No sabemos si son buenos profesores

El abogado e historiador de las Universidades del Rosario, Toronto y Los Andes, Julián López de Mesa Samudio se refiere, a la esencia de lo que debe ser un buen profesor universitario.

Hace unas cuantas semanas circuló por las redes sociales una foto de una pancarta que, al parecer, fue colgada frente a la Universidad de los Andes y que decía lo siguiente: “Tenemos 406 profesores con doctorado. (No sabemos si son buenos profesores). Pero tienen doctorado”.

La pancarta me hizo recordar el célebre enfrentamiento entre San Bernardo, abad del Claraval, y Pedro Abelardo: entre el doctor y el profesor. Poco tiempo antes de su muerte en 1142, Abelardo, quien es considerado uno de los primeros profesores de Occidente, se enfrentaría con San Bernardo, el doctor más influyente y poderoso de su tiempo. San Bernardo –el “doctor melifluo”–, hombre de dogma, argumento de autoridad y fórmula sacramental, intentó apartar a los estudiantes de Abelardo para reducir el ascendiente del brillante maestro y silenciarlo. Pero a pesar de los esfuerzos del abad, sus argumentos no fueron suficientes y terminó derrotado: los estudiantes, entonces como ahora, siempre sabrán reconocer a los buenos profesores, muy a pesar de la reputación académica y del título de doctor de la iglesia que precedía a quien luego sería santo.

Cuenta el gran historiador de las mentalidades, Jacques Le Goff, que la Universidad de París, uno de los primeros claustros universitarios modernos, le debe su fundación a una serie de revoluciones intelectuales que se produjeron en las escuelas episcopales, en los conventos, en los monasterios y hasta en las calles de París durante el siglo XII. Los goliardos como Abelardo, anarquistas e intelectuales errantes, cuestionaron métodos y fondo de las escuelas monásticas establecidas, atrayendo a cientos de estudiantes a cada uno de los bandos enfrentados a través del poder de la oratoria y de la fuerza de las ideas debatidas. Las batallas eran intensas y los ejércitos de discípulos crecían o decrecían dependiendo del resultado de estas contiendas intelectuales. En el centro de todo se hallaban los primeros profesores, maestros en el arte de seducir con ideas transformadas en palabras afiladas y precisas; aquellos capaces, sobre todo, de generar curiosidad, de producir el hambre insaciable por saber más en quienes los escuchaban y seguían. El liderazgo de la razón de estos primeros profesores insuflaría el llamado “espíritu crítico” al que aún aspira la universidad occidental.

Muy lejos nos encontramos de aquellas épocas en que se inventó la universidad, pero el interrogante sobre las calidades de los profesores continúa. La frase de la pancarta en la entrada de Los Andes es simple y el mensaje, poderoso: ser doctor —tal como se lo imagina Colciencias— no garantiza ser buen profesor; saber a profundidad, investigar, publicar, tener reconocimiento académico —y en los últimos tiempos, mediático— no sirve de mucho si el conocimiento no se puede transmitir adecuadamente, si no se es capaz de estimular intelectual y vitalmente a los estudiantes. Cuán alejadas están las instituciones universitarias y la academia en general de las necesidades y anhelos de las generaciones nóveles de estudiantes globalizados, mejor informados y por tanto más exigentes. Para esos estudiantes, los nuestros, tener buenos profesores es mucho más importante que tener eminencias de gruesas, tituladas y prestigiosas hojas de vida académica, incapaces de enseñar ni generar el arrobo y el deseo por conocer.

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