Abril/26 En esta ocasión, Vargas Cano advierte cómo delegar el pensamiento a la IA genera pereza argumentativa, debilitando la autonomía intelectual y el aprendizaje.
La llegada de la inteligencia artificial a las universidades ha cambiado de manera rápida y profunda la forma en que los estudiantes investigan, redactan y organizan sus ideas. Desde la perspectiva docente, que acompaña de cerca el desarrollo académico del alumnado, se reconoce que este avance no se limita a ofrecer una herramienta práctica para el cumplimiento de tareas. Lo que ocurre en las aulas actuales incide directamente en la manera en que se forma el pensamiento crítico y se construye el conocimiento. Hoy es posible solicitar un trabajo completo, con estructura clara, citas pertinentes y un lenguaje académico adecuado, mediante unas pocas indicaciones en una pantalla. Esta inmediatez, si bien parece un progreso, ha generado un fenómeno cada vez más visible en los procesos de evaluación y en los textos entregados: la pereza argumentativa. No se trata de una falta de interés ni de una actitud irresponsable frente al estudio, sino de una tendencia creciente a permitir que los sistemas digitales asuman el esfuerzo intelectual necesario para formular razones, sostener posturas y enfrentar las dudas propias del aprendizaje. Cuando el estudiante delega esta tarea, pierde una parte esencial de su formación académica.
Es fundamental distinguir este comportamiento del plagio tradicional. Copiar un texto ajeno y presentarlo como propio es una falta académica clara que implica apropiarse de la voz de otro. La pereza argumentativa opera de manera distinta y, por eso, resulta más difícil de detectar. El estudiante no roba palabras, sino que entrega la responsabilidad de pensar. Permite que la inteligencia artificial seleccione los argumentos, organice la progresión lógica, enlace las ideas y formule las conclusiones. Su intervención se reduce a revisar el resultado, ajustar detalles de redacción o cambiar algunos ejemplos para que parezca más cercano a su realidad.
El trabajo final puede cumplir con todas las normas formales, pero carece de la huella del esfuerzo mental que le da valor académico. En un caso se esconde la autoría; en el otro, se abandona el proceso de construcción intelectual. Ambas situaciones afectan la integridad del aprendizaje, pero la segunda pasa más desapercibida y, por ello, requiere una mirada atenta por parte de quien enseña.
Aprender a argumentar no es un requisito administrativo ni un ejercicio de estilo. Es una práctica que entrena la capacidad de ordenar el pensamiento, de sostener una idea con razones claras y de reconocer sus propios límites. Durante décadas, en las IES se entendió que el conocimiento no se adquiere por repetición, sino por enfrentamiento. El estudiante debe buscar información, seleccionar lo relevante, contrastar fuentes, identificar contradicciones y volver a escribir hasta que su postura adquiera solidez. Ese camino exige paciencia, tolerancia a la frustración y disposición a revisar las propias certezas. La inteligencia artificial, al entregar un producto terminado, elimina esa fricción que es necesaria y fundamental. El estudiante ya no se ve obligado a resolver cómo enlazar dos perspectivas distintas, ni a justificar por qué descarta un enfoque alternativo, ni a reformular su idea cuando la evidencia no la sostiene. La comodidad inmediata reemplaza al trabajo prolongado, y con eso se debilita la capacidad de razonar de manera autónoma.
Cuando el educando universitario delega la construcción de sus argumentos, el texto puede parecer correcto en su forma, pero el aprendizaje permanece en la superficie. El análisis de numerosos trabajos entregados revela estructuras
impecables, vocabulario preciso y selección adecuada de fuentes; sin embargo, en las instancias de diálogo académico o defensa oral, suele evidenciarse que el autor no logra explicar por qué priorizó un enfoque determinado, qué alternativas consideró ni cómo arribó a la conclusión final. Esta brecha entre lo plasmado en el escrito y lo realmente comprendido constituye el indicador más claro de la pereza argumentativa. El estudiante entrega un producto terminado, pero no ha transitado el recorrido intelectual que le otorga validez académica. La educación superior no
tiene como propósito formar meros lectores de resultados, sino generadores autónomos de conocimiento, y ese proceso de construcción no puede eludirse sin comprometer la calidad formativa. Si el estudiante no interviene de manera activa y reflexiva en la elaboración de sus propios razonamientos, no logra desarrollar la competencia que la actividad académica busca evaluar.
Esta realidad complica directamente la labor de evaluación y la práctica docente. Las rúbricas habituales se centran en la coherencia, el uso de referencias y la claridad expositiva, pero pierden su sentido cuando el texto no refleja el trabajo real del estudiante. Ya no es suficiente corregir el documento final; es necesario preguntar, dialogar y exigir que el estudiante demuestre cómo construyó sus ideas. La evaluación formativa, que busca acompañar el avance del aprendizaje, se vuelve indispensable. Si solo valoramos el resultado, corremos el riesgo de aprobar a los que no han desarrollado las habilidades que el título universitario. La docencia, en este contexto, debe ajustar su enfoque: dejar de ser solo revisión de productos y convertirse en orientación del pensamiento. El profesor no debe actuar como un
inspector de originalidad, sino como un guía que ayuda al estudiante a recuperar el control de su proceso intelectual.
Reconocer este problema no implica rechazar la tecnología ni pedir la prohibición de las herramientas digitales. La inteligencia artificial puede ser un recurso valioso para organizar apuntes, revisar la ortografía, generar ideas iniciales o explorar diferentes perspectivas. El error radica en permitir que sustituya el trabajo intelectual central. Las IES deben enseñar a usar la tecnología como apoyo, no como reemplazo. Así como una calculadora no elimina la necesidad de comprender las operaciones matemáticas, un generador de textos no puede reemplazar la formación del razonamiento crítico. La diferencia entre un uso responsable y una dependencia académica debe quedar clara en el aula, y eso requiere acuerdos explícitos, práctica constante y reflexión compartida. El estudiante debe aprender que la herramienta acelera tareas, pero no piensa por él.
Para enfrentar esta situación, es necesario replantear cómo diseñamos las tareas y cómo medimos el progreso. Las asignaciones que piden un ensayo final sin solicitar evidencia del proceso se vuelven vulnerables a la delegación automática. En cambio, los trabajos que exigen borradores comentados, defensas orales, registros de búsqueda o reflexiones sobre los propios errores obligan al estudiante a mantenerse activo en su aprendizaje. La escritura deja de ser un producto aislado y se convierte en un trayecto visible. Cuando el profesor pide que el alumno explique sus decisiones, que justifique sus fuentes o que reconozca los límites de su argumento, está recuperando el espacio donde se forma el pensamiento crítico. No se trata de hacer las evaluaciones más difíciles, sino de hacerlas más transparentes,
de manera que el esfuerzo intelectual sea parte inseparable del resultado.
Este cambio no puede depender únicamente del esfuerzo individual de cada docente. Las IES deben establecer lineamientos claros sobre el uso de la inteligencia artificial, no como normas restrictivas, sino como guías formativas. Es necesario capacitar a los docentes para que integren estas herramientas de manera crítica, para que diseñen evaluaciones que midan el proceso y no solo el producto, y para que mantengan viva la conversación académica en el aula. La institución debe invertir en espacios de discusión, en actualización pedagógica y en políticas que equilibren la innovación tecnológica con el rigor académico. Sin un marco institucional coherente, cada docente actúa por su cuenta, y el estudiante recibe mensajes contradictorios sobre qué se espera de él. La claridad normativa protege tanto al educando, que sabe hasta dónde puede apoyarse en la tecnología, como al profesor, que puede evaluar con criterios compartidos.
Más allá de las técnicas o de las regulaciones, lo que está en juego es la identidad del estudiante como sujeto del conocimiento. Argumentar es un acto de responsabilidad intelectual. Implica decir: esta es mi postura, estas son mis razones, estoy dispuesto a escuchar objeciones y a ajustar mi posición si la evidencia lo requiere. Cuando se delega ese acto a una máquina, se pierde la oportunidad de convertirse en un profesional autónomo, capaz de tomar decisiones fundamentadas y de participar en debates complejos. La pereza argumentativa, si se normaliza, forma graduados que pueden redactar informes con fluidez, pero que dudan cuando deben defender una idea sin guion, improvisar ante un problema nuevo o reconocer lo que aún no saben. Las IES no pueden conformarse con esa salida, porque la sociedad necesita pensadores que no solo repitan información, sino que la cuestionen, la organicen y la apliquen con criterio.
La educación superior tiene una misión que no puede delegarse: formar personas capaces de pensar con rigor, de cuestionar con fundamento y de comunicar con honestidad intelectual. La inteligencia artificial es una herramienta poderosa, pero no puede reemplazar el esfuerzo humano que da valor al aprendizaje. El compromiso del profesorado no se reduce a verificar si un texto fue generado por un algoritmo, sino a acompañar al estudiante para que recupere su voz académica, confíe en su capacidad de razonar y comprenda que la dificultad no constituye un obstáculo, sino el camino mismo del conocimiento. Si se logra preservar la fricción intelectual en el aula y se mantiene la exigencia de que el estudiantado transite el proceso argumentativo con rigor y responsabilidad, la IES continuarán siendo un
espacio de formación de mentes libres y críticas. Ese constituye el verdadero propósito de la educación, y ninguna herramienta tecnológica puede asumirlo en su lugar.
—–
Referencias:
– Bittle, K., & El-Gayar, O. (2025). Generative AI and academic integrity in higher education: A systematic review and research agenda. Information, 16(4), Artículo 296. https://doi.org/10.3390/info16040296
– Chan, C. K. Y. (2023). A comprehensive AI policy education framework for university teaching and learning. International Journal of Educational Technology in Higher Education, 20(1), Artículo 38. https://doi.org/10.1186/s41239-023-00408-3
– Cotton, D. R. E., Cotton, P. A., & Shipway, J. R. (2023). Chatting and cheating: Ensuring academic integrity in the era of ChatGPT. Innovations in Education and Teaching International, 61(2), 228-239. https://doi.org/10.1080/14703297.2023.2190148
– Facione, P. A. (2023). Critical thinking: What it is and why it counts (Actualización 2023). Insight Assessment. https://insightassessment.com/wp-content/uploads/2023/12/CriticalThinking-What-It-Is-and-Why-It-Counts.pdf
– Muñoz Martínez, C., Roger-Monzo, V., & Castelló Sirvent, F. (2025). IA generativa y pensamiento crítico en la educación universitaria a distancia: desafíos y oportunidades. RIED-Revista Iberoamericana de Educación a Distancia, 28(2). https://doi.org/10.5944/ried.28.2.43556
– Ordeñana, A. I. G. (2026). Inteligencia artificial: Riesgos para las competencias y el pensamiento crítico de los estudiantes en la educación superior. Revista Científica Multidisciplinar Gnerando.https://revista.gnerando.org/revista/index.php/RCMG/article/view/738
– Romero, A. E. C., & Canto, M. (2025). Entre algoritmos y cerebros: La inteligencia artificial y el pensamiento crítico en estudiantes de educación superior. Ciencia Latina Revista Científica Multidisciplinar, 9(6), 21610. https://ciencialatina.org/index.php/cienciala/article/view/21610
– Torres, C., Romero, B., Adillón, M., & Foltynek, T. (2024). Inteligencia artificial en educación: Entre riesgos y potencialidades. Praxis Educativa, 19, Artículo 083. http://educa.fcc.org.br/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S180943092024000100206
– UNESCO. (2024). AI competency framework for teachers. United Nations Educational, Scientific and Cultural Organization. https://unesdoc.unesco.org/ark:/48223/pf0000391104
– Yasmine, Z. (2026, 23 de marzo). IA en la universidad, una bomba para el pensamiento crítico: ¿Cómo podemos evitar que nos explote en la cara? The
Conversation. https://theconversation.com/ia-en-la-universidad-una-bombapara-el-pensamiento-critico-como-podemos-evitar-que-nos-explote-en-lacara-273920
Vargas Cano es consultor y conferencista de tecnología educativa
https://edutechiacol.odoo.com/
![]()
