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Los académicos Milciades Vizcaíno Gutiérrez y Ruth Edith Muñoz Jiménez, de la Universidad Cooperativa de Colombia (Sede Villavicencio) analizan las responsabilidades de la educación superior a la luz de sus funciones misionales y las tendencias múltiples, así como los retos para garantizar la esencia de su actuar. |
La primera es que la educación superior está de cara a la sociedad. Hace nueve años escribimos un libro en esta universidad con el título de “La universidad de cara a la sociedad” para explicar que cuanto hacemos dentro de estas instituciones no pertenece a ellas sino que responde a requerimientos de la sociedad. Esto se ha venido clarificando con los años en procesos envolventes en los cuales hay consensos entre analistas y también entre quienes dirigen la política pública, los gobiernos y los organismos internacionales que han asumido el espacio como propio, como es el caso de la UNESCO y también del FMI, con sus dependencias continentales y regionales. Las comisiones de trabajo, los foros, los documentos que circulan permanentemente apuntan a la misma idea: las universidades se deben a la sociedad.
La segunda explicación es que las instituciones de educación superior tienen tres responsabilidades ineludibles. Desarrollan muchas más actividades conforme a su propia definición institucional y de acuerdo con el contexto en el cual ellas operan. Pero lo que no pueden dejar de hacer es formar profesionales, hacer investigación y proyección social. En la Europa de los siglos XIX y XX se debatía sobre la función de las universidades y tres grandes tendencias surgían como categorías claramente diferenciales. Una que colocaba el énfasis en la formación de ciudadanos; otra que centraba sus esfuerzos en producir conocimiento; y una tercera que se definía por la intervención en la sociedad. En América Latina hemos recibido la tradición que centraba la función de la educación superior en la docencia. Allí estaba el sentido y el significado de la universidad: formar profesionales para las múltiples actividades. Elevar a la categoría de función profesional las actividades que la sociedad desarrollaba empíricamente, con los conocimientos prácticos e intuitivos. No desarrolló investigación; apenas ahora lo hace de manera generalizada. La universidad se encargó de la profesionalización, que significa transformar los saberes empíricos en conocimiento científico. No es un asunto secundario; es esencial. Ello se hace cuando la universidad tiene en sus haberes conocimiento científico disponible, tiene mecanismos para transformar los cerebros de los estudiantes y tiene la capacidad de ayudarlos a realizar sus proyectos de vida.
La tercera explicación es que la formación de profesionales no se puede hacer si la universidad no desarrolla conocimiento científico, es decir si no hace investigación. Esta actividad entró a formar parte de su plan de acción. No ha universidades (no debería haber) que no estén comprometidas con producir conocimiento. Es fácil decirlo: ´producir conocimiento´. Pero la complejidad del compromiso es enorme no solamente para la institución que debe propiciarla sino para quienes la desarrollan. Para la institución se requieren elementos fundamentales: una política clara y decidida, una organización que la facilite, unos procedimientos que la agilicen, unos lineamientos que le muestren el horizonte de significación y de uso social del conocimiento producido, un compromiso con quien se encarga de la producción y que requiere recursos y visibilidad más allá de los productos mismos. Pero también se requieren personas que produzcan, que conviertan un ´problema´ en soluciones, que busquen explicaciones satisfactorias, que conviertan esas explicaciones en caminos alternativos a las prácticas existentes, que muestren significados a la vida con común. Quienes lo hacen requieren conocimiento claro sobre lo que hacen y deben hacer; no hay duda de ello. También requieren actitudes favorables hacia el trabajo que significa la búsqueda científica. Y también necesitan práctica, saber cómo hacerlo. Son tres requisitos indispensables. No se puede prescindir de uno de ellos; son los tres juntos. La experiencia en los grupos de investigación es que generalmente hay una condición pero falta otra. No es fácil conseguir personas que llenen las tres condiciones y que, además, las hagan compatibles. Esto significa que el conocimiento esté vinculado estrechamente a las actitudes positivas y que conocimiento y actitudes estén volcados sobre el hacer, sobre la práctica. De lo contrario, es una especulación vacía e improductiva.
Si lo anterior estudiara claro, las universidades habrían dado un paso decisivo frente a lo que se espera de ellas. Pero falta algo fundamental: no solamente que institución e investigadores muestren y demuestren lo que ha sido planteado sino que haya una conectividad entre ellos. No basta, por ejemplo, que la institución tenga un estatuto, un reglamento, unos procedimientos, si ellos no concuerdan con las necesidades y expectativas de quienes los van a cumplir que son los investigadores. A su vez, no basta, por ejemplo, que los investigadores tengan actitudes favorables hacia la investigación si los estímulos institucionales son tan precarios que los reducen a un mínimo que no alcanza a mover los sentimientos que requiere un investigador. No es tarea fácil; pero es el compromiso de las universidades.
La cuarta explicación es que el espacio en el cual lo anterior ocurre tiene sus exigencias y siempre se presentan confrontaciones y debates porque su desarrollo los implica. Nadie debe sorprenderse con ello. Si alguien muestra un producto representado en un informe, un artículo, un libro o una patente, está expuesto a la crítica severa de sus colegas que son los interlocutores necesarios para la validación o no del conocimiento nuevo. Si resiste la crítica, el conocimiento permanece y es referenciado; pero si no muestra solidez, será desechado. Es la dinámica que agitan las comunidades científicas, los grupos de investigación y las organizaciones profesionales.
En el exterior de ese espacio de las universidades hay un espacio que está más agitado. En él participan actores múltiples. Ya no son solamente las universidades sino organismos internacionales como la UNESCO, el Fondo Monetario Internacional, con sus agencias regionales. Pero también las empresas dedicadas a producir estudios que se reflejan en los rankings internacionales o regionales que califican actividades de las universidades, valoran indicadores y divulgan sus resultados. Esos resultados siempre son polémicos bien sea porque los indicadores no son suficientemente comprensivos de la dinámica interna, no reflejan los esfuerzos internos o provocan mecanismos de defensa por no sentirse adecuadamente valorados como quisieran. Expertos en reputación de universidades dicen que los resultados de los rakings deben ser considerados como ´imperfectos´, lo que significa de un valor relativo, no absoluto, de un conocimiento aproximado, no cierto, de una tendencia, no de un conocimiento probado y firme. Otros, en cambio, toman los resultados como una ´verdad´ cierta, confirmada, demostrada. Es la otra posición que favorece, obviamente, a quienes están cobijados por ella; pero no a los demás. En todo esto, hay que tomar en cuenta lo que Robert Merton nos explicó sobre “El efecto Mateo en la ciencia” cuando nos dijo, en 1968, que fue “otro pequeño ejercicio en el análisis psicosocial del funcionamiento de la ciencia como institución social”, es decir sobre procesos de asignación de recompensas a contribuciones de científicos que les ayudan en el flujo de sus ideas y reconocimiento de sus hallazgos por los canales formalizados por la ciencia. Su trabajo acerca de ganadores de premios Nobel y de científicos en los Estados Unidos le permitió sacar conclusiones sobre el efecto Mateo de que al que tiene, se le dará; y al que no tiene, aun lo que no tiene se le quitará…
Las universidades están comprometidas a preservar a sus investigadores para que el efecto Mateo no revierta sobre ellos en este mundo agitado por tendencias múltiples.
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