Estudiar es desear (una palabra antigua para la Universidad en tiempos de IA): Santiago Jiménez Londoño

Estudiar es desear (una palabra antigua para la Universidad en tiempos de IA): Santiago Jiménez Londoño

Sept/26 Para Jiménez, Doctor en Filosofía y profesor de EAFIT, la IA acelera respuestas y reduce el intervalo del asombro; estudiar exige cultivar deseo, tiempo y formación del individuo.

Antes de significar aprender, estudiar significó desear, porque el latín studium nombraba el afán, el celo, la dedicación empeñosa a algo, y el verbo studeo se traducía mejor por “esforzarse con ganas” que por “asistir a clase”. Las primeras universidades europeas no se llamaron universitas, que designaba apenas la corporación de maestros y alumnos, sino studium generale, un deseo general, abierto a quien viniera de cualquier parte, y así la Universidad nació llamándose deseo.

¿Por qué recordarlo ahora? Porque la inteligencia artificial ha alterado de manera irreversible el otro polo de la relación educativa, que es la respuesta, y nunca hubo respuestas tan rápidas, tan abundantes y tan razonablemente buenas, ni sería justo culpar a quien las usa. Pero hay algo que la velocidad de la respuesta no toca, y es aquello que la palabra antigua señalaba, el afán previo, el deseo que hace que una pregunta sea mía antes de que alguien la conteste.

¿No basta, entonces, con enseñar a preguntar mejor? Cantor escribió que el arte de proponer una pregunta vale más que el de resolverla, pero la pregunta es solo la forma visible del deseo, y aunque redactar preguntas bien construidas se enseña, y los modelos de lenguaje ya lo hacen con soltura, lo que no se transfiere es el querer saber. Spinoza lo vio con una claridad que todavía incomoda cuando escribió que el deseo no es algo que el hombre tiene sino lo que el hombre es, y si eso es cierto, el estudiante que desea no está ejecutando una función cognitiva sino ejerciendo su propia individualidad, ese impulso singular que ninguna descripción captura y que en otro lugar he llamado incomputable.

¿Y qué pasa con el asombro, del que tanto se habla? Aristóteles sostuvo que la filosofía comienza en él, pero suele omitirse que el asombro no es un rasgo del carácter sino una condición del tiempo, porque nadie se asombra con prisa, y la perplejidad ante lo que no encaja requiere un intervalo en el que la respuesta todavía no ha llegado, que es exactamente el intervalo que la inteligencia artificial acorta. En el capítulo sobre educación de Algoritmos Deshumanizantes, titulado “Repeticiones en el aula en la era digital”, sostuve que la IA nos libera de la repetición mecánica y propuse, frente a esa liberación, una pedagogía del asombro, atenta a lo anómalo que los sistemas predictivos tienden a suavizar. Hoy añadiría que esa pedagogía es imposible sin proteger el intervalo, porque el tiempo liberado tiene la mala costumbre de llenarse con más entregas y más indicadores, y el asombro es lo primero que se pierde cuando el tiempo devuelto se reinvierte en producción.

¿Se agota el deseo cuando llega la respuesta? Rubem Alves escribió que la escuela ideal sería la que nos diera alegría de pensar, Dewey afirmó que la educación no es preparación para la vida sino la vida misma, y las Analectas de Confucio se abren con una pregunta sobre la alegría de aprender algo y practicarlo a su tiempo, tres tradiciones distantes que coinciden en que el estudio es un afecto antes que un procedimiento, y en que su satisfacción no coincide con obtener la respuesta, pues esta, cuando llega, no clausura el deseo sino que lo desplaza hacia otra pregunta. Vygotsky hablaba de andamiaje, y la IA puede ser un andamio extraordinario, pero un andamio se pone al servicio de una obra que alguien quiere levantar, y si nadie quiere levantar nada, sostiene el vacío con mucha eficiencia.

¿A quién culpar, entonces? A nadie, porque el deseo no se prohíbe ni se automatiza, se cultiva o se deja de cultivar, sin responsable identificable, y por eso la pregunta que la etimología nos devuelve no apunta hacia la herramienta ni hacia quien la usa, sino hacia adentro de la institución que alguna vez se llamó studium: ¿qué parte de su diseño está pensada para producir deseo y qué parte para producir respuestas? Planes de estudio, evaluaciones, tiempos y métricas, casi todo está calibrado para lo segundo, que es justamente lo que la máquina ya hace mejor.

Estudiar fue desear, y puede volver a serlo, pero no ocurrirá por defecto, sino cuando alguien decida que el intervalo entre la pregunta y la respuesta no es un costo que se minimiza, sino el lugar donde una persona se forma.

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