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Para Ignacio Mantilla, rector de la Universidad Nacional de Colombia, en El Espectador, “el inadecuado uso de los rankings podría entonces conducirnos a aceptarlos como meta y no como medio para mejorar la educación superior del país”. |
La semana pasada se conoció el resultado de uno de los más prestigiosos rankings universitarios, el QS World University Ranking, que cada año realiza la agencia inglesa Quacquarelli Symonds (QS).
La publicación registra la evaluación en 42 áreas diferentes, realizada a un grupo de casi 4.500 universidades en todo el mundo, y en cada una de las áreas clasifica las universidades “top”. La medición se basa principalmente en la reputación académica de las instituciones, así como en su prestigio con los empleadores y el impacto de sus investigaciones. El resultado, difundido ampliamente por los medios nacionales, destaca a la Universidad Nacional de Colombia en 16 áreas y a la Universidad de los Andes en 14 áreas como las instituciones colombianas mejor calificadas, reafirmando así un reciente resultado de esta misma agencia, según el cual estas dos universidades colombianas están en el grupo de las mejores 300 del mundo.
Resultados como el mencionado me llenan de satisfacción, por supuesto; mucho más cuando tengo sobre mis hombros la responsabilidad de dirigir la universidad que ocupa la mejor posición. En efecto, si simuláramos unos juegos como los olímpicos en los que cada uno de los rankings que clasifican a las universidades colombianas fuera una competencia deportiva que premiara a los mejores con medallas de oro, plata o bronce, la Universidad Nacional de Colombia sería la indiscutible campeona. Pero estos “trofeos” no deben desviarnos de nuestra misión y objetivos. Nos estimulan, y también nos deben invitar a reflexionar sobre el alcance, el impacto, los límites y muy especialmente el uso de los rankings universitarios.
Nadie pone en duda que los rankings tienen una significativa influencia para formar opinión sobre la calidad de las universidades, entre estudiantes, aspirantes, familias, empleadores y gobiernos. Sin embargo, como recientemente lo señaló el Dr. Francisco Marmolejo (coordinador Global de Educación Superior del Banco Mundial), la obsesión por los rankings es preocupante, especialmente por su eventual uso inadecuado con fines promocionales únicamente o, aún más grave, cuando se convierten en el principal motor de decisiones de política de los gobiernos y de las instituciones de educación superior. Señala que el uso de los rankings ha llevado, inclusive, a ligar el salario de las directivas de universidades con la posición de la institución en ellos.
No creo que exista ninguna institución colombiana de educación superior que se niegue a que se le mida y se le compare, pero los resultados de los rankings no deben ser el único sello de garantía de calidad. Eso sería aceptar que éstos ofrecen una medición integral y hasta exhaustiva del desempeño de las universidades, con lo cual se sustituirían entonces los procesos de evaluación de las instituciones a cargo de pares académicos, con fines de acreditación. Como consecuencia, convertiríamos en inocuas, por ejemplo, las valiosas recomendaciones que hacen los pares y que se incluyen en los planes de mejoramiento de los programas curriculares sometidos a evaluación externa. El inadecuado uso de los rankings podría entonces conducirnos a aceptarlos como meta y no como medio para mejorar la educación superior del país.
Por otra parte, el prestigio que han ganado algunos rankings diseñados para privilegiar el modelo de universidad anglosajona de investigación, crea condiciones de comparación desventajosas para universidades latinoamericanas, generadas por los sesgos en los indicadores de calidad. En el caso colombiano, el instrumento de medición MIDE (Modelo de Indicadores del Desempeño de la Educación), implementado el año pasado por el Ministerio de Educación Nacional intenta superar esta desventaja. Esencialmente, porque compara las universidades colombianas por grupos, de acuerdo a su complejidad, lo cual, a mi juicio, es acertado pues reconoce la diversidad institucional.
La mayoría de agencias productoras de rankings se han preocupado porque los resultados de sus mediciones se conviertan en temas noticiosos de interés relevante a nivel internacional. Los efectos mediáticos que generan en algunos países sustentan su existencia y algunos logran centrar la atención en los cambios de ubicación de las universidades en ediciones anuales del mismo ranking. La opinión pública recibe información sobre las universidades que le son familiares y se termina construyendo un juicio con sustento superficial sobre las instituciones.
Haciendo una comparación que he usado con alguna frecuencia, creo que la información que brindan los rankings es muy valiosa, pero es como la que diferencia a una radiografía de una fotografía. La radiografía (el ranking) es para el análisis del especialista y la fotografía para la observación de todo el mundo.
No todo, sin embargo, es malo. Como referencia y tabla de comparación, los rankings son útiles e importantes, pero tenemos que aprender a utilizarlos como fuentes de información y no como recursos de promoción. Sería ingenuo desconocer su impacto e importancia o predecir su desaparición en el futuro. Estoy convencido de que los rankings llegaron para quedarse.
Desde este punto de vista, estamos frente a una gran oportunidad que debe conducirnos a proponer mediciones más adecuadas y pertinentes para las universidades de América Latina y el Caribe que hoy están a la vanguardia en la producción de conocimientos que promueven la inclusión, la equidad, la justicia, la protección del medio ambiente, el desarrollo social y económico, el respeto por los derechos humanos y por la diversidad, y la resolución pacífica de los conflictos. No podemos supeditar estas responsabilidades, que apuntan directamente al bienestar de nuestras sociedades, a estrategias para tener un mejor desempeño en las clasificaciones jerárquicas de corte anglosajón. Por lo tanto, el impulso para la creación de un ranking latinoamericano que reconozca debidamente estos factores tiene hoy una importancia especial y un interés compartido con universidades de México, Brasil, Argentina y Chile. Más pronto que tarde debemos construir este instrumento para reconocer otras fortalezas en la calidad académica de universidades de la región.
Información de referencia: Los rankings y la calidad de las instituciones de educación superior, por Yezid Orlando Pérez Alemán
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