JY


“La mala educación es un negocio muy atractivo”

Marzo 2008
JY

 

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Esta frase, del viceministro de educación, Gabriel Burgos Mantilla, me recuerda aquella otra de Fernando Savater: “Una buena educación es cara, pero el precio de una mala educación, a largo plazo, es peor”.

Jorge Yarce

Presidente

Instituto Latinoamericano   de Liderazgo ILL

Las dos frases nos remontan al mismo problema: los dos tipos de universidad que subsisten en el país: las universidades negocio y las universidades de verdad, que cumplen con una finalidad de brindar educación superior de calidad a nuestros universitarios.

 

Cada día aumentan los ingresos de las universidades-negocio y me atrevo a pensar que las universidades de verdad cada vez se ven en mayores apuros para conseguir alumnos y para obtener ingresos que les permitan mantener los estándares de calidad.

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Colombia sigue siendo un país donde es fácil caer en la tentación de montar el tenderete de una nueva universidad. Andan por ahí por docenas de instituciones con “vocación” de negocio universitario. Y ya se sabe cómo: alquilar una casa vieja con muchas habitaciones, las nuevas aulas, presentar una oferta variada de carreras que tienen demanda (administración, informática, etc.), un puñado de taxi-profesores, que están siempre a las espera de un nuevo cliente para repetir sus mismo cuentos, un nombre grandilocuente (“Universidad para el Nuevo País”, “Universidad para la Solidaridad Ciudadana”, “Universidad Transcontinental”, etc). Luego, arranque a recibir matrículas y a preparar los papeles para en un futuro cercano se obtenga el registro calificado.

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Y al frente del cotarro universitario un rector-dueño, ganoso de hacer plata dispuesto a impulsarlo con ánimo de lucro y no de un lucro cualquiera, escondido claro está en esa perla preciosa legal que obliga a todas las universidades a ser corporaciones sin fin de lucro, capaces de disfrazar el mejor de los negocios.

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Así es Colombia, señor Viceministro. Usted tiene toda la razón. Y el estado colombiano tiene pleno derecho a ponerle una talanquera a las universidades-negocio hasta asfixiarlas para que no sigan explotando a los estudiantes y a las familias colombianas, vendiéndoles la ilusión de un cartón profesional detrás del cual campea la mediocridad.