Nov/25 En su red social X, la abogada Javeriana, Restrepo Cañavera, dice que defender la universidad no es atacarla sino impedir que la destruyan desde adentro. Y dice que “este gobierno y este ministro de Educación están dispuestos a destruir la Universidad Nacional”.
La Universidad Nacional no es solo una institución educativa. Es un símbolo de lo que Colombia puede llegar a ser cuando el mérito, el conocimiento y la libertad de pensamiento se imponen sobre el fanatismo y la violencia.
Por eso duele, indigna y alarma lo que está ocurriendo dentro de sus muros. Porque no es una exageración: la Nacional está siendo infiltrada, utilizada y lentamente tomada por quienes no creen en la República ni en la educación, sino en la subversión como forma de poder.
Semana reveló lo que muchos dentro del sistema de inteligencia y en el propio Concejo de Bogotá venían advirtiendo: la presencia activa del ELN en entornos urbanos, con grupos de apoyo político y logístico operando dentro de universidades públicas, especialmente la Nacional. Allí, jóvenes reclutados ideológicamente son usados como instrumentos de propaganda, bajo la fachada del activismo estudiantil.
No hablamos de disidencias dispersas. Hablamos de estructuras con jerarquías, recursos y entrenamiento, que encontraron en la universidad un terreno fértil para reorganizar sus frentes urbanos y reclutar nuevas generaciones.
Esto no es nuevo.
Durante años, cada vez que alguien intentó denunciar el uso político y violento de los campus, la respuesta fue el silencio o la caricaturización: se les llamó “enemigos de la educación pública”. Pero defender la universidad no es atacarla. Defenderla es impedir que la destruyan desde adentro.
Y hoy, la Universidad Nacional , orgullo académico de la Nación, está siendo desmantelada no por falta de presupuesto, sino por exceso de permisividad.
En el corazón de su campus, donde debería florecer la ciencia, hay trincheras ideológicas.
Donde deberían imprimirse tesis de investigación, se imprimen panfletos.
Y donde debería enseñarse a pensar, se adoctrina para obedecer.
La infiltración del ELN no es solo un problema de orden público: es un ataque directo a la inteligencia de Colombia. Porque cuando la violencia se instala en los espacios del pensamiento, el país deja de producir conocimiento y empieza a producir miedo. Y un país que le tiene miedo a pensar, deja de ser una República.
No podemos perder la Universidad Nacional.
Porque perderla sería renunciar a la posibilidad de que el hijo de un campesino, de un maestro o de una enfermera pueda llegar a ser científico, ingeniero o filósofo sin necesitar padrinos ni fortunas. Sería entregar a la violencia lo único que todavía nos unía como Nación: el orgullo de una educación pública libre y meritocrática.
No podemos mirar hacia otro lado.
Los organismos de inteligencia deben actuar, las autoridades universitarias deben responder, los medios deben dejar de romantizar el caos y nosotros los ciudadanos debemos exigir.
Porque si no defendemos la Universidad Nacional hoy, mañana ya no habrá universidad que defender.
Y lo que se pierda allí no será un edificio ni un presupuesto: será la conciencia del país.
Este gobierno y este ministro de Educación están dispuestos a destruir la Universidad Nacional. Y no podemos permitirlo. Porque si el Estado renuncia a proteger el conocimiento, renuncia también a proteger la verdad, la libertad y el futuro.
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