El Observatorio de la Universidad Colombiana




Necesidad de fortalecer la ed. técnica y tecnológica: Daniel Mera – Oct/20

En El Espectador, Daniel Mera Villamizar analiza cómo debe revisarse la forma como el país está atendiendo estos niveles de formación.

En la educación colombiana los tres componentes más descuidados son: i) preescolar, ii) media (grados 10° y 11°) y iii) los niveles técnico y tecnológico (TyT). El primero podría ayudar a cimentar una mayor igualdad de oportunidades y los otros dos son claves para la productividad, que facilita la equidad.

En consecuencia, así nos va como sociedad. A los seis años ya las desventajas de origen son diferencias cognitivas que perdurarán; a los 17 años la mitad no terminará el bachillerato, y para los graduados la formación TyT será opción por descarte.

El “Programa de reforma a la educación media” busca graduar los bachilleres a los 18 años con las competencias necesarias para la autonomía moral, la vida en sociedad y para escoger entre alternativas socio-ocupacionales. Hoy pasa poco de eso, lamentablemente.

Como no tenemos un proyecto de sociedad caracterizado, importa poco para qué sirve la educación. Si tuviéramos un proyecto de sociedad industriosa, productiva, innovadora, sería inaceptable o no ocurriría lo que vemos en la educación TyT.

Del total de la matrícula en educación superior, el 26% corresponde a nivel tecnológico, y menos del 1% a nivel técnico profesional (datos de 2018). El Sena tiene el 64% de la matrícula de TyT y las universidades ofrecen el 23% de los programas vigentes de TyT.

La oferta del Sena es gratuita y existen 30 instituciones estatales de TyT que cobran (por la pandemia, 10 con matrícula cero), son frágiles (solamente tres acreditadas) y se reparten una pequeña fracción de la matrícula. De 1.389 programas tecnológicos, solamente 72 contaban con acreditación de alta calidad, y de 637 técnicos, 18 ídem.

En esos datos se apoyan estas premisas para la reforma de TyT: i) se requiere una mayor articulación de la oferta TyT del Sena en la órbita del Ministerio de Educación (por ejemplo, en la acreditación de programas) y ii) es necesario un subsistema público de TyT con el Sena y las 30 IES de la Red TTU, con su propia gobernanza.

Esta reforma institucional tendría el objetivo de ampliar fuertemente la cobertura, de modo descentralizado y sostenible, con beneficios de movilidad estudiantil y profesoral entre unidades del subsistema, que se complementarían. Regímenes nacionales de carrera para administradores y docentes podrían potenciar economías de escala.

La pregunta que sigue es “¿para aprender qué?”. Lo que necesiten la economía y la transformación productiva del país, sería la respuesta teórica. En la realidad, buena parte de los empleadores se quejan del perfil de los egresados de TyT, y tampoco nuestra transformación productiva va a todo vapor.

Este desafío lleva a una tercera premisa orientadora: una clara diferenciación conceptual y curricular entre formación técnica (saber práctico capturado por el Marco Nacional de Cualificaciones con participación de empleadores) y formación tecnológica (como ingeniería aplicada, apropiación de maquinaria sofisticada, innovación), como ha pregonado Víctor Manuel Gómez.

Esa diferenciación nos haría notar que si hay 631.000 matriculados en tecnológica y 79.000 en técnica profesional (2018) es porque tenemos un concepto poco universal de lo “tecnológico”. Y llevaría a incentivar i) que las universidades acreditadas ofrezcan más programas tecnológicos y ii) la creación y fortalecimiento de centros tecnológicos especializados por industrias o de servicios a varias industrias, como parte del subsistema de TyT, que también integraría la oferta privada.

En este marco, la subvaloración social de TyT pronto se acabaría, especialmente si los bachilleres de la media técnica salen bien preparados y pueden transitar de la técnica a la tecnológica y a la mal llamada profesional, con buenas remuneraciones en las dos primeras. Los del Sena no necesitarían convenios de este tipo con universidades para transitar. La opción sería parte de todo el sistema.

Naturalmente, una reforma estructural de la educación implicaría a dos gobiernos al menos, y se requeriría una coalición, no solo multipartidista, para sacar adelante una negociación (no del tipo “plata para levantar el paro”). Nada fácil.

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