Malgastando el aprendizaje institucional de los anteriores ministros de Educación: Carlos M. Lopera P.

Malgastando el aprendizaje institucional de los anteriores ministros de Educación: Carlos M. Lopera P.

Julio/24 Lopera, director de El Observatorio de la Universidad Colombiana, se lamenta del retroceso institucional que para la educación superior causa la designación de Rojas Medellín como ministro de Educación.

Es difícil ser optimista, o siquiera medianamente prudente, para admitir la designación de Daniel Rojas Medellín como ministro de Educación Nacional, en reemplazo de Aurora Vergara Figueroa.

Solo desde el escenario político cabría alguna comprensión. Rojas Medellín es, tal vez, uno de los pocos fieles escuderos que le quedan al presidente Petro, y se convierte en un alfil suyo para reproducir su discurso populista, de confrontación social y de clases, de izquierda extrema y de promesas tristemente incumplidas. Desde esta óptica, tendrá el respaldo, obtuso, de los radicales petristas, quienes no ven argumentos diferentes a la palabra de su “mesías”, y difícilmente tendrá el apoyo de los tradicionales académicos de izquierda de muchas universidades, especialmente públicas, acostumbrados a tener como referentes intelectuales a destacados ideólogos contestatarios, caracterizados por defender argumentos minuciosamente construidos con la razón.

Desde el escenario sectorial, estrictamente educativo y técnico, la llegada de Rojas Medellín como Ministro de Educación constituye una ofensa del primer mandatario; casi que una cachetada, por su baja preparación académica, por su total inexperiencia en el sector, por su estilo peleador y no conciliador, y por el uso recurrente de las más vulgares groserías como forma de cuestionar a quienes defienden ideas diferentes a las suyas.

El diagnóstico es claro: Un ministro de ese talante, en un gobierno al que le encanta polarizar, y que tras dos años de gestión no logra aterrizar sus promesas en educación, será clave para instrumentalizar el poder institucional de Mineducación (el presupuesto más alto de todos los sectores; llegar a una población de 10 a 12 millones de estudiantes, de todos los niveles; y aprovecharse de la alta sensibilidad social hacia todo lo que tenga que ver con educación), para seguir haciendo política, para potenciar los intereses constituyentes del presidente y para prostituir el lenguaje reflexivo propio del sector llevándolo a los más primarios términos de confrontación social y de reivindicación beligerante.

Esta reflexión tampoco puede entenderse como una apología de los anteriores ministros de Educación, pues de todos se obtuvieron algunas cosas positivas y, también, otras negativas. Pero el desarrollo político institucional del país tiene la responsabilidad, como mínimo, de evitar repetir las malas prácticas de quienes antes dirigieron la cartera educativa y, por lo mismo, de elevar cada vez más el nivel y las experiencias de sus dirigentes.

El Ministerio de Educación Nacional se ha preciado de contar con estadistas como Germán Arciniegas, Gabriel Betancourt Mejía, Jorge Eliécer Gaitán, Alberto Lleras Camargo, Agustín Nieto Caballero y Jaime Posada Díaz, entre otros. Y ahora, paradójicamente, cuando esa cartera logra tener el mayor presupuesto histórico, llega una persona sin experiencia alguna en el cargo.

Los ministros del presente siglo, y milenio, también han tenido méritos y fallos. Eso sí, todos han contado con condiciones básicas para ser respetados en desarrollo de su cargo. Esta rápida descripción de logros y decepciones, de atrás hacia adelante, permite comprender mejor esto:

Aurora Vergara Figueroa intentó romper muchas tradiciones. No sólo fue la primera mujer afro en llegar a ser ministra, sino que registró formación posdoctoral y una ilusión y unos sueños tan grandes que no le permitieron aterrizar y saber que la política y los intereses gubernamentales estaban por encima de sus anhelos de equidad y de dignidad educativa. Más allá de sus descuido en otros ámbitos de la gestión, el sector siempre la respetó por sus delicadas formas, el uso de argumentos y su llamado al consenso.

Alejandro Gaviria Uribe ha sido, tal vez, uno de los ministros que más positiva expectativa causó al llegar al cargo, aunque también ocasionó la más grande desilusión por su desempeño. Más allá de su confrontación ideológica con el gobierno al que sirvió, por la reforma a la salud, parece como si todo su bagaje humanista le hubiera hundido más en la reflexión que en la gestión; y que su antecedente como rector de la Universidad de Los Andes, le hubiera servido para conocer las debilidades de la universidad privada, en vez de ayudarla a potenciar. Siempre fue respetuoso, con ideas interesantes y con una amplia formación académica y experiencia estatal.

María Victoria Angulo ha sido, tal vez, una de las pocas que hizo la tarea de prepararse para ser ministra, no solo por sus estudios sino, especialmente, por sus experiencias laborales en el sector público y privado y en todos los niveles. Tenía muy claro lo que quería para el sector y sobrevivió a la pandemia. En su contra siempre tuvo su poco carisma y mínima asertividad con el sector.

Yaneth Giha Tovar fue una ministra gris. Llegó para terminar el Ministerio en el segundo mandato de Juan Manuel Santos. Fue hábil para dilatar promesas gubernamentales de difícil logro, y también para conciliar, apagar uno que otro malestar en el sector y respetar la institucionalidad.

Gina Parody, tal vez ha sido una de las más polémicas y nefastas ministras de Educación de los últimos tiempos. Formada, con experiencia política y pasado como directora del Sena, tuvo la habilidad de que el Ejecutivo le diera millonarios recursos adicionales para el sector (algo que era impensado antes de ella), e impulsó polémicas acciones como Ser Pilo Paga, Icetex para acreditadas y los “fallecidos” SNET y MIDE, entre otros, y que, en aras de la verdad histórica, ayudaron a generar positivas reflexiones al respecto.

María Fernanda Campo permitió contemplar un estilo tampoco usual al sector. Comprender que la gestión educativa debe verse como una empresa social. Si bien su propuesta de reforma a la Ley 30 de 1992 fue retirada del Congreso y enfrentó la más grande movilización social por la educación superior, hábilmente dio un giro hacia el Acuerdo por lo Superior, del CESU, que brindó importantes elementos de análisis para el sector. Enfrentó muy fuertes críticas y siempre, con gran altura, las asumió y escuchó a sus contradictores.

Y María Cecilia Vélez no sólo ha sido la ministra con más tiempo en el cargo (dos periodos de gobierno), sino que su experiencia previa en la gestión educativa de Bogotá y su carácter decisivo para impulsar acciones políticas por la mayoría del sector consideradas necesarias, le permitieron ser reconocida como una de las primeras ministras con estilo gerencial.

¿Qué tiene Daniel Rojas Medellín de positivo para ser ministro de Educación (respetando su persona, su activismo y su rol como saliente presidente de la Sociedad de Activos Especiales)?. Difícil hallar algo al esculcar su hoja de vida y, sobre todo, escucharlo en sus primeras declaraciones. Seguramente ayudará a mejorar las condiciones de infraestructura de las universidades públicas y a elevar el debate sobre los gobiernos universitarios y la participación de los jóvenes, aunque eso no parece suficiente para todo lo que necesita y espera el sector, en este y en cualquier otro gobierno.

Por el bien del país, ojalá quien escribe esta columna esté equivocado.

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