El Observatorio de la Universidad Colombiana




Más estudiantes, ¿con más desempleo?: Alvaro de La Espriella – feb/20

Dilema del sistema de educación superrior frente al empleo. Análisis de Alvaro de la Espriella en El Heraldo.

Estadísticas de entidades serias indican en la actualidad que el 54% de los jóvenes bachilleres del país no llegan a los estudios universitarios. En América Latina estamos en este campo bastante rezagados. En Chile si alcanza el nivel universitario el 68%; en Uruguay y Costa Rica, el 65%; en Argentina, el 62%; y en Brasil y Perú, el 60%. Esto significa que en Colombia de cada cien bachilleres solo 46 logran ingresar a estudios superiores, ya sea técnicos, tecnólogos o universitarios. Con un ítem adicional aún peor: la deserción una vez dentro de las aulas asciende al 35%, o sea que de quienes ingresan abandonan en el trascurrir de los semestres un porcentaje bastante alto.

La causas de estos fenómenos negativos en la educación superior en Colombia ya están estudiados y debidamente definidos. El factor económico es medular en las decisiones iniciales, donde sobresalen los altos costos de la universidad privada, los problemas familiares y de apoyos logísticos en el hogar, el no poder superar las pruebas Icfes de puntajes clasificatorios y carencia de medios simples de traslado a los centros educativos, como el transporte, por ejemplo, ante las distancias de ellos. En esta primera apreciación debemos resaltar el buen esfuerzo que hacen los centros privados de educación superior por ofrecer becas, facilidades, estímulos, que muchas veces menoscaban las ganancias que casi siempre, a su vez, se quedan en el seno de las instituciones porque o son fundaciones sin ánimo de lucro o por decisión directiva deciden la reinversión como política corriente en su desarrollo económico profesional. Por otra parte, la universidad pública tiene apoyo del gobierno, de todos, pero la demanda de cupos supera la oferta factible calculada. De todo esto vemos con satisfacción la creación de nuevos centros educativos en la periferia de las capitales o en municipios vecinos, que es una opción que empieza a crecer con sucursales que descentralizan los cupos para cientos de jóvenes que no tienen fácil acceso a los centros educativos de las capitales departamentales.

Este esfuerzo conjunto liderado por los gobiernos no dará frutos inmediatos, pero debe seguir. Sin descanso. Es decir, nunca se debe abandonar el propósito de la universidad pública de extenderse cada vez más, llegando hasta rincones regionales ignotos, pero con estudiantes dispuestos a educarse. Por otra parte, el presupuesto para educación del gobierno central debe ser cada vez mayor, ahora precisamente que Colombia ha disminuido sus costos militares por la firma de la paz y se liberó de gastos militares muy altos, para robustecer las finanzas en la educación, renglón altísimamente proritario.

Pero la pregunta del millón hoy día es sencilla, pero de enorme calado social: Si tuviésemos un porcentaje más alto de jóvenes graduándose en los estudios superiores y salen a buscar trabajo, dónde los vamos a acomodar si el desempleo en el país no deja de subir en sus porcentajes y cada día la informalidad gana más espacio.

¿Queremos ingenieros, médicos, administradores instalados en las callen vendiendo cualquier producto en una carretilla o en un chuzo con sombrilla? ¿Para eso los educamos y los graduamos? Esto es una ecuación especulativa, pero ¿cómo equilibramos los contrapesos de producir resultados por un lado y anularlos por otro?

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