MIDE desinforma, distrae y causa más daño que bien

A propósito de MIDE, la periodista María Fernanda Moreno,  MA en Ciencias Políticas y Política Económica del Desarrollo Internacional de la Universidad de Toronto en Canadá y coautora del proyecto transmedia Susana y Elvira (que incluye el libro ‘Lo entendimos todo mal’ de Editorial Planeta), señala que “una de las perversiones de la desigualdad es que no todos los estudiantes universitarios y por ende las universidades, pueden ser medidos con la misma regla”.

El “Modelo de Indicadores del Desempeño de la Educación Superior” (Mide) publicado por el Ministerio de Educación en días pasados desinforma, distrae y causa más daño que bien.

Es positivo que el Ministerio de Educación trate de hacer lo necesario para entender el estado de la educación superior en el país; pero las variables escogidas en el Mide cuentan historias únicas y miopes que no dejan ver más allá de un número. Y lo peor, ignoran la estructura que alimenta el conteo: la desigualdad. Colombia, según la OCDE, es el séptimo país más desigual del mundo, con un coeficiente Gini de 0.578.

La desigualdad es clave en los resultados reportados por las Pruebas Saber Pro (una de las variables tenidas en cuenta en el estudio), que miden el desempeño académico de los estudiantes de todo el país, sin importar su contexto. El vaso medio lleno dice que es importante que las Pruebas armen promedios nacionales y midan científicamente el desempeño de los estudiantes de todo el país. Esto ayuda a verificar estándares de calidad y a encontrar soluciones para la crisis de la educación del país.

Pero el vaso medio vacío grita que, al incluir esta variable, el ranquin está comparando estudiantes de estratos 6, 5 y 4 que vienen de colegios privados (apenas el 15% del total de estudiantes colombianos, según la OCDE), con estudiantes de estratos 3, 2 y 1 que provienen en gran medida de colegios públicos (el 85% del total). Aquí la brecha es evidente. Un estudio de la Universidad del Rosario que analizó los resultados de las pruebas Pisa encontró diferencias contundentes en cuanto a los promedios en lectura, matemáticas y ciencias entre los estudiantes de los colegios privados y los públicos en Colombia. Además incluyó en su análisis el nivel de educación de la madre del estudiante, pues los investigadores –y cualquiera que haya estudiado el tema– saben que la desigualdad es estructural y que, a pesar de lo que dice nuestra prevalenciente corriente conservadora, las deficiencias del sistema no se suplen con trabajo duro y voluntad de cada individuo. Cuando la inequidad está tan arraigada como en Colombia, empuja hacia abajo como una fuerza invisible capaz de determinar el futuro de un niño incluso antes de nacer.

Por otro lado, ¿el Ministerio habrá tenido en cuenta la desigualdad al momento de pensar en el salario de enganche como otra de las variables de su estudio? El mismo Observatorio Laboral del Ministerio encontró que cuando se trata de la remuneración a egresados, la relación es de 2 a 1 entre una universidad mal llamada de élite y las demás. En los países desiguales como el nuestro la meritocracia no existe. Son los contactos y las redes las que cuentan a la hora de conseguir un empleo. Eso debería saberlo el Ministerio.

¿Y el inglés en el Saber Pro? Si en las del top 10 hay estudiantes bilingües no fue porque consiguieron su segundo idioma en cinco años de universidad, sino porque tuvieron la oportunidad de estudiarlo en el colegio, desde el preescolar en muchos casos. Entonces, ministra Parody, ¿cuál es el plan de acción para que profesores con un manejo nativo del inglés enseñen el idioma mínimo 10 horas semanales en los colegios públicos, así como se hace en los privados? ¿Y cómo logra además que los estudiantes tomen matemáticas, física y ciencias en inglés, como en los colegios de los que provienen muchos de los estudiantes de su top 10? Porque, Ministra, no se trata solo de armar jerarquías superficiales y sin contexto, sino de plantear soluciones porque, como lo vemos en esta columna, parte de la responsabilidad de los resultados la tiene la institución que usted dirige.

Sigamos con los resultados. ¿No sorprende además que cinco de las diez mejores universidades estén en Bogotá? Las demás están en Medellín (3), Cali (1) y Bucaramanga (1). ¿Los investigadores habrán tenido en cuenta el PIB per cápita en su análisis? Mientras que en Bogotá es de 21 millones según el Dane, en Sucre (sede de una de las universidades peor ranqueadas) es de seis millones. Esto, sin duda, influye en los recursos con los que los estudiantes, los profesores y las universidades cuentan a la hora de conseguir la excelencia. Como evidencia, la literatura sobre desigualdad ha demostrado que el rezago del que es víctima un estudiante que no tuvo acceso a un computador en sus primeros años de educación es, a veces, irreparable.

El “Modelo de Indicadores del Desempeño de la Educación Superior” del Ministerio incluso aumenta la brecha que debería estar disminuyendo, al satanizar y reducir a los estudiantes a una posición en un conteo. Gracias al reporte, un profesional con buenas condiciones académicas, habilidades y voluntad, seguirá consumido por la exclusión al –ahora también– ser estigmatizado por la institución en la que pudo costear su educación superior. ¿Qué va a pasar ahora con los recién egresados de las universidades del patíbulo ahora que quieran conseguir un trabajo y deban explicar por qué no pudieron estudiar en una de las del top 10?

El reporte no es justo con los estudiantes, ni con las universidades, pues no tiene sentido mezclar peras con manzanas al comparar universidades con instituciones universitarias; a las de jornada diurna con las de jornada nocturna; y a las que llevan casi dos siglos perfeccionando sus procesos, con las que llevan menos de diez años.

Cualquier intento para mejorar la calidad de la educación en el país debe ser bienvenido. El registro calificado y la acreditación son esfuerzos en el sentido correcto porque se apegan a indicadores racionales y no absolutistas. Y si se trata de armar un conteo, pues el Ministerio debería tener en cuenta que no todos los estudiantes comienzan su carrera universitaria con las mismas habilidades y conocimientos, por lo que puede ser más constructivo medir el progreso que los estudiantes hacen estando dentro de una de esas instituciones universitarias. Esto, mientras el Estado logra mejorar, de una vez por todas, la calidad de la educación en los colegios públicos, lo cual es una fuente importante del mal que hoy nos ocupa.

La educación es la forma más eficiente de romper ciclos de pobreza y de generar movilidad social. Pero, sin duda, este ranquin fue un esfuerzo en la dirección contraria pues reproduce la misma jerarquía que alimenta las clases sociales en nuestro país.

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