El Observatorio de la Universidad Colombiana




La inquisición científica: William Duica – Feb/20

Duica es profesor asociado del departamento de Filosofía de la U, Nacional de Colombia, e del grupo Relativismo y Racionalidad, y en el portal razonpublica.com advierte del que considera erróneo prejuicio de quienes cuestionan a la ministra.

Este es su texto:

La idea de “inquisición científica” puede parecer paradójica. La inquisición fue creada para perseguir y castigar a quienes se apartaran de las creencias establecidas dogmáticamente por la iglesia; la ciencia en cambio floreció para albergar a quienes, suscribiendo ciertos compromisos, quisieran explorar más allá de los límites de lo conocido y ampliar nuestra comprensión del mundo.

Vistas como instituciones, ciencia e inquisición son entonces los extremos opuestos de la forma como podemos sostener nuestras creencias. Sin embargo, la idea de una inquisición científica fue lo que vino a mi mente cuando Mabel Torres, ministra de ciencia, tecnología e innovación, acabó siendo enjuiciada ante un tribunal de periodistas para responder por la pureza de su cientificidad.

¿Por qué el debate?

A diferencia de otros ministros de Duque, llamados a rendir cuentas por sus políticas deficientes o abiertamente ineptas, Mabel Torres, no fue citada al Senado para hacer un balance de su gestión.

El asunto comenzó por unas declaraciones en el programa de televisión “Cuatro caminos”, luego ampliadas en una entrevista en El Espectador. Así se supo de la decisión de la doctora Torres de suministrar una preparación basada en el hongo ganoderma en pacientes con ciertos tipos de cáncer.

“Hicimos –dice la doctora Torres- unos ensayos, de hecho, de elaborar una bebida líquida funcional con ganoderma y otros extractos de frutas del pacífico y esta bebida la tomaron algunos pacientes y tuvimos casos positivos de resolución” —para pacientes con cáncer de cérvix, seno y cerebro—.

Esta inocente declaración dio lugar a críticas que corresponden a dos ámbitos de la filosofía de la ciencia:

  • El ámbito metodológico, que establece condiciones y protocolos para la confirmación de hipótesis; y
  • El ámbito ético, que establece condiciones y protocolos para la prueba de procedimientos y sustancias en animales humanos y no humanos.

¿Se siguieron los protocolos que impone el método científico? ¿Se atendió debidamente a las consideraciones éticas?

Así, entre preguntas y contrapreguntas, comunicados, declaraciones, aclaraciones, cotejos de publicaciones, enmiendas y correcciones, esta polémica terminó dándole otro mérito a la doctora Torres.

Además del mérito de ser la primera ministra del primer ministerio creado para el desarrollo de la ciencia en Colombia, ahora tendrá el de haber sido el pretexto para que por primera vez en este país los medios masivos se ocuparan de un debate filosófico sobre la ciencia.

Esto en el fondo es una buena noticia. Si en Colombia la relación entre la ciencia y los medios de comunicación sigue así, estaremos a muy poco de parecernos —en este aspecto— a la Europa de mediados del siglo XIX. Es cierto que es más de un siglo y medio de atraso, pero peor es nada.

“No hay evidencia concluyente”

La forma inquisitorial que tomó la polémica desembocó en preguntas que ponen en cuestión la probidad científica de la doctora Torres:

  • ¿Cuenta con evidencia suficiente para afirmar que el ganoderma contrarresta el desarrollo del cáncer?
  • ¿Su investigación ha sido sometida al análisis crítico de la comunidad científica a través de publicaciones especializadas?
  • ¿Es éticamente responsable saltarse los protocolos de prueba en animales y pasar a probar la sustancia en seres humanos?

Estas son preguntas absolutamente apropiadas para el caso y seguramente quien trabaje en ciencia las tendrá en cuenta. Sin embargo, el ánimo de algunos al citar artículos que muestran que no hay evidencia concluyente sobre la relación entre el ganoderma y el tratamiento del cáncer, era sugerir que el “bebedizo” —como lo llamó despectivamente una de las eminencias médicas del país—, crea irresponsablemente falsas esperanzas.

No hay evidencia concluyente, es decir, no se puede afirmar con certeza que exista una relación entre la sustancia y la cura; luego, el bebedizo carece de soporte científico.

Ese fue el “razonamiento” periodístico. Pero la filosofía de la ciencia distingue entre “no hay evidencia” y “no hay evidencia concluyente”. Incluso cuando no hay evidencia se tiene una hipótesis, una conjetura, diría Popper, y es justamente ahí donde empieza la indagación científica.

Por otra parte, tener evidencia que no es concluyente es la condición propia de la investigación de punta y generalmente se interpreta como “está abierta la puerta a seguir investigando” -que es exactamente lo que afirmó la ministra-.

La necesidad de la investigación sobre el ganoderma no se afecta en nada por la ausencia de evidencia concluyente. Así que ahí no está lo interesante de la discusión.

La herejía

Lo interesante está en el relato extracientífico, lo que los viejos filósofos de la ciencia solían llamar el “contexto del descubrimiento” y otros llamarían el contexto sociológico de la investigación.

Las críticas a la ministra se originaron en su propio relato acerca de lo que la llevó a tomar la decisión “crucial” de suministrar la bebida a pacientes con cáncer. Según cuenta, ella pasó por una etapa de “rebeldía” contra la labor científica y, en ese contexto, la decisión se basó en dos consideraciones: una, que los estudios de toxicidad no señalaban contraindicaciones; y la otra, presuntamente heterodoxa, que hay prácticas ancestrales que utilizan el ganoderma con fines terapéuticos.

Esto último es lo que la inquisición científica considera herético, una afrenta a los protocolos de la ciencia. El registro periodístico presentó esto diciendo que la ministra no cree en el método científico.

Lo que habría que decir es que la ministra no cree en lo que los periodistas creen que es el método científico.

Eso permitiría aclarar que el suministro de la bebida no está sustituyendo o pretendiendo ser la “prueba en humanos” del producto en cuestión. Es apenas un procedimiento para crear condiciones iniciales de observación. Se observó que existe una correlación considerable pero no concluyente donde se registran algunos “casos positivos de resolución”.

Es esta observación la que permite formular una hipótesis y abrir una investigación sometida a todos los protocolos científicos. El suministro de la bebida está situado al comienzo de la investigación, no está situado en medio del proceso como una “prueba en humanos”. Y mucho menos al final, como el hallazgo de una “cura del cáncer”.

En este punto es donde algunos exclaman ¡pero eso qué importa, les dio su menjurje a seres humanos y para hacer eso hay que cumplir con protocolos que pueden alargar el proceso a diez o quince años! Quienes objetan con este reclamo creen que para haber dado ese paso se necesitaba evidencia científica que la doctora no tiene.

El punto central para mi es que la doctora Torres basa su decisión en que hay un saber ancestral al respecto. Esa es la evidencia que considera válida para suministrar la bebida a los pacientes como un paso previo al desarrollo de la investigación.

Sesgos y prejuicios

El prejuicio que está operando acá inadvertidamente consiste en pensar que, dado que el saber ancestral no responde a los protocolos del método científico, no es un verdadero saber, no es certero —ni hablar siquiera del mito de la certeza—.

Quienes creen eso, incluso si son científicos, están atrapados en un prejuicio epistémico. Un prejuicio que consiste en creer que sin método científico no hay conocimiento.

Pero la historia de la humanidad es la historia del conocimiento. Y si midiéramos esa historia como correspondiendo a un día, la historia de la ciencia y el método científico se mediría acaso en unos cuantos minutos, si bien maravillosamente creativos.

Las diversas formas ancestrales de conocimiento son saberes ocultos para nosotros, pero no por ello inexistentes. Tampoco son inaccesibles a nuestra comprensión, solo están temporalmente ocultos. No es cierto que tengamos que escoger entre saberes, pues parte de lo que es fascinante del conocimiento es que la unidad común de conmensuración es la humanidad.

Pero para acceder a esos saberes y complementarnos necesitamos dar un primer paso. Necesitamos poner ante nosotros esos sesgos implícitos que nos hacen ver las cosas de una cierta y única manera.

Este puede ser el caso de la inquisición científica que ha venido a juzgar a la doctora Mabel Torres. Un ejemplo de lo que la filósofa Miranda Fricker llama injusticia epistémica. El tipo de injusticia en el que incurren las sociedades cuando no cuentan con los recursos de conocimiento para comprender a alguien.

Quizá la doctora Torres, la ministra de Duque, la bióloga de la Universidad del Valle, la Ph.D. de la Universidad de Guadalajara, la mujer, la mujer negra, la estudiante de provincia, la científica que en su laboratorio trabaja con un bisturí oxidado, quizá esa persona no tenga inconveniente en sentarse en el banquillo a rendir cuentas.

De lo que debemos cuidarnos es de que el banquillo no quede puesto en la intersección de múltiples prejuicios que nos impidan comprender.

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