Opinión de Cristina Castro, en El Tiempo
Siempre he creído que parte del rechazo social hacia los abogados tiene origen en que a todos nos digan “doctor” sin merecerlo. Por eso comparto profundamente la gran acogida que ha tenido el programa de Colciencias que pretende aumentar las becas para doctorados de 200 a 500 al año. No hay duda de que esto era necesario para promover la competitividad del país y disminuir las brechas sociales. Pero también que las razones por las cuales como dijo el director de Colciencias “mientras Brasil tiene 60 doctores por cien mil habitantes (para 2006), Argentina 40, nosotros en Colombia tenemos 11”, no son solamente de recursos económicos.
Pocos de mis compañeros están convencidos de realizar un programa doctoral. Es evidente que la decisión implica mucho tiempo y mucho dinero. Es así, como además de la financiación, en muchos países se ha optado por reducir los tiempos de los pregrados de manera de que quien comience un doctorado no termine graduado y viviendo con los papás hasta los 30 años, como se teme hoy.
Además, para nadie es un secreto que, pese al esfuerzo de las universidades, entre los estudiantes no existe una cultura de la investigación. Eso lleva a que quienes tendrían cualidades no formen en el transcurso de la carrera una trayectoria académica que les permita acceder a un programa de alto nivel internacionalmente.
Por eso, junto con las becas de Colciencias, es tarea prioritaria de las universidades formar estudiantes con perfil doctoral. Hay muchas formas de incentivar este interés desde los salones de clase. Por un lado, por medio de semilleros complementados con programas que vinculen a los estudiantes como asistentes o jóvenes investigadores. Pero también con la promoción de estancias cortas de investigación o con la sencilla decisión de volver a incentivar las tesis de grado.
Por otro lado, es necesario vincular de manera urgente al sector privado en la tarea de la formación de doctores. Esta materialización de la alianza Universidad -Empresa -Estado permitiría desvincular en el imaginario de los estudiantes que la formación doctoral está exclusivamente relacionada a trabajar en las mismas universidades.
Además del lado financiero, un apoyo decidido de la empresa privada no sólo sería clave para ampliar el perfil de los jóvenes aspirantes sino que aseguraría la pertinencia de los estudios. En otras palabras, la clave para que luego tengan posibilidades de conseguir un trabajo en que usarlo.
Por último, hay que lograr que los programas de financiación incentiven al retorno. Hace dos años un estudio de la Anif propuso tajantemente reducir la financiación de doctorados porque sólo 71 de cada 100 estudiantes volvían. Pero evitar la temida fuga de cerebros no puede tampoco desconocer las ventajas de consolidar una red internacional de doctores que promueva el acceso de colombianos en universidades extranjeras.
Todo el que haya pensado en querer ser “Doctor” de verdad, sabe que si bien el dinero es uno de los principales obstáculos, el trayecto a ser admitido está lleno de publicaciones, cartas de recomendación y en resumen, hoja de vida. Hay que apostarle a que cada vez más jóvenes la tengan. Sería terrible que no hubiera 500 jóvenes al año para tomar esas becas.
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