Supermercados de programas

Junio 2007 / Jorge Yarce

Los datos oficiales indican que hay cerca de doce mil programas activos  en las más de 300 instituciones de educación superior existentes. La cifra de por sí es escandalosa y si añadimos que de ellos escasamente se llega a los quinientos con acreditación certificación de calidad la situación se torna alarmante. Y además, casi 2.500 inactivos.

Esto es consecuencia de la proliferación de las fábricas de títulos y de las universidades de garaje.

 

Además, es consecuencia también de la voracidad de algunas universidades de ampliar la oferta sin tener en cuenta para nada las necesidades reales del mercado, es decir, los recursos humanos calificados que el país requiere en cada campo de la actividad.

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Los estudios a este respecto son escasos pero las universidades tampoco se preocupan por ello. Lo que determina si un programa se abre no es sólo la posible demanda existente sino la rentabilidad que puede ofrecer a la institución, en relación con otros que no son tan rentables o que se han cerrado o se han venido a menos con el paso del tiempo aunque que conviene tenerlos por imagen. En ningún momento se plantea seriamente su pertinencia, ni siquiera su conveniencia a la luz del número de egresados en esa carrera y de los datos disponibles sobre dificultad del empleo para ellos en la ciudad o región. No proviene normalmente la decisión de abrir un programa de un previo estudio de mercado.

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El mercadeo universitario respaldado en estudios serios apenas ha sido puesto en práctica en algunas universidades para algunas facultades. Con algunos referentes básicos, se trata de una decisión más intuitiva que de otro tipo. Como quien dice: echemos las cartas a ver qué pasa. Si no hay suficiente matrícula o en pocos años se ve que la cosa no funciona, simplemente se echa marcha atrás aunque se haya logrado la aprobación del caso.

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Quien va a entrar a la universidad se encuentra como quien entra a un supermercado. Allí hay de todo. Se trata de ir viendo las distintas carreras o programas y escoger la que más le prometa. En el fondo de su corazón lo que quisiera es escoger aquella que le ofrezca un empleo más seguro. La vocación que sienta por ella va siendo algo secundario. El muchacho o muchacha da el anticipo que cree que le garantizará el empleo, pero lo único que la universidad le asegura cinco años depués es un cartón bien pomposo donde consta que han cursado los respectivos estudios “profesionales” aunque la anhelada profesión esté todavía distante. A  la canasta del mercado  de programas se le pone sal y pimienta. A ser posible no falta una economía o administración y una ingeniería, puesto que éstas supuestamente añade seriedad a la imagen de la institución. Por algo entre las ingenierías, la administración, la contaduría y las ciencias económicas arrasan con más del 60 por ciento de la matrícula. Clara idea de que los estudiantes, y empujándolos duro sus familias, van tras el dinero contante y sonante.

 

Por: Jorge Yarce

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