Rol de las universidades regionales en la pandemia: Bibiana Vélez – junio/20

Bibiana Vélez Medina es la vicerrectora académica de la U. La Gran Colombia, en Armenia, y analiza, en el medio “Sucesos y Opiniones” cómo las universidades regionales han enfrentado con fortuna la pandemia.

Lejos de creer que la educación es un “negocio”, tal como algunos estudiantes afirman para exigir descuentos desproporcionados en las matrículas del segundo semestre, las universidades regionales en Colombia han jugado un papel social fundamental en medio de la pandemia. Vale la pena hacer una revisión a lo sucedido en los tres últimos meses, para reivindicar su importancia y ratificar el valor de la educación superior en medio de las crisis.

Las universidades regionales no solo han tenido que adaptarse de manera abrupta a las situaciones inesperadas que surgieron a raíz del confinamiento, sino que, además, sus actuaciones acertadas han permitido disminuir los impactos sociales, culturales, emocionales y económicos en los contextos locales en que operan, los cuales hubieran podido desbordarse como consecuencia de la actual contingencia. Muchas son las críticas que han recibido las universidades durante los últimos años: los cuestionamientos de diversos gremios no han cesado frente al papel que deben desempeñar las instituciones educativas y las exigencias cada vez se incrementan en cuanto a calidad, cobertura, eficiencia y pertinencia. Sin embargo, en medio de la pandemia se ha puesto de relieve un sistema educativo regional capaz de responder a crisis impensadas y a los desafíos mundiales más complejos.

En términos generales, las universidades regionales del país, aquellas que reciben menos recursos y poca atención del Estado, han logrado demostrar su importancia en la formación intelectual de los jóvenes que viven en ciudades intermedias y pequeñas, la velocidad para adaptarse a los retos tecnológicos y la capacidad para influir de manera positiva en el entorno.

En primer lugar, en medio del confinamiento, las universidades no han dejado de cumplir su tarea de contribuir al desarrollo intelectual y profesional de las regiones de Colombia. Si bien es cierto, aún los niveles distan de los ránkings internacionales, en la práctica concreta, las universidades regionales hacen un esfuerzo enorme por disminuir brechas de formación que serían mucho más grandes, si no existiera la oferta de programas académicos de alta calidad en los diversos departamentos del país.

Aún en medio de la cuarentena mundial, los procesos formativos a estudiantes continuaron de manera ininterrumpida en la mayoría de los casos. Los profesores se adaptaron rápidamente a las demandas tecnológicas y las universidades incrementaron sus esfuerzos para no afectar la calidad educativa. Por supuesto, las diferentes estrategias que han implementado son efectivas gracias al compromiso de los profesores, quienes aumentaron los esfuerzos por lograr aprendizajes. Este es sin duda, un aporte real al desarrollo intelectual del país en medio de la pandemia. Si las universidades regionales fueran débiles, con seguridad hubieran tenido que suspender actividades,  pero no lo hicieron. Vale la pena mencionar que la Universidad La Gran Colombia no ha escatimado esfuerzos para garantizar la alta calidad en todo el proceso de formación a estudiantes y ha dado respuesta integral a esta situación disruptiva para permitir la continuidad de los procesos, tal como lo propone la Unesco y su Instituto Internacional para la Educación Superior en América Latina y el Caribe (Iesalc).

En nuestro caso, los docentes no solo orientaron la totalidad de sus clases a través de herramientas virtuales cumpliendo los horarios y tiempos establecidos en la presencialidad, sino que se multiplicaron las jornadas de tutoría y asesoría académica para garantizar el logro de las competencias y el desarrollo óptimo de la totalidad de contenidos previstos. Así mismo, la totalidad de profesores se capacitó cada semana, en pedagogía virtual, herramientas didácticas y estrategias de evaluación mediadas por tecnologías. Se creó una red ampliada de asesores estudiantiles; un fondo de solidaridad para apoyar con recursos para alimentación y conectividad a los estudiantes más necesitados; se prestaron computadores para trabajo en casa; se han realizado consultas médicas y psicológicas en línea, para estudiantes y sus familias; así como diversos seminarios web (webinars) gratuitos para procurar el bienestar y la educación continua a toda la comunidad.

La Universidad ha dispuesto una serie de instancias y dependencias que están dando soporte permanente (24/7) al desarrollo de la formación remota. En segundo lugar, las universidades han sido un escenario privilegiado para la socialización en medio del encierro, tal vez el único para muchos jóvenes. La educación ha dado sentido de vida, motivación y salud mental a miles de estudiantes que logran dedicar gran parte de su día confinados, a cumplir con su proyecto de ser profesionales. De no ser por los espacios de interacción social (y catarsis) que se viven en las aulas virtuales, tal vez los niveles de consumo de sustancias psicoactivas, depresión o desobediencia a las restricciones de movilidad, se hubieran incrementado.

En tercer lugar, las universidades regionales son una fuente muy importante de empleo para profesionales altamente cualificados en las regiones. Ante el bajo desarrollo industrial de algunos departamentos, como el caso del Quindío, que además tiene los más altos índices de desempleo en Colombia, las universidades son una de las pocas organizaciones que privilegian la vinculación laboral de profesionales con títulos de maestría y doctorado. En medio de la pandemia, los profesores han seguido vinculados con todas las prestaciones sociales y garantías laborales. En nuestro caso, incluso, los pagos se han realizado de manera anticipada y la universidad está haciendo todos los esfuerzos para lograr reducir al máximo la deserción prevista para el próximo semestre, de tal manera que esto no repercuta en la disminución del número de profesores requeridos. Por tal razón, en el caso de universidades privadas regionales, que además de los esfuerzos económicos por mantener una planta docente de alta calidad, hacen continua inversión en planta física, laboratorios y medios educativos, y además, operan bajo un principio de solidaridad que se traduce en bajos costos históricos de matrícula, como el caso nuestro, resultan desmedidas algunas peticiones de reducción de precios que hacen unos cuantos estudiantes.

Finalmente, las universidades regionales han cumplido una tarea fundamental en el despertar de la conciencia ambiental, ética y espiritual durante estos meses de confinamiento. Sin lugar a dudas, este tiempo de crisis mundial significará una ruptura definitiva de la forma en que la humanidad ha comprendido la existencia. Muchos afirman que se trata de la verdadera entrada al siglo XXI, aquel que se percata del desgastado andamiaje sobre el que se han construido las prioridades de los hombres, y en el cual empezamos a ser conscientes del valor de los bienes inmateriales, de la necesidad del otro y de la ética social. Pero además, esta gran crisis mundial implica el repensar de todas las disciplinas y ciencias para redefinir sus fines y fundamentos. En este sentido, solo la educación es capaz de movilizar las certezas y tradiciones para fundar otro tipo de sociedad y para promover un conocimiento más conectado con los desafíos del contexto.

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