El columnista Oscar Sánchez, de El Nuevo Día, de Ibagué, analiza impactos de la re-elección de Jesús Ramón Rivera Bulla en la Universidad del Tolima y su impacto sobre el manejo político y la gobernabilidad.
Sobre la elección del rector de la Universidad del Tolima debería interesarnos si con ese proceso se fortaleció la autonomía universitaria y si el conocimiento ganó peso como factor del desarrollo regional.
Averiguar qué sector político se quedó con un fortín de poder y un presupuesto jugoso es menos importante. Opino telegráficamente sobre estos temas de cocina. Uno, no es un problema, más bien un acierto, que Jesús Ramón Rivera permanezca como rector, porque su gestión ha favorecido a la universidad. Todo el mundo reconoce que ha respetado el pluralismo ideológico y ha mejorado la infraestructura. Además, aunque hubiera mejores candidatos, no se presentaron. Dos, el gobierno nacional quiere reelegir a todos los rectores del país con desempeños entre aceptables y buenos, para facilitar su gobernabilidad en el tema universitario, y porque eso le ayuda a la propia idea reeleccionista del presidente. Hernán Andrade (personaje que se sale con la suya porque sus opositores políticos le siguen el juego de odios), no fue determinante en la decisión. Y tres, efectivamente la elección estaba politizada como el gobernador dice, pero la única diferencia entre su actuación y las de los demás interesados es que él erró la apuesta y perdió. Sus alegatos pierden peso cuando pretende presentar sus gestiones como de interés general y descalificar las de los demás actores políticos por pura obsesión de poder.
Porque no ganó.
El problema, más que la politización del debate, es su no politización en el sentido apropiado. La autonomía universitaria, idea esencialmente política, propone que las autoridades de las universidades, en lugar de ser designadas por los gobiernos, como antes de 1991, sean elegidas en un proceso de discusión sobre el rol del conocimiento en la sociedad específica donde cada universidad se mueve. Y que participe en el proceso toda la ciudadanía, liderada por sus estudiantes y sus profesores.
En esa lógica, durante la campaña académicos comprometidos con un Tolima más ilustrado y justo, deberían haber juntado a los dirigentes sociales de base y a los cacaos políticos y económicos con la comunidad universitaria, para decidir qué rector convenía. La escena de unos candidatos suplicando votos en los despachos públicos y en los directorios políticos es todo lo opuesto a la autonomía. Las opiniones menos escuchadas por el gobierno nacional, por el gobernador y por los candidatos mismos, fueron las de la comunidad académica y las de la gente del común.
Algunos críticos del rector Rivera, la Universidad del Tolima debe poner más la ciencia y la tecnología al servicio de los problemas centrales del departamento y propiciar más debates sociales, culturales, económicos y ambientales. Estoy de acuerdo. También comparto que mayor cobertura, sostenibilidad financiera, modalidades de acceso remoto a la educación superior y otros medios necesarios, no deben convertirse en el fin de la universidad. Un centro de producción y divulgación de conocimiento existe para la excelencia académica. Aunque ahora hay más internacionalización, se han creado nuevas unidades académicas y se ha promovido la incorporación transparente de nuevos profesores calificados y comprometidos, falta investigación, y en nuestra universidad insignia el liderazgo intelectual suele tener menos peso que la eficiencia cortoplacista o el equilibrio entre micropoderes.
Un llamado. Gobernador, un gesto de humildad. Rector, su legitimidad no está en duda, pero hay que abrirse al conjunto de la sociedad. Sector privado, sociedad civil tolimense, apostemos por nuestra universidad pública. Necesitamos que esta región se piense a sí misma de manera racional y razonable, con el liderazgo de nuestra gente más estudiosa. Para eso tenemos universidad pública.
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