de la antropología (Plessner), etología (Lorenz), filosofía (Gehlen) y biología (Uexkull). Es simplemente y llanamente un retroceso educativo y antropológico, la involución de la educación. El modelo al que aspira el conductismo, por muy bien intencionado que pretenda ser, no es el universitario, su modelo ya experimentado como espacio de control social, impecable desde la producción científica y económica es el campo de concentración nazi, el gulag soviético. Complejos organizacionales que nos pueden dar la impresión de orden, control y productividad, pero simple y llanamente son campos de exterminio de la vida y la creatividad humana, en todo lo que el hombre puede hacer y presentar en la justa y necesaria valoración de la otredad y la alteridad.
La universidad bajo este paradigma, se infantiliza y les hace juego a las corrientes de la sumisión y del enajenamiento, como de la alienación del sujeto y la comunidad. De ser así, la coherencia institucional en el marco de la consolidación de organizaciones virtuosas (Etzioni) debería de inhibirse y de dejar de usar el nombre de universidad, si lo que prima son procesos instruccionales, que desde luego que pueden llegar a ser muy ricos, variados, sistematizados, pero incapaces de alimentar y dialogar con la dimensión extrasomática (cultura) del hombre, reduciendo la educación a la alimentación burocrática que acontece en el sistema nervioso central de las llamadas instituciones de educación superior del país, obsesionadas por el registro y control de lo que acontece en el salón de clases de un profesor universitario.
En definitiva, la ideología dominante de corte conductista en sus variadas expresiones, es un mal correlato para orientar la vida universitaria. Una apuesta oscura y costosa como proyecto de apertura del hombre al mundo. Alinearse con ese proyecto es la muerte definitiva del ideal universitario, tanto en su pleno sentido cultural como científico. Es un modelo que puede terminar convirtiendo al profesor en una suerte de recreacionista ilustrado, un mago o prestidigitador mal pagado, manipulado al antojo por parte de la última moda pedagógica impuesta por temáticas que reducen todo el conocimiento a las percepciones y observaciones sensoriales. Todo, desde el anclaje del conductismo descrito que mantiene lazos directos con la tradición de la filosofía empirista británica, y que como se sabe, reduce todo a un mundo plurisensorial, incapaz de leer otros tiempos, otras topologías u otras determinaciones en el campo del comportamiento y la educación humana. Así que, ¡bienvenidos a las topologías de la violencia (Byung-Chul Han), de las injusticias epistémicas (Miranda Fricker) y la violencia simbólica (P. Bourdieu)!
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