Extensión universitaria: clave para la transformación de la educación

Cuando se aborda el tema de la educación y, particularmente, el ámbito de la educación superior universitaria, suele coincidirse en definir ésta última a partir de tres funciones sustantivas: Docencia, Investigación y Extensión, señala Víctor Hugo Malagón Basto, en Revista Dinero.

“… De seguir por esta vía, lejos estaremos los maestros de contribuir significativamente con la formación de hombres aptos para la convivencia pacífica y la solidaridad en un contexto social calificado entre los más inequitativos y corruptos del mundo…”

Es urgente la reflexión sobre los falsos positivos en educación y sus consecuencias en los procesos de humanización. Estos falsos positivos han venido de la mano de la imposición de la competitividad y el individualismo. De seguir por esta vía, lejos estaremos los maestros de contribuir significativamente con la formación de hombres aptos para la convivencia pacífica y la solidaridad en un contexto social calificado entre los más inequitativos y corruptos del mundo.

Con la denominación de falso positivo se alude a una terminología que ha hecho carrera en el contexto militar en nuestro país y que bien pudiera trasladarse al campo de la educación haciendo referencia a las falsas pruebas, evidencias, muestras e indicios que buscan soportar una aseveración para mantener el control social y que resultan equivalentes a la prelación por los indicadores y los productos a como dé lugar, sin importar los medios para obtenerlos, mediando por lo regular dádivas o premios.

La atención centrada en productos y resultados en el caso de la educación colombiana ha devenido con su estatus de mercancía a partir de 1991.  Con ello la educación ha puesto el acento en los rankings, en su carácter de servicio, en su conversión en campo preferente para la inversión privada y la supeditación al libre juego del mercado. Privilegiando los éxitos gerenciales gracias a las bondades de la publicidad frente a la creciente demanda de clientes potenciales.

El neopositivismo y las concepciones funcionalistas se configuran como argumentos ideológicos principales de la mercantilización de la educación en la medida que con ellas se instauran nuevas formas de vida social coherentes con la estratificación y de comprensión de los actores como funcionarios que cada vez requieren menores destrezas para ejecutar sus funciones, falsos consensos sociales que opacan los procesos participativos y regulaciones sistemáticas que controlan las autonomías. Se da la existencia de prácticas educativas y pedagógicas que se adecúan a esta situación en las que rigen la uniformidad y la estandarización.

Como consecuencia, los espacios que antes correspondían al ámbito de lo educativo entran a ser cubiertos por cuestiones de segundo orden como “la calidad”, el ranking, el crédito y el estándar. Mientras crece el apego por el resultado inmediato, el certificado y la apariencia, se pierde sintonía con las realidades de las personas. Estado deprimente de la universidad que, como diría Hoyos citado por Sánchez (2000), “tiene nostalgia de modernidad, de enciclopedia, de verdad objetiva, de eficiencia y productividad”.

Si bien la teoría del determinismo económico puede ayudarnos a entender la tendencia de mercantilización de la educación como consecuencia lógica de las nuevas formas de realización del capital, bien vale la pena aventurar la explicación de su imposición en Colombia debido al predominio de las estandarizaciones como forma relevante de existencia del neopositivismo y el imperio de la calidad. Situación que se impone dramáticamente a los maestros para que cada vez vayan teniendo menor incidencia en el sustento pedagógico de los aprendizajes de los alumnos. Irónicamente a la par que impera la medición, la educación deja de valorarse como derecho humano fundamental.

La visión errónea de la evaluación incide en el deterioro del papel formativo del maestro, ya que lo condiciona a ser un simple técnico verificador de evidencias. O como lo expresa Ortega (2015) al referir los propósitos de las políticas públicas de la educación en Colombia, su reducción a “maestro bonsái”.  Desde esta perspectiva los planes de formación no pueden limitarse al aconductamiento y solución a respuestas inmediatas condicionadas a resultados, como acontece en muchos casos para la educación básica y media con el índice sintético de calidad y que a juicio de Jaime Fajardo ha desembocado en los mayores falsos positivos desde el MEN.

Es preocupante que en la universidad colombiana los procesos evaluativos se reduzcan a un simple acto de medición desconociendo los ricos fenómenos que aconteces en las aulas y sus entornos sociales. Es por ello que se debe reivindicar la evaluación en su sentido pedagógico, pues con su valor formativo contribuye al bienestar y la sana convivencia entre los seres humanos. Despedagogizar la evaluación implica sacarla del contexto en el cual ha tenido su mayor incidencia y sentido en términos de formación, es decir, como factor que posibilita el diálogo, la reflexión y por ende los procesos participativos. Por el contrario, cuando se impone el paradigma de la calidad se cae en el olvido de las personas.

Con esta tendencia prolifera el afán por los productos y los indicadores como los principales garantes de la eficiencia, la eficacia, la rentabilidad, la uniformidad y la certificación, erigiendo nuevas formas de control social desde la educación para mantener el statu quo. O como diría García Fontalvo (2015) “un sistema educativo en el que la calidad se viste con cierto ropaje putrefacto, como sucede con cualquier régimen que da prelación al consumismo y el crecimiento económico, fenece tristemente derrotado por los vicios de la corrupción”.

Pese a los múltiples desaciertos cometidos en nombre de la evaluación, ella puede constituirse en una grandiosa oportunidad para la construcción de democracia desde la institución educativa, cualquiera sea su nivel, si es resultado de la participación de los múltiples actores.

Con ella se da un importante avance en los procesos de democratización, si se permite que prevalezca la cooperación sobre la individualización, los intereses colectivos sobre los individuales, el reconocimiento del otro y los otros como principio de la tolerancia y la valoración por la diversidad. Debemos propender por un tipo de evaluación que reconoce a las personas en una relación con el conocimiento más allá de algo que ya está dado, naturalizado y elaborado. Por lo dicho, estamos obligados a reconocer que sí formamos en la cooperación y la solidaridad humana, resistimos propositivamente a un sistema educativo que promueve la competitividad,  el individualismo y alardea en festivales de pocos ganadores e innumerables perdedores.

Referencias:

Fajardo, J. (2016, 14 de abril). Los falsos positivos del Ministerio de Educación Nacional. Agencia prensa Rural, Recuperado de http://www.prensarural.org/spip/spip.php?auteur3690

García Fontalvo, J. (2015, 9 de abril). Falsos positivos en la educación. El informador. Recuperado de http://www.elinformador.com.co/index.php/opinion/39-columnas-de-opinion/99026-falsos-positivos-en-la-educacion

Ortega Valencia, P.   (2015, 16 de octubre). Maestros Bonsái: Es lo que quieren cultivar las políticas públicas en educación.  Recuperado de: https://www.desdeabajo.info/colombia/27437-maestros-bonsai-lo-que-quieren-cultivar-las-politicas-publicas-en-educacion.html
Sánchez, S. (2000). Las gramáticas de la universidad. Pasto: Uninariño

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