La universidad amurallada

Jorge Yarce, presidente del Instituto Latinoamericano de Liderazgo, cuestiona el aislamiento de nuestras IES frente a la realidad política y social de América Latina.

La universidad latinoamericana está encerrada dentro de una muralla tan grande como la muralla china, que la separa y aísla del mundo exterior, de la modernización y de los avances tecnológicos, que en otras latitudes caminan a pasos agigantados, mientras aquí seguimos hablando de la revolución de Córdoba, de hace casi un siglo, y del mayo francés de 1968, amén de otras “glorias” que se cantan cada vez que se toca el tema. No hay una entidad más anquilosada que ella. Por donde uno mira encuentra vacíos enormes, al lado de pequeños progresos como el aumento de la matrícula. Y si de investigación se trata, a nivel mundial la universidad aporta el 2% de la investigación, y dentro de esa cifra lo que corresponde a Latinoamérica es casi irrelevante, como para llevarse las manos a la cabeza.

A pesar de todo eso, nuestros países siguen creyendo que están muy bien en educación. El 72% de los colombianos se declaran muy satisfechos, lo mismo que El 85% de los costarricenses, o el 80% de los nicaragüenses. O sea, aquí no pasa nada. Cambiar la universidad, decía Ortega y Gasset, es como cambiar de sitio un cementerio; eso es casi imposible, sobre todo cuando creemos que todo está muy bien. Y seguimos hablando maravillas de nuestros centros de educación superior como bastiones de la libertad y el progreso, dentro de la logomaquia que nos caracteriza. Mientras Corea del Sur inscribió 7.500 patentes en el 2008, Brasil registró 582, Colombia 12 y Costa Rica 9 (los datos son de Oppenheimer, “Basta ya de historias”). Estamos en plena economía del conocimiento, en la era tecnológica y las carrera universitarias predominantes son las humanísticas por una gran diferencia, lo cual no nos permite pensar en un futuro distinto.

Universidad amurallada y, además de encerrada en sí misma, pobre en recursos: el estado no le suelta más, ella no es mínimamente autosuficiente, ambas –privada y pública- se dedican a fabricar profesionales sin ningún control del mercado, no reciben ayuda de sus propios egresados, tienen pocos contratos con empresas y con el gobierno, invierten más en edificios que en pago de profesores y tecnología, con sueldos promedios en general nada competitivos con las empresas y viven enredadas en la eterna disputa por el poder interno (profesores, estudiantes y administrativos); la sociedad le reclama más compromiso con sus problemas, pero ella, a la hora de la verdad, tiene muy poca voz, que es ahogada por la fuerza de los políticos y por los medios de comunicación, que pesan mucho más que ella en la opinión pública, y por su propia mediocridad.

Hay que derribar la muralla que rodea la universidad latinoamericana y que la separa del mundo del futuro. Un derribo como el del muro de Berlín, sin violencia pero efectivo. Empezar por hablar otro lenguaje, por no vivir tan pendientes del pasado, por respetable que sea. Hay que volcar sobre ella muchos más recursos económicos y exigirle mucho más. Una universidad que lidere a los otros niveles de la educación y que plantee sus programas de cara a la competitividad mundial. Que se comunique mucho más con el país y de país a país. En un mundo de grandes bloques, Latinoamérica brilla por su lucha desarticulada, donde no hay acuerdos que nos permitan avanzar juntos. Y la universidad no hace nada por la comunidad de naciones latinoamericanas.

Es hora de un examen de conciencia serio por parte de nuestros dirigentes para colocar la universidad en el nivel de prioridades que se merece, dejando de lado la retórica del culto al pasado para construirle un futuro diferente.

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