Rectores de Iberoamérica se comprometen a actuar ya en vez de esperar y prometer

Rectores de Iberoamérica se comprometen a actuar ya en vez de esperar y prometer

Oct 21/26 Ante las tensiones y desafíos que tiene hoy la universidad, decenas de rectores y directivos de IES colombianas y de la región hicieron este llamado en Medellín.

Fue en la IV Convención Iberoamericana de Rectoras, Rectores y Líderes Educativos, que reunió a voceros y asociaciones de IES para analizar lo que está sucediendo con la inteligencia artificial, las microcredenciales, los sistemas de aseguramiento de calidad, la virtualidad y la hibridez, el cambio en las expectativas sociales alrededor de la universidad,  y las nuevas dimensiones de la misión y gestión universitaria en un mundo que demanda un mayor protagonismo de las instituciones de educación superior.

Así quedó identificado en la llamada “Declaración de Medellín 2026:Vanguardia y transformación: un imperativo iberoamericano hacia la Universidad 2035”, leída conjuntamente por Tatiana Molina, de Unesco IESALC; Francesc Pedró · Presidente del Consejo del Centro de Pedagogías Universitarias UNESCO IESALC-UNAD; Olga Hernández Limón, de RIACES; Federico Morán Abad · Fundación madri+d; João Mattar Brasil, Presidente ABED– Asociación Brasilera de Educación a Distancia; Jeanette Tantaleán Rodríguez, por los rectores peruanos, y Jaime Alberto Leal Afanador, rector de la UNAD y presidente de ACESAD y AIESAD (foto).

El siguiente es el texto de la declaración (los resaltados son de El Observatorio de la Universidad Colombiana):

1) LA RESPONSABILIDAD HISTÓRICA DE TRANSFORMAR

El futuro de la humanidad no se decide únicamente en los avances de la ciencia y la tecnología, sino en el sentido ético, humano y social que la educación sea capaz de formar. Transformar la universidad es, ante todo, atrevernos a transformar el destino de nuestras sociedades.

Reunidos en Medellín, desde la pluralidad de voces de nuestros países, universidades, asociaciones y organizaciones, declaramos que Iberoamérica no puede resignarse a que el porvenir de su educación superior sea determinado por la inercia, la exclusión o la velocidad de los cambios tecnológicos. Nos convoca una responsabilidad histórica común, transformar la universidad para que contribuya, de manera decisiva, a transformar las realidades humanas, sociales y territoriales.

Hace casi un siglo se advertía que la tarea universitaria no podía agotarse en la formación profesional ni en la investigación científica: debía ofrecer a cada generación las ideas necesarias para comprender el mundo de su tiempo. Hoy, ante transformaciones que desafían nuestras formas de conocer, convivir y construir sociedad, esta reflexión adquiere una renovada urgencia. La universidad no puede limitarse a estar a la altura de su tiempo; debe desarrollar la conciencia crítica, el pensamiento sistémico y la capacidad colectiva para transformar las circunstancias de su época y abrir caminos hacia el porvenir.

No estamos ante una simple transición de herramientas. Vivimos una nueva etapa de la evolución humana que interpela el ser, el saber, el hacer, también el desaprender y, especialmente, los valores que orientan nuestras decisiones. La inteligencia artificial amplía posibilidades extraordinarias, pero ninguna innovación tendrá legitimidad si debilita la dignidad, el discernimiento ético, la solidaridad o la autonomía de las personas.

Por ello afirmamos que educar no es administrar asignaturas, acumular diplomas o perfeccionar indicadores. Es formar seres humanos capaces de pensar de forma critica, creativa y sistémica, convivir en la diversidad, crear conocimiento, ejercer ciudadanía, cuidar la vida y contribuir al bienestar y a la felicidad humana integral. El aprendizaje no puede desligarse de la formación axiológica ni de la responsabilidad con la sostenibilidad humana y la sustentabilidad planetaria, con los otros.

Interpelamos a las rectorías, a los Estados, a los sistemas de evaluación y a las organizaciones de cooperación: ¿qué paradigmas estamos dispuestos a transformar para que el derecho a aprender deje de depender del origen social, del territorio, de la edad o de la modalidad educativa? La Universidad 2035 se transforma cuando esta pregunta se convierte en decisión institucional e imperativo común.

2) REINVENTAR LA FORMACIÓN DOCENTE PARA REINVENTAR LA UNIVERSIDAD

Declaramos que ninguna universidad podrá liderar las transformaciones del futuro si no es capaz de transformar primero los roles de quienes hacen posible su misión educativa.

La Universidad 2035 exige superar los paradigmas tradicionales que conciben al docente como transmisor de contenidos, al estudiante como receptor de información y a los directivos como administradores de estructuras. Convocamos a una nueva comprensión de la comunidad universitaria, en la que el docente se consolide como intelectual transformador, investigador, mentor y mediador de los procesos de aprendizaje; el estudiante, como protagonista autónomo, crítico y creador de conocimiento; y los líderes universitarios, como gestores de oportunidades, innovaciones y transformaciones humanas y sociales.

Reconocemos que la inteligencia artificial transforma las rutas del aprendizaje, la investigación y la gestión del conocimiento, pero reafirmamos que ningún desarrollo tecnológico puede sustituir la responsabilidad ética, el discernimiento crítico, la sensibilidad humana y la capacidad transformadora del educador.

Desde Medellín proclamamos que no habrá una verdadera Universidad 2035 con roles educativos anclados en el pasado. Transformar la universidad significa transformar las maneras de pensar, de enseñar, de aprender, de liderar y de gestionar el conocimiento. Porque el futuro de la educación superior no depende solamente de las tecnologías que incorporemos, sino de las capacidades humanas que seamos capaces de desarrollar y potenciar.

Las reflexiones de la Convención nos convocan a superar la rigidez curricular, los modelos de evaluación centrados exclusivamente en productos y las prácticas pedagógicas que aún confunden la transmisión de información con la gestión del conocimiento. En este escenario, el docente debe consolidarse como faro de la innovación pedagógica y la investigación, líder de la transformación educativa y cultivador del pensamiento crítico, el diálogo de saberes, la creatividad y el bienestar humano integral, capaz de inspirar nuevas formas de aprender y transformar realidades.

Convocamos a nuestros países a convertir la evidencia pedagógica en política institucional; a comparar experiencias sin imponer uniformidades; y a valorar la formación docente por las oportunidades reales que abre a los estudiantes. La universidad del futuro no se define por cuánto automatiza, sino por cuánto fortalece la capacidad humana de aprender, comprender y transformar.

3) UNA CALIDAD QUE ABRA CAMINOS Y PRODUZCA CONFIANZA

Proclamamos que la calidad de la educación superior es un compromiso público con las personas y con la sociedad. Ese compromiso exige una evaluación rigurosa, sustentada en evidencias y orientada a la mejora continua, que reconozca las distintas misiones institucionales, los contextos y la diversidad de nuestras universidades. Su valor se expresa en la capacidad de transformar los procesos educativos y ampliar las oportunidades de las personas.

Desde RIACES, afirmamos que Iberoamérica necesita sistemas de aseguramiento de la calidad que protejan los derechos de los estudiantes y acompañen la innovación responsable. La educación presencial, abierta, a distancia, virtual e híbrida debe demostrar su calidad mediante criterios pertinentes para cada modalidad: la coherencia de su propuesta formativa, la preparación de sus docentes, el acompañamiento a los estudiantes y los aprendizajes alcanzados. La diversidad de formas de enseñar y aprender debe encontrar en la evaluación un marco de exigencia, reconocimiento y mejora.

Convocamos a examinar con rigor las microcredenciales, el reconocimiento de aprendizajes previos, las trayectorias flexibles y acumulables, y el uso de la inteligencia artificial en los procesos educativos y de evaluación. Su incorporación requiere evidencias verificables, transparencia, trazabilidad y responsabilidades claramente definidas. Reconocer nuevas formas de aprendizaje exige fortalecer nuestra capacidad para valorar lo que las personas saben y pueden hacer, así como las condiciones en que se forman.

Reafirmamos el valor de la cooperación entre agencias, redes e instituciones para compartir experiencias, fortalecer capacidades y construir confianza mutua. El aseguramiento de la calidad debe contribuir a que la transformación de la educación superior amplíe oportunidades, favorezca la inclusión y responda a las necesidades de nuestros territorios.

Que esta sea nuestra convicción compartida: la calidad debe abrir caminos a la transformación y ofrecer a la sociedad razones fundadas para confiar en ella.

4) DEL CONOCIMIENTO QUE SE PRODUCE AL CONOCIMIENTO QUE TRANSFORMA

Declaramos que la investigación, la innovación y la transferencia adquieren su mayor significado cuando dialogan con los desafíos de la humanidad y con las necesidades que las comunidades identifican en sus territorios. La universidad no puede considerar a las personas simples destinatarias de soluciones diseñadas a distancia: deben ser interlocutoras y participantes en la construcción del conocimiento.

Las experiencias en la convención nos convocan a unir capacidades científicas, interdisciplinariedad, innovación aplicada y apropiación social. La gestión del agua, la adaptación climática, la economía circular, la productividad sostenible y la justicia ambiental exigen respuestas en las que confluyan universidades, sociedad, sectores productivos y gobiernos.

También nos deja una enseñanza concreta: interpretar imágenes satelitales, indicadores geoespaciales y datos de riesgo tiene sentido cuando esa evidencia permite anticipar amenazas, priorizar poblaciones y decidir dónde actuar primero. La información no reemplaza la experiencia comunitaria; adquiere valor cuando dialoga con ella y orienta intervenciones pertinentes y verificables.

Convocamos a dejar atrás la fragmentación entre investigar, enseñar, innovar y transferir. No basta con saber más sobre los problemas: debemos construir mejores capacidades colectivas para resolverlos, sin sacrificar la libertad científica ni la búsqueda de conocimiento de largo plazo.

5) EL DERECHO A APRENDER SIN FRONTERAS NI EXCLUSIONES

Declaramos que el aprendizaje a lo largo de la vida no puede ser un privilegio reservado a unos pocos. La educación superior tiene el deber de conectar trayectorias educativas, abrir múltiples trayectorias de acceso, permanencia, progresión y reconocimiento de capacidades.

La educación abierta, a distancia, virtual e híbrida no constituye una modalidad de menor dignidad académica. Su potencial democratizador exige diseño pedagógico, acompañamiento humano, accesibilidad y calidad demostrable. Superar las falsas disputas entre modalidades es una condición para que Iberoamérica pueda responder con pertinencia, cobertura y calidad, a poblaciones históricamente excluidas.

Las dinámicas de la convención mostraron el interés por la inteligencia artificial para la educación, los espacios híbridos, las capacidades docentes y las microcredenciales. Estos aportes nos invitan a reconocer aprendizajes demostrables mediante evidencias auténticas, sin reducir la certificación a la asistencia ni fragmentar la formación integral.

Que ninguna universidad se declare abierta mientras sus reglas impidan regresar a aprender a quienes más lo necesitan. La flexibilidad no es renunciar al rigor: es poner el rigor al servicio de oportunidades reales.

6) TERRITORIOS CON VOZ, INCLUSIÓN CON RESULTADOS

Declaramos que la sostenibilidad humana y la sustentabilidad planetaria no pueden quedar relegadas a capítulos de los planes de desarrollo. Deben orientar la formación, la investigación, la gestión institucional y la relación de las universidades con sus comunidades.

La transformación territorial y la inclusión evidencian que la gobernanza participativa, la apropiación social y el fortalecimiento productivo son inseparables de la equidad. Las mujeres cuidadoras, los pequeños productores, las comunidades rurales, la población migrante y los grupos vulnerables no pueden aparecer solo en diagnósticos: deben tener voz en las decisiones y oportunidades concretas de autonomía y bienestar.

La prevención de inundaciones, sequías, deforestación y otros riesgos, requiere datos confiables, saberes locales, coordinación de actores y capacidad de anticipación. La pertinencia se demuestra cuando la universidad escucha, prioriza y actúa con las comunidades, y cuando los resultados pueden comprobarse y mejorarse.

Convocamos a una cooperación entre países que no se agote en ceremonias o declaraciones de intención. La verdadera internacionalización no consiste en multiplicar vínculos institucionales, sino en compartir capacidades para enfrentar desafíos comunes respetando la diversidad de los territorios.

7) PROCLAMACIÓN DE MEDELLÍN: OCHO DECISIONES PARA EL 2035

Desde esta IV Convención Iberoamericana de Rectoras, Rectores y Líderes Educativos, convocamos a los Estados, gobiernos, instituciones de educación superior y de otros niveles de la educación, organismos de aseguramiento de la calidad, asociaciones y organizaciones académicas de Iberoamérica, para que asumamos entre todos un compromiso histórico e inaplazable de transformación de los paradigmas educativos, sustentado en la voluntad política, en el liderazgo ético, en la autonomía universitaria, en la cooperación solidaria, en la generación de impactos verificables y en todo lo que implican las nuevas métricas que determinen qe contribuimos al desarrollo humano, social y territorial.

Reconocemos que la Universidad 2035 no puede construirse mediante la simple modernización de estructuras, la incorporación instrumental de tecnologías o la reproducción de modelos educativos que ya han agotado su capacidad de respuesta. Su construcción y renovación exige una profunda resignificación de la misión universitaria, y la visión, todos sus actores, todas sus prácticas pedagógicas asumen la responsabilidad del humanismo frente a los desafíos de una humanidad que se nos está yendo entre las manos.

La universidad debe transformar radicalmente sus formas, sus estructuras, sin olvidar la trascendencia de sus principios y de sus fines. La Universidad debe superar estructuras rígidas, barreras geográficas, temporales y económicas, y avanzar hacia modelos educativos abiertos, flexibles, inclusivos y pertinentes, que no desconozcan la misionalidad de cada quien y de cada institución y que reconozcan la diversidad de modalidades, los aprendizajes previos, las trayectorias formativas y en las nuevas formas de construcción y certificación del conocimiento.

Reafirmamos que la educación superior debe dejar de ser un privilegio para unos pocos y debe de estar condicionada por las circunstancias que no atañen a las personas sino a otros tipos de intereses, para consolidarse como una oportunidad real de transformación de sus vidas, de territorios y de comunidades. Debe volver a convocar a la familia, cualquiera sea su expresión. Por ello, convocamos a los Estados a fortalecer la inversión social, para que la educación pueda promover políticas donde lo público y lo privado se reencuentren en sistemas de aseguramiento no solamente de calidad sino de calidez humana, donde la innovación, la inclusión, la equidad y la democratización del conocimiento sean el soporte más allá de las tecnologías disruptivas.

La revolución tecnológica y la inteligencia artificial nos desafían a una universidad que debe preservar la esencia, la esencia en los valores, en la moral y en la ética. No se trata de construir universidades cada vez más tecnológicas. Se trata de construir y de retornar a universidades cada vez más humanas. Debemos procurar ser instituciones capaces de convertir el conocimiento, la innovación y la cooperación en mayores oportunidades, bienestar y sostenibilidad humana y planetaria, y garantizar la sustentabilidad de los demás seres vivos que hacen parte de nuestros ecosistemas.

Declaramos, finalmente, que el desafío no consiste simplemente en adaptar las universidades al futuro, sino en transformar la educación para construir un futuro diferente para la humanidad. Y bajo esa perspectiva entender la diversidad de la humanidad, de las idiosincrasias y de las culturas. Porque la verdadera trascendencia de la universidad no está en conservar el pasado, sino en comprender los retos de la construcción del futuro. Un futuro que la hará posible con capacidades de evolucionar, de transformarse ella misma para transformar realidades y sobre todo para transformar hombres y mujeres para el bien de las sociedades, cada día más justas, más incluyentes y más sostenibles.

En consecuencia, proclamamos ocho compromisos estratégicos:

PRIMERO. HUMANIZAR LA TRANSFORMACIÓN UNIVERSITARIA. Reafirmar la dignidad humana, la formación axiológica, el pensamiento sistémico, la conciencia ética y el desarrollo integral del ser como fundamentos irrenunciables de la educación superior, reconociendo que el conocimiento solo adquiere su más alto sentido cuando contribuye al bienestar, la felicidad humana integral y la construcción de sociedades más justas, solidarias y sostenibles.

SEGUNDO. RESIGNIFICAR LOS ROLES DE LOS ACTORES EDUCATIVOS. Impulsar una transformación profunda de los roles del docente, el estudiante y los líderes universitarios, reconociendo al educador como intelectual transformador, investigador, innovador y mediador pedagógico; al estudiante como sujeto autónomo, crítico y protagonista de su aprendizaje; y a los directivos como líderes capaces de movilizar capacidades institucionales para la innovación y la transformación social. Superar las prácticas centradas en la transmisión de información y avanzar hacia ecosistemas educativos que privilegien la construcción colectiva del conocimiento, la investigación, la creatividad y la evaluación de los impactos reales en los procesos de aprendizaje. 

TERCERO. TRANSFORMAR LOS PARADIGMAS DEL ASEGURAMIENTO DE LA CALIDAD. Promover una nueva comprensión de la calidad de la educación superior, sustentada en el rigor académico, la pertinencia, la autorregulación, el mejoramiento continuo y la generación de valor público. Convocar a los sistemas nacionales y regionales de evaluación a reconocer la diversidad de modelos institucionales, la neutralidad frente a las modalidades educativas y la flexibilidad de las trayectorias formativas, superando visiones homogeneizadoras que puedan limitar la innovación y la democratización del conocimiento. La calidad debe legitimarse no solamente por las condiciones que se verifican, sino también por las transformaciones humanas, educativas y territoriales que se evidencian.

CUARTO. CONVERTIR EL CONOCIMIENTO EN CAPACIDAD TRANSFORMADORA DE LOS TERRITORIOS. Resignificar la investigación, la innovación y la transferencia como procesos de construcción colectiva de soluciones, articulados con las necesidades, potencialidades y saberes de las comunidades, los contextos y los sectores. Promover la convergencia interdisciplinaria, la apropiación social del conocimiento y la articulación entre academia, Estado, sectores productivos y sociedad, de manera que los resultados científicos y tecnológicos contribuyan efectivamente a superar problemas estructurales, fortalecer capacidades locales y generar impactos sostenibles. La investigación universitaria debe trascender la producción de conocimiento para demostrar su capacidad de transformar realidades y coadyuvar en soluciones a las necesidades sentidas de estas. 

QUINTO. DEMOCRATIZAR EL CONOCIMIENTO Y GARANTIZAR EL APRENDIZAJE A LO LARGO DE LA VIDA. Reconocer la educación abierta, a distancia, virtual, híbrida y las diversas mediaciones tecnopedagógicas como expresiones legítimas de inclusión, flexibilidad e innovación educativa. Impulsar trayectorias formativas pertinentes, progresivas y articuladas, que permitan el reconocimiento de aprendizajes previos, capacidades demostrables, microcredenciales, ultrapersonalización del aprendizaje y nuevas formas de certificación, bajo criterios transparentes de calidad e inclusión. Ninguna persona debería encontrar barreras insuperables para acceder al conocimiento y transformar su proyecto de vida. 

SEXTO. ASUMIR LA GOBERNANZA ÉTICA Y HUMANISTA DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL. Orientar la incorporación de la inteligencia artificial y de las tecnologías emergentes hacia el fortalecimiento de las capacidades humanas, el pensamiento crítico, la investigación y la transformación de los procesos de aprendizaje. Promover marcos de gobernanza que garanticen transparencia, protección de datos, equidad algorítmica, responsabilidad institucional, soberanía cognitiva y supervisión humana en las decisiones de alto impacto. La inteligencia artificial debe constituirse en una oportunidad tecnopedagógica para potenciar el desarrollo humano y nunca en un mecanismo que sustituya la conciencia ética, el discernimiento o la responsabilidad de las personas.

SÉPTIMO. HACER DE LA SOSTENIBILIDAD HUMANA Y LA SUSTENTABILIDAD PLANETARIA UNA RESPONSABILIDAD UNIVERSITARIA INELUDIBLE. Integrar la inclusión social, la justicia territorial, la diversidad cultural, la protección de los ecosistemas y el desarrollo productivo sostenible como dimensiones inseparables de la misión universitaria. Fortalecer la participación efectiva de las comunidades en la identificación de sus desafíos y en la construcción de respuestas pertinentes, reconociendo que la transformación territorial debe expresarse en oportunidades reales, reducción de desigualdades, capacidades instaladas y beneficios sociales y ambientales verificables. 

OCTAVO. TRANSFORMAR LA COOPERACIÓN IBEROAMERICANA EN UNA FUERZA EFECTIVA DE CAMBIO. Superar las dinámicas de cooperación limitadas a declaraciones de intención, intercambios protocolarios y acuerdos sin resultados demostrables. Convocar a las instituciones, asociaciones, organismos internacionales y sistemas educativos a articular sus capacidades académicas, científicas, tecnológicas y humanas alrededor de desafíos compartidos, mediante prioridades estratégicas, responsabilidades concertadas, evidencias de avance y mecanismos de seguimiento, en pleno respeto de la autonomía universitaria y de las particularidades de cada país.

Proclamamos, finalmente, que la verdadera transformación de la educación superior iberoamericana no se medirá por la cantidad de tecnologías incorporadas, programas ofertados, convenios suscritos o declaraciones proclamadas, sino por su capacidad de dignificar la existencia humana, democratizar las oportunidades, transformar los territorios y contribuir a la construcción de un futuro sostenible.

Desde Medellín hacemos un llamado a los países de Iberoamérica: no basta con preparar nuestras universidades para el futuro; tenemos la responsabilidad histórica de convertirlas en protagonistas de su construcción.

Porque la Universidad 2035 no será simplemente una universidad diferente. Deberá ser una universidad capaz de hacer posible una sociedad diferente.

No proponemos una universidad sometida a las modas del presente. Proclamamos una universidad capaz de anticipar el futuro sin renunciar a su esencia humanista; capaz de innovar sin excluir, de evaluar sin uniformar, de internacionalizar sin desarraigar y de transformar sin perder el sentido ético de sus decisiones.

Que los países aquí representados escuchen este llamado: la educación superior no puede seguir siendo una promesa de movilidad para unos pocos mientras millones de personas encuentran cerradas las puertas del conocimiento. Que los organismos de calidad asuman el desafío de acompañar nuevos caminos con rigor. Que las rectorías conviertan sus discursos en decisiones. Que la cooperación sea juzgada por las vidas y los territorios que contribuye a transformar.

Que este momento histórico, la declaración de Medellín, no sea recordada como el lugar donde Iberoamérica habló del futuro de la educación superior, sino como el lugar donde decidió asumir su responsabilidad de transformarlo.

Medellín, Colombia · 16 de octubre de 2026

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