Oportunidad para tener una ley única de educación

El rector de Unicafam y columnista Francisco Cajiao analiza en El Tiempo cómo la oportunidad que presenta el Acuerdo por lo Superior, del CESU, debe ser aprovechada para favorecer la articulación del sistema.

A dos días de terminar el primer período de gobierno, se presentó al país el informe preparado por el Consejo Nacional para la Educación Superior (Cesu), en el cual se hace un minucioso recuento de las cifras que reflejan la situación actual, se enuncian los diez puntos neurálgicos que deben tenerse en cuenta para una política pública y se avanza, en el último capítulo, hacia lo que podría ser el sistema en el 2034.

Hay en el documento muchos puntos que vale la pena resaltar, aunque ello no sea posible en una sola columna, por obvias limitaciones de espacio. El primero que hoy deseo poner de relieve es el prólogo, a cargo de Édgar Morin, uno de los más destacados filósofos contemporáneos, cuyos trabajos sobre la complejidad tendrían que ser obligatorios para quienes pretenden abordar asuntos como la educación como si se tratara de simples cuentas de aritmética.

“Se requiere, hoy por hoy, para un país justo y próspero, para un cielo terrestre, una educación articulada de la básica y media a la terciaria y superior, pasando por la investigación aplicada”, dice Morin, al referirse a un aparte del diagnóstico en el cual se señala que “Colombia cuenta con un sistema de educación superior que, aunque consolidado estructural, normativa y organizativamente, se halla desarticulado”.

Es decir que si está desarticulado no es sistema. Es claro desde hace décadas que la educación nuestra se ha ido organizando de una manera bastante simplista, como si fuera un tren sin locomotora. Del hogar los niños transitan hacia la cola, que es la escasísima educación inicial o preescolar, sin claridad institucional ni financiera, dependiente de la bondad de algún funcionario o primera dama de turno. Digamos que en la metáfora es como un parque de juegos en la estación. Luego, a los 5 años, los suben al vagón de transición. Un año más tarde estos alimentan el vagón de primer año y así sucesivamente hasta el grado once.

Por el camino muchos deben quedarse donde iban, con frecuencia de modo arbitrario. Lo llaman repetición. Otros definitivamente se bajan porque el tren no camina, incluso cuando los vagones de adelante (educación superior) se han comenzado a llenar. Nadie sabe para dónde marcha la caravana: lo importante es subir a todo el mundo. Algo así señala el filósofo de la complejidad cuando hace caer en cuenta de la importancia de la finalidad: “Se trata de una cuestión de articulación, de religación, de ética”.

En palabras simples, se requiere que cada islote de los que hoy hacen parte de lo que llamamos el sistema educativo se conecte con los demás componentes y se cree así una realimentación de información que enriquezca a todos y le dé coherencia y dinamismo al conjunto. Hoy, por ejemplo, no se ve un sistema de investigación de la educación superior interesado en alimentar y potenciar la educación inicial, la básica primaria o la media. Cada quien tiene su propia ley, sus propios estudiantes, sus propios problemas y, como autistas en un recinto, se eluden continuamente.

El próximo año deberá revisarse la Ley 115 de 1994, por disposición de la misma ley, que previó que en veinte años tendrían que ocurrir grandes cambios. Las recomendaciones de política pública que contiene el Acuerdo por lo Superior 2034 también requerirán uno o varios proyectos, que deberán ir al Congreso para no quedarse en el papel. Seguramente será la oportunidad de hacer una ley única de educación que permita articular la acción de la sociedad para asegurar el progreso humano de la cuna a la tumba, como se decía en el informe de ciencia, educación y desarrollo.

Habrá que recorrer un largo trecho y corresponde al Gobierno liderarlo de tal manera que todas las promesas de campaña se vayan haciendo realidad, porque sin educación, sin construcción racional, no hay esperanza de paz duradera.

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