Daniel Mera Villamizar cuestiona, en El Espectador, cuestiona la no definición, aún, del Gobierno Santos en torno de la dirección del Servicio Nacional de Aprendizaje.
Ciertamente, el presidente Santos debe estar meditándolo mucho, si le contaron que esa entidad necesita algo más que el cambio de un político (Darío Montoya) por un técnico (Jorge Hernán Cárdenas, el que sonó). Tal vez necesita un “cambio de modelo”: de monstruo de dos billones de pesos, el doble que la Universidad Nacional, a varias instituciones especializadas por sectores productivos, por ejemplo.
La cuestión es si el Presidente hablaba en serio cuando le dio dos semanas a Montoya para que reconsiderara la renuncia, o simplemente lo estaba lisonjeando, como a Uribe, para luego hacer lo que estime correcto o adecuado. Lo sabremos en 2011.
Sería mezquino negar que Darío Montoya hizo un gran trabajo, que explica la alta favorabilidad popular del Sena. Su caso puede ser visto como el de un emprendedor enjundioso en traje de dirigente estatal, con abundantes recursos, que va haciendo todo lo que se le ocurre y que nunca se preguntará: ¿y esto que funciona en la práctica, funcionará en la teoría? No le importa. Tristemente, uno de los primeros retos del nuevo director será darles credibilidad técnica a las cifras de los resultados del Sena (lo práctico), que para muchos contienen “magia” o una falta de rigor indecible.
En el programa virtual de bilingüismo, por ejemplo, los cupos saltaron de 407.659 en 2008, a 981.508 en 2009, con una meta de casi 1’500.000 en 2010. Para 2011 se ofrecen 1’339.318 cupos. O las estadísticas son presentadas de forma creíble, sometidas a análisis externo independiente, y estamos haciendo la revolución de “masificar en el país el dominio de la segunda lengua”, o es “magia”.
Una vez haya certeza sobre las cifras, el segundo reto será evaluar si esos son los resultados que debe exhibir el Sena. Según la Ley 119 de 1994, su misión es “cumplir la función que corresponde al Estado de invertir en el desarrollo social y técnico de los trabajadores colombianos”, función que cumple con plata de los empresarios (en 2010, las contribuciones parafiscales sumaban $1,4 billones de un total de ingresos de $1,93 billones). Su foco son las empresas y los trabajadores, es decir, la productividad.
Por el contrario, los informes de gestión del Sena muestran gran dispersión de públicos y de ofertas. “Más de 10 millones de cupos ofrecerá el Sena en 2011; es un incremento cercano a 22%, para la formación gratuita de los colombianos”. El Sena se presenta a sí mismo como un gigante prestador de todo tipo de formación, sin control de calidad, cuya cultura organizacional palpita con el número de cupos.
Para cumplir con los requisitos de registro calificado de sus programas de educación superior, tendrá que alejarse más de su naturaleza; y también quiere preparar para el trabajo a niños pobres de 14 y 15 años. En fin. Para defender el actual modelo del Sena hay que ceder a la tentación político-electoral, pero eso no se espera de un gobierno serio reformista. Y no se trata de querer “acabar al Sena”, la acusación fácil.
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