Sept/25 Vélez Medina, rectora de la Universidad La Gran Colombia en Armenia, cuestiona la desatención en la calidad que sufre la actual educación superior. Tomado de La Crónica del Quindío.
La educación superior en Colombia atraviesa una paradoja peligrosa: mientras las estadísticas de cobertura se celebran como el máximo logro del sistema, el debate por la alta calidad ha caído en el descuido.
El sistema actual, obsesionado con llenar cupos, se ha despreocupado de lo esencial: formar profesionales con excelencia, espíritu crítico y capacidad real de transformar el país. No se trata de un debate académico, sino de una crisis silenciosa que compromete el futuro de las nuevas generaciones.
La calidad universitaria no debe ser un “lujo” de unas cuantas instituciones comprometidas. Si no se eleva el discurso a una exigencia transversal, muchas aprovecharán el impulso por ampliar la cobertura, sacrificando calidad, organización, rigor y responsabilidad social. Por ejemplo, en días pasados, presenciamos el sospechoso título universitario, otorgado sin los mínimos requisitos, para favorecer el nombramiento de una alta funcionaria del gobierno.
La calidad educativa constituye un ecosistema complejo que demanda currículos pertinentes, profesores de alto nivel, infraestructura adecuada, tecnología de vanguardia, investigación sólida, servicios de bienestar integrales, programas de extensión social y vínculos globales. No obstante, en Colombia la acreditación de alta calidad parece haber sido relegada a un segundo plano. Al ser voluntaria, exigente y costosa, numerosas instituciones la consideran un trámite innecesario. Prueba de ello es que apenas el 30% de las instituciones de educación superior cuenta con esta certificación, y de estas, más del 80% son universidades. Esta desproporción evidencia la profunda brecha en calidad que enfrentan las instituciones universitarias, técnicas y tecnológicas. Recordemos que en el país solo 86 son universidades legalmente autorizadas, frente a más de 200 instituciones (universitarias, técnicas y tecnológicas), con el agravante que algunas se autodenominan “universidad”, sin serlo y generando falsas expectativas en los estudiantes.
La acreditación no es un trámite burocrático, es la garantía de que una institución cumple con lo que promete, genera valor agregado y mejora de forma continua. Sin embargo, el problema es estructural: mientras el discurso oficial se reduce a la apertura masiva de cupos, las consecuencias son palpables. Si bien, la gratuidad ha incrementado las matrículas de primer semestre, la deserción y el abandono escolar siguen en aumento.
Por tanto, llenar aulas sin fortalecer la pertinencia y la rigurosidad de los programas es condenar a una generación a carreras mediocres y a títulos que no garantizan movilidad social. Instituciones como la Universidad La Gran Colombia son conscientes que invertir en calidad es muy demandante. Pero es la única forma de que un diploma universitario signifique verdadero desarrollo personal y colectivo.
Si el Estado insiste en medir el éxito por el número de matriculados, las instituciones colombianas terminarán como fábricas de diplomas sin valor, y el país, como productor de profesionales que no estarán a la altura de las demandas del mundo. La cobertura suma, sí. Pero, solo la calidad transforma.
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