Mayo /24 El exrector, quien apoya al elegido rector José Ismael Peña, se lamenta de lo que está pasando en esa IES; así como lo hizo, hace 11 años, con un artículo titulado “¡Pobre mi Universidad Nacional!”
Desde hace un mes la Universidad Nacional (UN) ha venido trascurriendo en un ambiente de amedrentamiento, de zozobra. Un grupo de sujetos –vaya uno a saber cuántos son estudiantes–, encapuchados la mayoría, no solo tienen secuestrada la institución, sino que también la han venido saqueando. Sin duda, su comportamiento hace sospechar que son militantes de “la primera línea”.
En la actualidad casi la totalidad de las actividades académicas de pregrado está paralizada, y las administrativas funcionan a media marcha, amedrentadas. La alta administración –con la rectoría a la cabeza– despacha en el exilio, fuera del campus. Los vándalos se han tomado las oficinas, apoderándose de documentos de vital importancia para la institución.
Aunque la rectoría ha puesto al tanto de la situación a la ministra y al viceministro de Educación, no se ha emprendido ninguna acción para ponerle fin a los desmanes descritos. La ministra, como presidenta del Consejo Universitario, no ha querido reconocer el acta de elección –que es el documento que valida el nombramiento del profesor Peña–, no obstante tener la firma de cinco de los miembros, es decir, de la mayoría. Esta negativa suya, que configura una falta administrativa sancionable, mantiene acéfala la universidad y da pábulo para que se continúe y se estimule el descontento. ¿No sería lógico que el presidente Petro y su ministra de Educación reflexionaran sobre los alcances que apareja la situación que se vive en el seno de la UN? Su intervención no atentaría contra la mal entendida autonomía universitaria, pues lo que se procuraría sería evitar la extralimitación de esta. Para no hacerse cómplices de lo que está sucediendo, lo indicado sería una desautorización o, por lo menos, un llamado de atención a la cordura, a que se permita volver a la normalidad.
Para quienes de verdad amamos a nuestra alma mater, es motivo de pesadumbre ver cómo se la lleva a un estado inaudito de postración, sin que tenga quien la defienda, como si no tuviera dolientes. Siendo la más importante institución de educación superior del Estado, financiada por todos los colombianos, la pasividad e indiferencia del alto Gobierno hace más dolorosa la pesadumbre. La UN tiene como finalidad formar los mejores profesionales para beneficio del país, sin contaminarla con ingredientes políticos partidistas. Son 2 billones de pesos anuales (¡5.500 millones diarios!) los que invierte el erario para que cumpla su misión. Piénsese la suma fabulosa que se está derrochando en lo que va corrido del malhadado paro…
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