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León Darío Cardona Yepes fue asesor de la ministra Parody, cuando dirigía el Sena, al lado de la actual viceministra, Natalia Ariza, y es uno de los promotores intelectuales del Sistema Nacional de Educación Terciaria, SNET. En La Silla Vacía da los argumentos para potenciar la formación para el trabajo y darle un mayor reconocimiento. |
La educación terciaria, hoy presente en la legislación colombiana, mediante el Art. 58 de la Ley 1753 de 2015 del Plan Nacional de Desarrollo 2014-2018 la cual crea el Sistema Nacional de Educación Terciaria, pretende poner a conversar tanto la Educación Formal, tradicional de títulos académicos de la educación superior universitaria, con la denominada Formación Profesional, vocacional o técnica, en el lenguaje internacional, la cual tiene en el SENA su máxima expresión.
Este sistema ha sido promovido por la OCDE para relacionar todo tipo de educación y/o formación posterior a la educación secundaria, la cual identifica y logra reconocer el proceso educativo y formativo progresivo de una persona, cualquiera que sea su ruta, definida mediante niveles de cualificación –término nuevo en el País-.
Para el caso de Colombia, esta expresión se introduce inicialmente con un documento publicado por el Banco Mundial en 2003, denominado ‘La Educación Terciaria’ y, posteriormente, en un documento de política pública, presentado al gobierno nacional en 2014 por el CESU, denominado ‘Acuerdo por lo Superior al 2034’. Más allá de esta expresión, la concepción que como sociedad construyamos sobre este particular en definitiva logrará el cometido de podernos comparar en el contexto internacional, sobre la base de reconocer que no existe una única y exclusiva vía para el desarrollo económico y social, a partir de la formación de capital humano altamente cualificado.
Lo primero que hay que enfatizar, para dejarlo claro, es que hoy en día la formación académica no es la única protagonista en el escenario productivo. La formación académica, de clara concepción teórica e investigativa, es la que ha imperado hasta hace unos años que el sistema educativo que en sí se reconoce como educación formal. Por lo tanto, el que una institución de educación superior expida un título de pregrado, ya sea de técnico, tecnólogo o universitario, o de posgrado, ya sea un especialista, un magister o un doctorado, convierte automáticamente a su poseedor en una persona con credenciales – de reconocimiento social – para su inserción laboral y social.
Existe, por otro lado, la denominada formación profesional (de carácter vocacional o técnica) la cual viene posicionándose muy fuertemente en el mercado laboral, como aquella formación más cercana al mundo productivo; ya que su énfasis está más ligado a las concepciones de orden teórico-práctico y de formación para el trabajo. Por lo tanto, responde con mayor precisión y oportunidad a los requerimientos de un mundo productivo dinámico y cambiante. Sin embargo, no es considerada educación formal en nuestro sistema educativo y formativo, por lo que sus estudiantes no logran obtener el (supuesto) privilegio que otorga la obtención de un título.
Como producto mismo de la incoherencia legislativa de nuestro país, esta formación profesional, que desarrolla con reconocida experiencia el SENA, se ha querido enmarcar (quizás por conveniencia política) en el mundo de la educación o formación académica, desnaturalizando su característica particular: la de ser formación para el trabajo. Esta incoherencia hace parte de la construcción institucional que ha viene prolongando el país desde su misma conquista. Mientras que la formación académica es ampliamente reconocida y valorada, la formación vocacional o técnica es despreciada. Ese mismo desprecio ha logrado marginarnos, por siglos, de las posibilidades de tener en ella la capacidad de un verdadero desarrollo social y económico, pues este tipo de educación y formación es la base del desarrollo tecnológico y productivo que tanto ha requerido el país.
El actual esquema del Sistema Nacional de Formación de Capital Humano (SNFCH), promovido por el CONPES 3674 de 2010, tiene sus orígenes en la nueva propuesta de reorganización social, política y económica de Colombia, Constitución de 1991. Con los cambios geopolíticos, el país se enfrentó a un desafío enorme: re-configurar su modelo de desarrollo, para hacerlo menos dependiente de voluntades geopolíticas. Pero la estructuración institucional de este nuevo modelo, soportado en un sistema educativo y formativo sólido y coherente, aún está en deuda. Porque el proceso institucional para la creación de este Sistema (SNFCH), como factor clave de desarrollo económico y social, aún tiene vacíos y los acuerdos sustantivos aún no se logran. Sin embargo, con la creación del Sistema Nacional de Educación Terciaria, en el marco del actual PND, hemos logrado avanzar y fundamentar los propósitos para comenzar a re-organizar y armonizar el sistema educativo y formativo colombiano, acorde con los requerimientos y tendencias internacionales (OCDE) y los principios de aprendizaje a lo largo de la vida.
El gran reto que tiene Colombia en materia de formación de capital humano, para facilitar con éxito su inserción al mundo competitivo y global, tiene que ver con resolver de una vez por todas su incoherencia institucional, reconociendo que tanto la formación académica como la formación profesional hacen parte de una misma necesidad y posibilidad de formar personas cualificadas, de acuerdo con cada naturaleza, según los requerimientos del mundo productivo y social de nuestra nación. Ello exige, por lo tanto, revisar institucionalmente lo que significa y debe ser esta nueva concepción del SNET, como parte del pretendido SNFCH, en tanto la relación incluyente que debe existir entre la noción de Formación para el Trabajo o Formación Profesional y la noción tradicional de la educación formal o académica de la educación superior. Esto exigirá involucrar concepciones contemporáneas del desarrollo productivo mucho más exigentes a las que las antepasadas instituciones de educación superior configuraron.
Si no logramos superar el principal limitante que poseemos en este gran propósito, que es la mala concepción que tenemos de la formación profesional, no como formación académica, sino como formación vocacional o técnica, no sujeta a las mismas condiciones elitistas de méritos académicos del sistema, seguiremos estando rezagados del concierto internacional de los países más prósperos y desarrollados del mundo. Revertir, por lo tanto, esta ceguera implicará que tanto el sector productivo como que el sector público, en especial, reconozcan esta necesidad para reconfigurar coherentemente los esquemas de Gestión de Recursos Humanos o Carrera Administrativa, para que socialmente reconfiguremos una nueva cultura de valorización incluyente de los procesos de Formación de Capital Humano vía cualificaciones.
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