Oct/26 Para Luna Gutiérrez (*), el conocimiento acumulado y los títulos académicos carecen de valor si no transforman la realidad ni mejoran la sociedad.
Entre los títulos académicos, las exigencias del mercado y las contradicciones éticas, la sociedad enfrenta un desafío: convertir lo que sabemos en acciones capaces de transformar la realidad.
Desde tiempos remotos, el conocimiento ha permitido a la humanidad comprender fenómenos, explicar la realidad, resolver problemas y construir nuevas formas de convivencia. De la filosofía antigua a la inteligencia artificial, hombres y mujeres han encontrado en el saber una herramienta para transformar su entorno. Sin embargo, persiste una pregunta que debería inquietar a las universidades, las organizaciones y la sociedad: ¿de qué sirve acumular conocimientos si no somos capaces de aplicarlos para mejorar la vida?
Cada año, millones de personas ingresan a las universidades para estudiar teorías, conceptos, modelos y metodologías, además, desarrollar habilidades y capacidades que prometen prepararlas para el ejercicio profesional. Aprenden sobre ética, responsabilidad social, justicia, liderazgo y pensamiento crítico. No obstante, al incorporarse a organizaciones públicas y privadas, muchas descubren una profunda contradicción entre lo aprendido, lo que consideran moralmente correcto y las exigencias de sus superiores. Allí aparece una tensión que, en determinadas circunstancias, puede entenderse desde la disonancia cognitiva propuesta por Leon Festinger (1957): el malestar que surge cuando nuestras creencias entran en conflicto con nuestras acciones.
Esta contradicción plantea un problema mayor. ¿Estamos formando profesionales capaces de transformar las organizaciones o personas preparadas para adaptarse, incluso cuando las prácticas institucionales contradicen los principios que aprendieron? No resulta extraño encontrar profesionales que conocen las normas, pero toleran irregularidades; administradores que estudiaron transparencia, pero reproducen prácticas cuestionables; o líderes que hablan de dignidad humana mientras desconocen los derechos de sus colaboradores.
El sociólogo Boaventura de Sousa Santos ha cuestionado las formas de producción del conocimiento que excluyen experiencias y saberes construidos fuera de los espacios académicos. En Una epistemología del Sur (2009), propone ampliar nuestra comprensión del mundo mediante el reconocimiento de diversos conocimientos. Su perspectiva invita a superar la idea de que la universidad posee todas las respuestas y a construir diálogos con las comunidades, los territorios y sus realidades.
Esta reflexión adquiere especial importancia cuando observamos que numerosos contenidos universitarios no siempre dialogan con las transformaciones tecnológicas, sociales, económicas y culturales. Mientras las sociedades cambian aceleradamente, algunos programas continúan privilegiando la memorización sobre la comprensión, la repetición sobre la creatividad y la certificación sobre la capacidad de intervenir responsablemente en los problemas colectivos.
El filósofo John Dewey, en Democracia y educación (1916), defendió una concepción del aprendizaje vinculada con la experiencia y la participación en la vida social. Desde esta perspectiva, conocer no consiste únicamente en recibir información, sino en desarrollar capacidades para interpretar situaciones, actuar y aprender de las consecuencias.
Hoy parece existir una carrera vertiginosa por obtener títulos, especializaciones, maestrías y doctorados. Aunque representan logros académicos importantes, ninguna credencial garantiza por sí sola pensamiento crítico, integridad o capacidad de transformación. El riesgo aparece cuando el título se convierte en símbolo de prestigio y el conocimiento deja de representar una responsabilidad social.
Paulo Freire, en Pedagogía del oprimido (1970), cuestionó la educación bancaria, aquella que reduce al estudiante a receptor de contenidos. Su pensamiento recuerda que educar también implica desarrollar conciencia crítica y capacidad para intervenir en la realidad. No basta con saber qué debería hacerse; necesitamos comprender por qué no se hace y qué condiciones permitirían hacerlo.
Las antiguas funciones del saber —comprender, explicar y transmitir— siguen siendo indispensables. Pero el siglo XXI exige fortalecer otras: dialogar entre disciplinas, anticipar riesgos, cuestionar decisiones, innovar, reconocer saberes diversos y producir soluciones socialmente responsables.
La historia demuestra que el conocimiento aplicado ha permitido avances extraordinarios en medicina, educación, tecnología y derechos humanos. Esas transformaciones no surgieron únicamente de personas que sabían mucho, sino también de quienes tuvieron la disposición de convertir sus conocimientos en acciones.
El verdadero desafío de la educación superior no consiste en graduar más personas que saben, sino en formar seres humanos capaces de pensar, actuar con integridad y transformar aquello que necesita cambiar. Porque el conocimiento que no dialoga con la realidad corre el riesgo de convertirse en una credencial más, cuando debería representar una oportunidad para construir una sociedad mejor.
(*) Postdoc en educación ciencias sociales e interculturalidad, PhD Gobernabilidad y Gestión Pública, Magíster en Dirección, Especialista en Gerencia en Gestión Humana y Desarrollo Organizacional, Psicólogo, docente universitario de posgrados y consultor.
