Por Carlos Lopera. Director de El Observatorio
Algunos les tienen pavor, otros dudan de su existencia y esporádicamente se habla de sus apariciones, e incluso quienes creen en ellos se quedan esperándolos, pero la realidad es que los fantasmas poco o nada efecto real tienen sobre la vida de las personas, salvo para recordar que alguna vez tuvieron presencia física y acción real, y que sus recuerdos a lo mejor pueden incidir en algo. Eso es ni más ni menos, el Ministerio de Educación Nacional –MEN- para la educación superior en Colombia.
El MEN es un fantasma que asusta a una que otra institución que no tiene “cancha” para torearlo, que esporádicamente aparece para recordar lo que podría llegar a hacer, que emite ruidos (léase declaraciones de sus directivos) que se los lleva la negra noche y que, a diferencia de un ángel o un espíritu protector, no inspira motivación, proyectos o iniciativas que permitan dar vida real a nuestra universidad, y que –por el contrario- puede ser objeto de burlas de quienes saben que en últimas, está más muerto que vivo.
Es entonces cuando los vivos viven de los muertos: reinan las IES que abusan de las alzas en las matrículas (desde las de bajo perfil de provincia hasta la más encopetada de la capital); otras aprovechan la falta de control para promocionar irreglamentariamente programas académicos; particulares se benefician de la falta de norte con el tema de los Ecaes para promocionar sus propios negocios, la mayoría se complacen en un Sistema Nacional de Acreditación que se diluye y permite que programas mediocres sigan obteniendo muchas matrículas; un Sistema Nacional de Información de la Educación Superior que sólo sirve para asignar unos códigos; un Viceministro (sí, créalo, hay un viceministro para la educación superior), y una ministra que rehúyen al debate académico; unos alaridos de ultratumba que gritan “Ceres” y que sólo sirven para espantar, y el silencio sepulcral de un Ministerio frente a la responsabilidad real y rendición de cuentas que la Universidad debe dar al país.
Los fantasmas, dicen, reinan en los cementerios, en donde entierran las esperanzas. Excepto, como decía Ortega y Gasette, que comparaba a las universidades con cementerios, quienes consideramos que la Universidad aún es un ente viviente, y no cuerpos sin vida que se alimentan inercialmente del statu quo, sabemos que la milenaria institución del conocimiento, del compromiso social, de la denuncia y del oxígeno al pensamiento crítico es capaz de sobrevivir, incluso, a los fantasmas que pretenden mostrarla como algo anacrónico y apagado.

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