Los investigadores María José Álvarez Rivadulla, de Uniandes, y Javier Corredor, de la Nacional de Colombia, publicaron en el último número de la Revista de Educación Superior de América Latina ESAL, el artículo “El elefante en el cuarto: Desigualdades de clase en la educación superior en Colombia”, en donde invitan al sistema a reconocer la diferencia de clases y condiciones de sus estudiantes.
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“Siempre he percibido que Colombia es un país muy injusto y esta clase me ayudó a identificar por qué. También entendí que yo no tengo la culpa de no tener la misma calidad académica de muchos de mis compañeros, lo que me hacía sentir muy culpable por no estar dando lo suficiente. Entendí que por distintos factores no he podido ir al mismo ritmo de mis compañeros”. Esto decía uno de los estudiantes del curso “Colombia, país de desigualdades: clase, raza y género” de este año. En contraste, otros de sus compañeros dijeron: “El mayor aprendizaje fue salir de mi burbuja” o “reconocer mis privilegios”. Y es que allí hablamos del elefante en el cuarto, una expresión que se usa en inglés para referirse a algo que todos saben que está allí, pero nadie se atreve a mencionar. Revista de Educación Superior en América LatinaAcceso y equidad.
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La educación superior en Colombia, como en el mundo, se ha masificado y diversificado en las últimas dos décadas, pero las desigualdades de base hacen que no todos los estudiantes que entran a la universidad tengan la misma probabilidad de egresar, ni de expresar las dificultades que enfrentan tanto en términos académicos como de adaptación social. Esto es así porque los ambientes institucionales de las universidades de élite no han sido pensados mayoritariamente para ellos. Al parecer, premian la meritocracia y el esfuerzo, pero rara vez se cuestionan realmente por las inequidades de base que las hacen posibles. En este artículo sostenemos, basados en nuestros trabajos de investigación en Colombia y en la literatura internacional, que hablar de clase (social) en el salón de clase y en otros ambientes universitarios permite normalizar y valorar las experiencias de los estudiantes de primera generación y contribuye a generar instituciones más incluyentes.
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Instituciones diversas pero desiguales
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En las últimas dos décadas hemos sido testigos de iniciativas para aumentar la diversidad socioeconómica de la educación superior. Estas iniciativas incluyen programas de becas privadas y públicas para promover el acceso de estudiantes de bajos recursos a universidades privadas de élite. Sin embargo, las desigualdades persisten. Los estudiantes de bajos recursos tienen acceso a una educación básica y media de peor calidad, entre otros factores, y, por tanto, sus tasas de graduación son menores que las de estudiantes de otros estratos.
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También han sido años donde se habla más de la diversidad, sobre todo de género y opción sexual. Cada vez hay más grupos de estudiantes que sensibilizan a toda la comunidad académica sobre el reconocimiento de la diversidad sexual y denuncian el acoso a esta y otras diversidades. Desde las universidades se han creado protoco-los de atención a estas fuentes de diversidad y, en general, hay más sensibilidad a las formas de hablar y hacer sobre estos temas, aunque falte muchísimo para generar instituciones realmente incluyentes y sin violencias de género. En países como Estados Unidos y Brasil, se ha avanzado mucho en temas de diversidad racial. Sin embargo, la desigualdad de clase, a veces intersectada con las otras desigualdades, la racial claramente, permanece como el elefante en el cuarto. En algunos casos, además, existe un castigo explícito cuando se intenta hablar de desigualdad de clase, que se esconde bajo la asignación de etiquetas cómo “resentido” o “radical”.
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Las instituciones de educación superior, asumen saberes previos y raramente reco-nocen diversidad en el capital cultural de crianza y educación formal de sus estudiantes. Esto incluye desde dar por sentados conocimientos previos como el inglés, hasta cuestiones más sutiles como valorar formas de llevarse a sí mismo u opinar en clase y pedir ayuda; formas que sirven a los profesores para clasificar a los estudiantes en “juiciosos” o “interesados” versus “vagos” o “no interesados”. Estos supuestos de base amplifican las desigualdades porque favorecen implícitamente a estudiantes provenientes de ambientes privilegiados que ya tienen los conocimientos y están habituados a las formas que se prefieren en estos ambientes.
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Los costos de la movilidad
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En nuestros análisis académicos previos sobre Ser Pilo Paga, un programa de créditos condonables del gobierno colombiano (1), hemos podido ver los efectos negativos de no tener las conversaciones que aquí proponemos. En dichas investigaciones hemos hablado de los costos sociales, económicos y psicológicos que muchos estudiantes becados tuvieron que sortear para integrarse académica y socialmente en las universidades. Con ellos nos referimos por ejemplo a las exigencias académicas, al miedo a la discriminación, a las dificultades para hacer amigos, sobre todo de clases sociales más altas, a las desigualdades económicas a la hora de decidir dónde almorzar, a las distancias geográficas en una ciudad segregada, a aprender el currículum oculto de la universidad, etc. Estos costos, por lo general invisibles y experimentados en soledad, son una barrera adicional para la verdadera integración a la educación superior.
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Como se ha visto en investigaciones en otros contextos, estos costos pueden afectar el rendimiento académico y por tanto entorpecer la finalización de la universidad y, eventualmente, la movilidad social de los estudiantes. Estos costos son más altos en universidades de élite, en las cuales tiende a existir una menor heterogeneidad en los antecedentes socioeconómicos de los estudiantes, que, en universidades más heterogéneas, donde los estudiantes becados sienten que comparten experiencias y destinos con otros estudiantes similares, y en las que sienten que no deben camuflarse para pertenecer a una institución cuyas expectativas identifican como de clase media o alta.
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Los estudiantes becados o de primera generación, por otra parte, no son homogéneos. Traen distintas experiencias de crianza y educación media. En nuestros trabajos pudimos ver variaciones interesantes entre los estudiantes becados, según sus experiencias educativas previas y según el capital cultural y económico de sus familias. Reconocer esta diversidad es también parte de la conversación sobre clase y desigualdad que —proponemos— hace falta entre estudiantes, profesores y administrativos de nuestras universidades.
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La necesidad de hablar de clase social
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La implicación general de lo que hemos discutido en este texto, es que conversar sobre desigualdad de clase puede mejorar la experiencia de los estudiantes becados por varias razones. Primero, esta conversación puede permitir a los estudiantes de bajos recursos sentirse reconocidos y valorados en las instituciones. Segundo, puede romper tabúes asociados a la reivindicación del origen y al reconocimiento de la desigualdad estructural que caracteriza nuestra sociedad. Tercero, este tipo de conversación puede hacer conscientes a los estudiantes —y profesores— de clase media y alta de los privilegios de los que han sido objeto y de las formas en que estos los han favorecido.
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Sumado a lo anterior parece ser necesario seguir acompañado transformaciones institucionales, como las que realizaron muchas universidades colombianas para atender a la diversidad de Ser Pilo Paga y otros programas de becas. Necesitamos aprender de esas transformaciones y extenderlas a otras instituciones y otras áreas de estas. Además, necesitamos que este tipo de intervenciones vayan más allá de un asistencialismo condescendiente y se enfoquen en una reflexión y un reconocimiento claro de las desigualdades y sus efectos sobre la vida de los estudiantes. Más aún, necesitamos mejorar la formación en diversidad de profesores y administrativos. Que el “yo no quiero saber quién es becado y quién no. Para mí todos los estudiantes son iguales”, que nos dijo un profesor participante en un seminario, cambie por un “los estudiantes tienen trayectorias desiguales y necesito dar a cada estudiante lo necesario para florecer en esta clase y en esta carrera”.
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(1) Ser Pilo Paga fue un intento por revertir la desigualdad educativa para un grupo de estudiantes desfavorecidos excepcionales que, a pesar de sus dificultades socioeconómicas, lograron un desempeño sobresaliente en la prueba de Estado Saber 11. Durante cuatro años, entre 2014 y 2018, 10 mil beneficiarios recibieron un subsidio para ingresar a la institución de educación superior acreditada de su elección, por la duración de sus estudios. El subsidio incluía tasas de matrícula y un estipendio, y era condonable siempre que el estudiante se graduara. Para calificar, los estudiantes tenían que cumplir con tres requisitos. Primero, necesitaban una puntuación excepcionalmente alta en el Saber 11 (decil superior); en segundo lugar, su hogar debía ser categorizado como extremadamente pobre de acuerdo con una encuesta estatal utilizada para focalizar la política social (SISBEN); y, finalmente, debían ser admitidos por el programa al que postularon en una institución de educación superior acreditada. Según la primera evaluación del programa, un año después (en 2016), la posibilidad de que los jóvenes elegibles accedan a instituciones de educación superior de alta calidad aumentó en 46,1 puntos porcentuales. La mayoría de los estudiantes eligieron universidades privadas, principalmente por la percepción de prestigio de las instituciones o porque no aprobaron el examen de ingreso a las instituciones públicas.
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