Populismo ecológico y destrucción del ideario universitario: Felipe Cárdenas – marzo/22

Populismo ecológico y destrucción del ideario universitario: Felipe Cárdenas – marzo/22

En esta ocasión, Felipe Cárdenas- Támara, columnista habitual de El Observatorio y Director Red Iberoamericana de sociopolítica, cultura y ambiente, reflexiona acerca de los esquemas conceptuales en torno del tema ambiental en las universidades colombianas.

Reconocemos y partimos de la vital importancia que tiene el tema ambiental para la agenda nacional y mundial. Es un campo de la realidad que consideramos indiscutible y al que hemos contribuido desde nuestro papel como científico. El paradigma ambiental, en sus diversos matices, implica la consolidación de múltiples perspectivas de lectura de la llamada problemática ambiental. Desde ese reconocimiento, la sociedad en su conjunto y las IES deben velar para evitar que determinadas visiones de lo ambiental irrumpan y socaven las bases del ideario científico, humanista y tecnológico que configura la misión de las universidades.  

El anterior enunciado es fundamental, particularmente en estos tiempos electorales, donde todos los candidatos a la presidencia del país aseveran, particularmente los más autoritarios y populistas, tener las llaves del desarrollo sostenible que Colombia debe recorrer.

En este escrito, con base en mi experiencia de más de 30 años en el tema ambiental, me permito sugerir de manera general, algunos esquemas conceptuales sobre la configuración del tema ambiental en las universidades colombianas, destacando cómo algunas visiones dominantes, hegemónicas y violentas frenan la consolidación de una ciencia ambiental interesada en la vida, los ecosistemas y el desarrollo humano.

Para evitar los populismos ecológicos, que tanto daño les ha generado a prestigiosas universidades colombianas, me permito recordar el siguiente enunciado:

La primera lección no aprendida por muchos socio-biólogos es que la “cultura es biología más la facultad simbólica” (Sahlins, p. 65) W. Pannenberg (1993) es incluso más radical cuando afirma en su obra antropológica: “La primera conclusión es que ya la propia investigación de las relaciones sociales humanas ha de moverse en un nuevo plano categorial, diferente del de la zoología general; pues las relaciones sociales de los hombres, desde el origen mismo de la cultura a partir del espíritu de la religión tienen ya siempre lugar en el ámbito de los sistemas culturales y de la variación de estos. Sólo una teoría biológica de la evolución concebida ya en la perspectiva de la acción del espíritu de Dios en todo lo que vive podría seguir la trayectoria de la evolución de la vida hasta el interior de la historia cultural humana sin verse obligada a pasar a un nuevo nivel metódico en el umbral de la evolución de la humanidad” (p. 200-201). (Cárdenas, Los silenciamientos de la ciencia ambiental, 2007)

Los modelos científicos dominantes de corte populistas-ecológicos tienen que entender que sus lecturas topográficas no son totales en relación con su forma de comprender la realidad. La “ecología”—; término acuñado por el biólogo Ernst Haeckel, es una ciencia valiosa en tanto plantea una categoría de investigación “de las relaciones totales del animal tanto a sus ambientes inorgánicos como orgánicos”. Ahora la definición Haeckel no es inocua o neutral para el hombre y sus sistemas de representación cognitiva, ya que la esfera humana, desborda el instrumental proporcionado por la rica y necesaria ecología y biología. En efecto, el animal humano, dadas sus capacidades simbólicas, desborda el reduccionismo imperante en el campo de la biología, como de los planteamientos de la misma ecología.  La ecología humana es el capítulo ignorado y más difícil con el que tienen que lidiar determinadas posiciones biologicistas o ecologistas que imperan en muchas de las agendas políticas, culturales y universitarias.

Toda la obra de la antropología, podemos referirnos en particular a Claude Lévi-Strauss, nos recuerda como la gran mayoría de los problemas ambientales que sufre la humanidad tienen una causalidad antrópica que necesariamente debe llevarnos a mirar con más atención y humildad los procesos culturales que marcan las pautas de vida de las sociedades contemporáneas. No se puede reducir la complejidad de lo ambiental a los caprichos reduccionistas de las escuelas dominantes existentes en las posiciones ideológicas de la ecología populista.

La ecología no tiene todas las respuestas técnicas a los problemas ambientales del mundo, Está necesariamente implicada y debe estarlo, con debates políticos y culturales. Ahora, precisamente por lo anterior, sus “verdades”, pueden ser objeto de manipulación ideológica.  Así, la ecología no puede sustraerse de un marco humanista o pretender que puede dejar de lado siglos de reflexión sobre el hombre orientados, por ejemplo desde la filosofía e incluso la teología, puesto que sus modelos de análisis, exclusivamente termodinámicos y sistémicos, ignoran la profundidad de las consecuencias en la realidad de la crisis metafísica que padece la humanidad;  y que no se va a resolver ignorando, como sucede en la actualidad en los ambientalismos más violentos, estructuras fundamentales de la experiencia humana sobre la vida, como desconociendo ordenes naturales que han estructurado las instituciones humanas, por ejemplo, la institución universal de la familia en sus múltiples tipologías culturales. 

Desde luego que es imposible pretender hablar de equilibrio ambiental, sin considerar los retos que plantea armonizar la vida del hombre con los sistemas ecológicos, pero el estudio de esa relación no se puede ideologizar desde modelos materialistas, naturalistas, organicistas y biologicistas que pretenden ignorar otras verdades existentes en el campo de lo real.  Y es que existen verdades cosmológicas, antropológicas y soteriológicas que son incluso más profundas que las utopías revolucionarias de los agentes ideológicos de lo no-binario.

El populismo ecológico, es excluyente en lo más profundo de su racionalidad. Su falso pluralismo, es autoritario y extremadamente violento.  Se afirma como filosofía de la vida (falso), pero pervierte un reconocimiento del papel singular y señero que tiene el ser humano en la estructura de lo real. Y es que somos seres autoreferentes y binarios, y esa condición no se podrá borrar desde el impulso de agendas ideológicas que desconocen la constitución biológica del hombre y las condiciones particulares de su nicho simbólico como animal teomorfico, mitopoético y sumergido en un universo de significados semióticos que desbordan la lógica cartesiana y los nihilismos postmodernos que configuran la vida de tantos ideólogos comprometidos con la violencia en sus múltiples topologías y agendas.

Una mala epistemología ambiental puede destruir el campo formativo que proporciona la universidad y hacerle juego a las agendas ideológicas que defienden tantos falsos ambientalismos imperantes en nuestro medio y a nivel mundial. Cuando esto sucede, la universidad se torna en ghetto, en tribu…

Una epistemología ambiental que no esté plenamente capacitada para reconocer los límites que tienen las topografías y cartografías físicas, es sus lecturas exclusivamente biofísicas, se constituye en un obstáculo epistemológico para la generación de conocimiento y para la generación de progreso y desarrollo humano. Y de igual manera, desconocer la importancia de lecturas biológicas y territoriales sobre la realidad es una mala apuesta para unos humanismos incapaces de leer la complejidad de los campos perceptivos que la vida en toda su plenitud les genera a los sistemas representacionales del ser humano.

Los populismos ecológicos o las autoreferencias elitistas de un humanismo sin contacto con el barro de la historia, tienen como efecto la generación de ghettos ambientales o humanistas en su pose de hombres cultos, incapaces de forjar riqueza, belleza, prosperidad, diálogo fraterno y sincero. El populismo ecologista es excluyente por naturaleza, su máxima distorsión, como modelo se expresó en el siglo XX en las propuestas ambientalistas de los Nazis en Alemania y en las propuestas que manejó su propio sistema universitario. La lógica del discurso de los populismos ecológicos, en la experiencia que hemos observado, tiende a frenar y negar las posibilidades del debate en la ciencia. El humanismo elitista, es la expresión de un saber petrificado y sin relevancia.

La discusión en el campo de lo ambiental, en las voces de sus ideólogos, campo fértil para el populismo de muchos políticos y académicos, que niegan el valor del debate riguroso y respetuosos, implica una racionalidad, que impone por la fuerza del adoctrinamiento, una lectura monológica en su referencia a narrativas que operan casi que como lecturas religiosas y dogmáticas.

Los populismos ecológicos se mimetizan desde falsas expresiones que apelan a presuntas “diversas narrativas” y “plurales discursos”. No es así, el populismo ecológico impone de manera arbitraria, falsos consensos; impone un relato que idealiza verdades sin un claro fundamento biológico, ecosistémico y antropológico de la realidad. Como ya lo hemos afirmado años atrás: “la problemática ambiental le plantea un reto a cualquier pretensión formal de ciencia normal y, en ese sentido, incluso el planteamiento historicista de Kuhn debería reconsiderarse, sin que por ello se diga que se renuncia a la posibilidad de construir un sistema científico para describir, entender y comprender los problemas ambientales en clave axiológica y no simplemente de manera descriptiva” ( citado en Cárdenas, Los silenciamientos de la ciencia ambiental, 2007). 

Un modelo de ciencia, o de institución científica de carácter universitario que no esté en capacidad de dialogar con otras ciencias ambientales, sociales o humanistas, es un referente directo de violencia epistémica en el campo de la indagación y formación universitaria.  Las ciencias ambientales deben permitir espacios para otros conocimientos. Me pregunto si el reduccionismo científico que se impone desde determinadas posiciones ambientalistas y ecologistas, ‒las que he definido como expresión del populismo ecológico de talante ideologizante que se registra en determinados claustros universitarios y en la voz de ciertos ideólogos de lo ambiental en estos días de campaña‒, es la vía para apreciar en toda su magnitud y potencia las posibilidades que nos brindan para superar la pobreza y la miseria  los territorios, regiones y ecosistemas de Colombia. 

Las universidades tienen que recuperar el espacio para el debate. Tienen que derrotar la frivolidad y la hipocresía de determinados ambientalismos cuya potencia educativa es inexistente. El populismo ecológico es otra expresión del relativismo moral y ético que se quiere imponer desde las agendas ideológicas que frenan la formación integral del alumnado o estudiantes que transitan por los campus universitarios del mundo.

La idea final para fundamentar el argumento nos la proporciona el gran filósofo español a Ortega y Gasset cuando decía:

Y como un pueblo pugnaba por imperar a los demás y un arte a las otras artes y una clase social a las demás, apenas hubo una ciencia que no hiciese su campaña imperialista, obstinándose en mangonear a las demás, tal vez reformarlas radicalmente. Durante una temporada todo quiso ser física; luego todo quiso ser historia; más tarde todo se convirtió en biología; luego todas las ciencias aspiran a ser matemáticas y gozar los beneficios del axiomatismo. Las épocas de imperialismo son sazones de ambición y de envidia; el fuerte se hace ambicioso, y el débil práctico esa forma rentree y estrangulada de la ambición que es la envidia. Por muy diferentes que esas dos pasiones humanas sean, se parecen en una cosa: bajo su impulso el hombre no vive absorto sumido en su propio destino, sino que mira con una pupila a los ajenos. Si soy ambicioso, no me contento con ser lo que soy, sino que siento la urgencia de dominar a los prójimos; vivo, pues, en función de ellos, afanado en ser más que ellos. Al mismo tiempo que vivo mi vida vivo la ajena; es decir bizqueo…El siglo XIX fue el gran siglo bizco. Y así, cada ciencia, o para dominar o para envidiar, andaba fuera de sí, preocupada de las otras” (Citado en Cárdenas, Los silenciamientos de la ciencia ambiental, 2007). 

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