La desafortunada valoración de la docencia en Colombia: Daniel Buitrago – agosto/21

Con el título “Las universidades-feria”, Daniel Buitrago Arria, docente de la Universitaria Agustiniana reflexiona sobre la manera como los profesores universitarios parecen responder a un engranaje comercial, en el que sólo son una pieza. Un agente de call center, en estos momentos, goza de mayor estabilidad laboral que un docente universitario con título de doctorado, dice.

En virtud de su autonomía, las universidades colombianas se permiten diseñar libremente sus políticas de contratación, tanto de personal docente como administrativo. Esto, además, les permite definir la periodicidad de contratación, salarios, escalafones y demás condiciones contractuales.

Lamentablemente, esta autonomía muchas veces va en detrimento de quienes contribuyen a la razón social de las universidades, y con ello, perjudica de manera importante a la educación superior. Estoy hablando de esta modalidad de contratación docente que se ha vuelto la regla en la mayoría de las universidades colombianas y que las hace ver más como instalaciones para ferias que como loables centros de conocimiento.

La universidad-feria arma semestres académicos, precisamente, como si organizara una feria: el director de programa, o en su defecto el decano (a quien llamaremos organizador de la feria), es el directo responsable del montaje. Él (o ella) decide armar una feria llamada, digamos, tercer semestre de ingeniería de sistemas. Para ello, este directivo debe, en primera medida, darse una idea más o menos clara de cuántos participantes asistirán a esta feria particular: cuántos se suscribieron a las charlas de la feria y cuántos han pagado su entrada, también conocida como recibo de matrícula. Posteriormente, el organizador de la feria debe coordinar con otras oficinas, como la de registro, o la que haga las veces de administración de la planta física, para asegurar la disponibilidad de los espacios físicos para la feria, también conocidos como salones o laboratorios. Una vez agendados estos espacios (que pueden variar según la disponibilidad), la labor a seguir es la contratación de los conferencistas que darán las charlas en los distintos espacios de la feria. Estos conferencistas deben tener un perfil llamativo (entre más llamativo, más entradas se venden) y puede ser alguien que ya haya dado charlas en ferias anteriores exitosamente (los asistentes aprecian también las caras conocidas).

Por supuesto, como en toda feria, al conferencista se le paga solamente por el tiempo de duración de sus charlas en la feria. Una vez finalizada la feria, finalizado el pago del conferencista. Por lo general estas ferias tienen una duración de 4 meses, por lo que esa es la duración del contrato entre el organizador de la feria y el conferencista. Lo que haga el conferencista el resto del año para pagar sus gastos personales no es asunto del organizador. Y aquí quisiera dirigir la atención sobre este conferencista de feria. Este personaje, bajo tal esquema, se ve obligado a trabajar en múltiples ferias en diversas universidades-feria para reunir lo suficiente para sus gastos del año. Como en los circos, su trabajo es una labor de temporadas, pero sólo tiene dos temporadas al año, de cuatro meses cada una, y en estos 8 meses debe recaudar lo de sus gastos de los 12 meses del año. Sumado a esto, como en toda feria, su salario depende de las ferias que se puedan organizar, del número de asistentes que paguen su entrada y si el organizador lo llama. El drama del conferencista de feria surge cada año en enero y en julio cuando debe esperar, impacientemente, la llamada de un organizador de feria.

Este drama es el drama de buena parte de los docentes universitarios en Colombia, se trata de catedráticos altamente calificados que no tienen acceso a cesantías ni a otro tipo de ahorros (porque deben usarlos para sus gastos mensuales de los períodos intersemestrales), que no tienen acceso a una estabilidad laboral digna ni a cobertura en salud durante todo el año. Ni hablar de lo difícil que es para ellos acceder a créditos de largo plazo para compra de vivienda.

La docencia universitaria en Colombia es una profesión altamente exigente (las universidades frecuentemente exigen títulos de maestría, doctorado y publicaciones académicas) y contractualmente deficiente: no hay estabilidad ni garantía de continuidad o permanencia, pero tampoco tiene los beneficios que gozan quienes pueden acceder a otros tipos de contratación. Para darse una idea de lo incoherente de este esquema, un agente de call center, en estos momentos, goza de mayor estabilidad laboral que un docente universitario con título de doctorado. Muchos agentes de call center tienen contratos a término indefinido, mientras que muchos docentes universitarios tienen suerte si los contratan a tiempo completo por 4 meses.

Pero el asunto no sólo se trata de condiciones contractuales y de las implicaciones económicas y psicológicas que estas puedan tener en los docentes universitarios (ni siquiera hablaré de estas últimas). Se trata también del impacto de esta modalidad de contratación en la educación superior del país. Docentes con contratos a 4 meses, sin garantía de permanencia o estabilidad, difícilmente configuran un escenario que propicie el avance investigativo del país, pilar del propósito y sentido de la universidad. El ver a un docente semestre tras semestre da la ilusión de continuidad, pero es un docente inherentemente sobrecargado laboralmente con clases, notas, exámenes, preparaciones, proyectos de investigación, asesorías de tesis y, por si fuera poco, a veces también elaboración de documentos de acreditación (y sin ninguna garantía laboral para el próximo año). Si queremos investigación científica de calidad, resulta que ésta exige una continuidad, exclusividad y estabilidad real. Por otro lado, cristalizar procesos adecuados de enseñanza-aprendizaje exigen constancia y estabilidad de la planta docente alrededor de unos principios pedagógicos concretos, y no la promiscuidad ideológica a la que los docentes se ven obligados al trabajar de día en una universidad, de noche en otra y los fines de semana en una tercera. ¿Qué calidad educativa se espera de eso?

En resumen, creo que es urgente que se deje en paréntesis esta mal usada autonomía universitaria para darle paso a una legislación de la profesión docente que detenga, de una vez por todas, la degradación de este noble oficio, oficio que hace parte vital del desarrollo tecnológico y científico del país.

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