La organización de las estructuras universitarias: Felipe Cárdenas Támara

La organización de las estructuras universitarias: Felipe Cárdenas Támara

Julio/23 Para Cárdenas- Támara, la estructura universitaria es (debería ser) la antítesis de valores hegemónicamente dominantes en el mundo de hoy. Cárdenas es director del Observatorio-Red Iberoamericano de sociopolítica, cultura y ambiente, y del grupo Centir, de la Universidad de La Sabana.

El historiador Fernand Braudel en su libro Las ambiciones de la historia (2002) nos brinda una precisa definición que ilumina de manera útil el sentido del concepto de estructura que podemos aplicar a la vida de la institución universitaria. La institución universitaria, como estructura dialogal y conversacional, hoy fertilizada por la integración o incluso “contaminación” de múltiples ciencias sociales debe estar en capacidad de proyectar en el espacio social de nuestros países con los bienes conceptuales y prácticos que se vienen gestando desde hace décadas en torno a las polivalentes revoluciones epistemológicas que se viven en las apasionantes discusiones que se dan permanentemente en el ámbito universitario.

Existen conceptos como el de sistema o estructura que nos pueden permitir hablar relativamente el mismo lenguaje y en ese sentido son puentes para el trabajo interdisciplinario. En el marco de su reflexión sobre la historia y en su diálogo con otras disciplinas científicas, Braudel nos brinda una definición precisa e inspiradora en el campo paradigmático de las ciencias sociales, y que a mí modo de ver, debe hacer parte de las lecturas de la institución universitaria y de los órdenes que está importante entidad desea proyectar, tanto hacia su interior, como hacia la llamada proyección social universitaria, uno de cuyos logros hoy más invisibilizados tiene que ver con la propia docencia, en el sentido de la formación disciplinar y humana que se le brinda a los estudiantes que tienen la oportunidad de vivir la experiencia de orden de las estructuras universitarias. Formar personas, más allá de la importante fundamentación disciplinar, sigue siendo una tarea ineludible para la universidad, particularmente cuando muchos de sus estudiantes llegan al claustro universitario con tan solo 16 años.  Cada uno de los “niños” que llegan a la universidad, o de los adultos que también estudian o trabajan en el claustro, es todo un proyecto de investigación, una novedad que nos desborda como educadores.

La definición de Braudel de estructura es la siguiente:

Por estructura los observadores de lo social entienden una organización, una coherencia, relaciones bastante fijas entre realidades y masas sociales. Para nosotros los historiadores, una estructura significa sin lugar a dudas ensamblaje, estructura, pero todavía más una realidad que el tiempo usa mal y trasmite muy demoradamente. Algunas estructuras, si viven mucho tiempo, se convierten en elementos estables de una infinidad de generaciones: llenan la historia, la estorban y por tanto dirigen su discurrir. Otras son más proclives a desmoronarse, pero todas son a la vez apoyos y obstáculos. Como obstáculos, se marcan con límites (envolventes en el sentido matemático) de los que el hombre y sus experiencias apenas pueden librarse. Piénsese en la dificultad de romper determinados marcos geográficos, determinadas realidades biológicas, determinados límites de la productividad, e incluso tal o cual restricción espiritual: los escenarios mentales son también cárceles de larga duración (p. 154).

El orden-estructura universitaria, sin desconocer la función de lo coyuntural, remite a acciones o movimientos de larga duración. En ese sentido, la estructura responde a dos planos distintos de la vida institucional: Primero, aceptando y leyendo las demandas coyunturales que la sociedad o incluso los movimientos sociales le plantean a la sociedad. Sin embargo, la fundamentación universitaria tiene que leer críticamente las demandas sociales como la presión de los movimientos sociales. Lo coyuntural implica discernimiento y análisis crítico de los valores históricos y culturales que una sociedad determinada le exigen a la institución universitaria. En segundo lugar, los movimientos de larga duración implican fidelidad a los principios fundacionales desde el horizonte de lecturas históricas, filosóficas y antropológicas de largo aliento que le permitan leer críticamente desde tres horizontes los signos de los tiempos i) desde del transcurrir ambiental del hombre y sus estructuras; ii) desde la historia social III) desde la historia del individuo y su cotidianidad inmediata. Las tareas descritas anteriormente implican la consolidación de estructuras institucionales que tengan la posibilidad de observar la expresión holográfica del mundo social y cultural, como de la necesaria lectura ambiental y geográfica del movimiento humano sobre el territorio en todo su potencial y limitaciones.

Si consideramos las ideas de la obra de Eric Voegelin, (La nueva ciencia de los político), la universidad tiene como tarea y misión fundamental la reafirmación de principios permanentes estructurales en el ámbito de los principales símbolos políticos que marcan la vida universitaria en su concienciación más profunda. Esa es la estructura u orden fundamental de la universidad. Es un orden noético, en el sentido de que el accionar universitario, desde un horizonte socrático bimilenario se enfrenta a los ídolos, como a los valores (pseudo) que se manifiestan en lo que se denomina los discursos interpretativos dominantes.

Para las universidades mundiales, cuyas raíces tienen continuidad con la misión de las primeras universidades fundadas en el mundo, su marco analítico debe situarse claramente en una reflexión sobre la  idea de modernidad, cuya estructura por la acción revolucionaria, ha contestado y desafiado la unidad del pensamiento griego y del pensamiento cristiano, empleando múltiples formas (el politécnico francés, la industria académica contemporánea, etc.); y cuyo común denominador, en el caso de dichas estructuras universitarias,  concuerdan todas en la sustitución paulatina o de manera radical con la eliminación del sentido de la trascendencia y la normatividad de valores absolutos, dada la separación dualista y cartesiana que está en la base del carácter neo- gnóstico y secularista de la idea de modernidad que marca el pensamiento hegemónico de los movimientos intramundanos de una trascendencia cuyo máximo exponente es el individuo, las fuerzas productivas, el bienestar, la lucha de clases y el relativismo moral y cultural.

Desde un horizonte intelectual, la estructura universitaria, cuyo eje es dinámico, debe fundamentarse en una semiosis infinita de su proyecto fundacional. Dicho proceso de despliegue semiótico, de orden vivencial, experiencial e intelectual, le permite debatir, discutir y aportar ideas, argumentos, tecnologías y también tomar distancia frente a lógicas y agendas dominantes que se imponen mediante el capricho, la falsa argumentación, la violencia, los errores y equívocos productos de la idolatría ideológica que está en función no de la verdad, sino del poder. Se hace necesario reconocer que hay tendencias “filosóficas” cuyos términos sustantivos, por precisos y eruditos que sean, atentan contra los valores fundacionales. La acción revolucionaria de la modernidad implica reconocer que todos estamos contaminados culturalmente por principios que atentan contra la idea de estructura universitaria, cuyas relaciones están marcadas por el diálogo, y el debate; por lo tanto, sus formas no se reducen a una excesiva juridización liberal de la vida política y moral de una sociedad. El bien y el mal no lo definen las Cortes Constitucionales, el caudillo político de turno o el youtuber con más seguidores. La máxima autoridad educativa no es un ministerio ni el Estado. La estatización de nuestras sociedades debe comprenderse como la expresión de un neo-paganismo devorador de la vida y del sentido de una historia no sólo definida por el reino animal o vegetal o por el comisario político de turno.

La juridización de una sociedad no puede ahogar a una sociedad en la tiranía de jueces y magistrados intoxicados de ideas revolucionarias y utópicas, inhibiendo la capacidad filosófica y científica de las estructuras universitarias que deben responder fundamentando una verdadera cultura de la vida, que se no deja confundir, por muy eruditos que sean los planteamientos de los supuestos “derechos” de una cultura de la muerte que confunde la vida, la discusión ética y los aportes científicos que nos ayudan a comprender la estructura de la realidad, como fundamento de la labor científica y filosófica.

La universidad como estructura tiene que ser un faro que ilumine la historia y la sociedad; así, las universidades son faros-estructuras situado en océanos y mares llenos de golfos, mares tranquilos y corrientes tormentosas. La universidad además de faro, es un complejo de mares, no sólo soluciona problemas, también crea problemas, desata tempestades (Universidad de Salamanca y sus debates sobre la dignidad de los indios americanos en el siglo XVI) estorba con sus planteamientos a favor de la vida, del debate, de la duda, del reconocimiento del misterio y de la posibilidad de afirmar y pensar nociones de verdad, cuyos movimientos teóricos enfrentan el conflicto y propone alternativas concretas  para la supervivencia civilizatoria de la humanidad.

En síntesis, la estructura universitaria es (debería ser)  la antítesis de los valores hegemónicamente dominantes en el mundo de hoy; la universidad como estructura aboga por la permanencia de ciertas verdades; esta institución-organización cree en la verdad, en la posibilidad de la indagación científica, filosófica y teológica.  No se aísla del mundo, le brinda cosmogramas de navegación a la sociedad; además le contesta al mundo, recordándole que también el hombre se constituye de vida interior (es un ser demorado y excéntrico-lo cual desborda los marcos psicologistas), dimensiones invisibles y no determinantes para las ciencias fácticas, hijas de la ilustración y el positivismo.

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