Jorge Raad Aljure es columnista de La Patria, de Manizales, y reflexiona sobre la proliferación indebida del tratamiento de Doctor, una denominación originalmente exclusiva de Médicos y de quienes efectivamente han cursado un doctorado.
Con excepción de los médicos, quienes por razones propias de envidias y una falsa y atrevida universalización de títulos, perdieron la denominación de doctores en sus documentos académicos a partir de mediados de la década de los años setenta, hoy esta calificación técnicamente está reservada a aquellos profesionales que avanzan en estudios de postgrado hasta obtener el doctorado en diferentes áreas del conocimiento.
Sin embargo, la sabiduría de la sociedad sigue denominando respetuosamente con el título de doctor a los médicos sin distinción alguna. Igualmente, la magnanimidad de la misma comunidad hace extensiva en Colombia este falso tratamiento a todos quienes obtienen títulos en las universidades. Como lo dicho antes: La doctoritis ilegítima invadió al país.
Hoy hasta un simple técnico se le trata temerariamente de doctor, para no mencionar a otras personas que a veces sin estudios universitarios aceptan el trato y por pena se lo endilgan.
Los directivos de las universidades se ufanan de tener más y más doctores en sus plantas docentes e inclusive el Ministerio de Educación favorece este hecho con diferentes apoyos a las instituciones. Hasta no hace más de tres décadas los doctores, Ph D, eran una minoría, tanto que en las universidades como la de Caldas, no pasaban de cinco. Ahora se encuentran por decenas entre quienes ya han obtenido su título y los que están en proceso de titularse.
Los doctores son una necesidad para las instituciones académicas, las exclusivamente dedicadas a la investigación, incluyendo la industrial. Para las ramas jurisdiccional, sanitaria, administrativa, no es una paradoja, y otras, son un importante apoyo.
Pero lo esencial es su producción. Tienen que ser diferentes, superiores, a aquellos que tienen un menor grado de estudios académicos y experiencia investigativa.
En Colombia, salvo universidades modelos e instituciones reconocidas, los doctores siguen en deuda con el país. La pregunta que aparece reiteradamente es: ¿Dónde están los resultados de sus investigaciones, patentes y otros productos de elevado contenido en sus áreas?
Un análisis publicado en diciembre pasado por la Universidad de Antioquia, es realmente dramático en cuanto a los resultados de las investigaciones que se hacen en el país. Se basa el estudio en un escalafón, 2009, internacional y serio que ubica a las universidades Nacional, Antioquia, Valle, Los Andes y Javeriana, a pesar de que representan al país, en lugares muy secundarios frente al mundo científico, por cuanto ocupan los lugares 1074 al 2036.
Investigación que no obtenga el reconocimiento de ser publicada en sitios de solvencia académica, con respeto científico y tribuna acatada, no tiene mayor trascendencia.
A su vez investigación que no sea tenida en cuenta por otros investigadores, pares o no, se queda a la vera del desarrollo científico o humanístico. Aquí es importante mencionar que los libros u otras publicaciones u otros productos de los doctorados en las áreas sociales deben contener análisis y proponer nuevos paradigmas en el conocimiento, como historia o literatura para no citar sino dos ejemplos, para que sean frutos acertados de los estudios de postgrado.
Falsa la idea, absolutamente restrictiva, que los señores doctores no intervengan activamente en la formación de todos los estudiantes de las diferentes áreas académicas relacionadas con su doctorado.
Los doctores son importantes en la medida que cumplan una misión necesaria para la región o el país, representados en sus sociedades. Si los postgraduados no contribuyen al bienestar presente y futuro de las personas, no hay razón para invertir dinero y tiempo en ellos. Los ególatras no deben ser respaldados por la sociedad. Finalmente: ¿Para qué tanto doctor vegetando o frustrado o desperdiciado? ¿Será un problema exclusivamente de salarios?
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