Feb/24 Páramo Jiménez, un observador apasionado por la calidad y su medición cuestiona la manera como, desde la Ley 30, se han confundido las formas y objetivos usados para medir la calidad.
En Colombia, la preocupación por la calidad de la educación superior nació de la exigencia de una comunidad académica que clamaba por garantizar a los estudiantes de Universidades Públicas o Privadas, la necesidad de instruirlos y formarlos en prácticas y competencias profesionales, equiparables con la educación superior del mundo.
Un equipo de académicos, sin ánimos financieros ni políticos, se dedicó a la tarea de analizar la situación y presentar al gobierno de turno alternativas de ley, eso se conoce como la Ley 30 de 1992.
La mayor crítica que existe sobre esta ley radica en que omitió la financiación presupuestal de la Universidad Pública. Esa falencia era fácilmente corregible, bastaba con asignar los presupuestos necesarios en los planes de desarrollo del gobierno de turno.
Un problema adicional se dio cuando se creó el Consejo Nacional de Acreditación CNA, muy impreciso en cuanto a la designación de sus miembros, pues la Calidad de bienes o servicios, es un problema técnico complejo, que exige rigurosidad metodológica para poder establecer lo que se denomina estándares, pero los primeros consejeros y la inmensa mayoría de quienes han ostentado el cargo de Consejeros desde entonces, no han sido expertos ni titulados en sistemas de calidad cuya función principal es la definición y medición de estándares. Por este motivo, en Colombia no existen Estándares de Calidad, en cambio se generaron condiciones de calidad, que no son otra cosa que percepciones arbitrarias y personales que no representan ningún rigor metodológico y que solo conducen a la ineficacia del sistema de control de la calidad de la educación superior.
Un estándar no es una opinión, es la forma matemática de expresar medición de éste, construida alrededor de experiencias probadas y experimentadas en la realidad. Por ejemplo, el grado de calidad de un aceite para la lubricación de un automotor tiene relación con su efectividad para el mantenimiento dependiendo de los kilómetros recorridos.
Pero creer que un estándar de calidad de la educación superior es el número de profesores de tiempo completo que tenga un programa, es una opinión que no tiene sustento alguno, pues un profesor no tiene que calificarse por ser de tiempo completo, medio tiempo o por hora cátedra. Eso definirá su salario, pero no su idoneidad.
Ahora bien, si lo que se quiere medir es la capacidad institucional para generar investigación, desde luego que tener equipos de investigadores independientemente de que estos sean o no catedráticos.
Pero decir que se es mejor docente por ser investigador, es cuestionable. La obligación de un docente es estudiar los descubrimientos científicos e incorporarlos a su cátedra, en cambio el rol de los investigadores es aplicar con rigurosidad científica experiencias para encontrar lo que podrían llamarse nuevas teorías.
En el diseño de un sistema de aseguramiento de la calidad de la educación superior, se han cometido errores que se derivan de privilegiar la opinión de personas bien intencionadas, desconociendo el rigor metodológico que implica generar un sistema de calidad de la educación superior estandarizado, con el trabajo sincronizado de profesionales expertos en sistemas de calidad y expertos en Educación Superior.
Creer que con discursos floridos que involucran ideales altruistas, se puede manejar el control efectivo y eficaz de un sistema de calidad de la educación superior es realmente una equivocación que debe corregirse lo más pronto posible. Ahora bien, ya que hay una vocación gubernamental de cambio, vale la pena un esfuerzo nacional para generar una legislación apropiada que realmente conduzca a resultados, los acuerdos entre políticos y técnicos no es un sueño sino una necesidad.
Independientemente de las distintas modalidades de educación superior, entender que la eficiencia y la eficacia de los resultados al someterse a procesos de capacitación y formación, que logren los estudiantes, es lo fundamental y puede medirse mediante estándares.
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