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El columnista de El Tiempo y rector de la Fundación Universitaria Cafam, Francisco Cajiao, en una referencia al programa de las 10 mil becas, del Gobierno Nacional, cuestiona la manerac omo se está evaluando la calidad de la educación superior y dice que quienes se ocupan de la calidad de la educación superior deben tener más de un criterio para juzgar. |
A veces no logro conciliar el sueño y me pongo a pensar qué resulta más meritorio: ¿producir quesos de excelencia a partir de los más altos estándares de selección de la materia prima (aun si hay que importarla) o conseguir un resultado similar a partir del desarrollo de procesos que permitan aprovechar al máximo las precarias condiciones de la materia prima disponible?
No es una locura. En realidad se trata de un tema pertinente para quien se ocupa de dirigir una institución de educación superior nueva y orientada a esa población de jóvenes que buscan desesperadamente una alternativa que les permita realizar los sueños que muchas circunstancias adversas comenzaron a frustrar desde el inicio de su escolaridad.
Las noticias de las últimas semanas se han dedicado bastante a los 10.000 créditos condonables del Gobierno, otorgados a los chicos con mayores puntajes en pruebas Saber y pertenecientes a los primeros niveles del Sisbén. Sin embargo, ellos son la inmensa minoría y se ha seleccionado para atenderlos una treintena de instituciones que basan la excelencia de su sistema en la selección de la materia prima. Es claro que a las universidades privadas que fueron escogidas en su mayoría por los bachilleres ‘pilos’ no se entra sin haber pasado por un proceso selectivo que incluye capacidades personales, pero también antecedentes escolares, poder económico y enorme respaldo familiar, sin el cual pagar matrículas superiores a los 12 millones semestrales es imposible.
Desde luego, hay que desear a todos estos adolescentes que reciben la oportunidad de estar en las instituciones de excelencia los mejores deseos por su éxito. Seguramente el programa de gobierno les traerá muchos beneficios si, además de tener buenos resultados del Icfes, no tienen dudas sobre su futuro, no desean cambiar de carrera, no tienen dificultades de adaptación a la vida universitaria o no se ven afectados por la distancia de sus familias. Porque en caso de que alguna de estas cosas que les ocurren a todos los adolescentes les pase a ellos, ya habrán acumulado una deuda no despreciable.
Mientras tanto, cerca de un millón tratarán de matricularse en las instituciones que estén dispuestas a ofrecerles una oportunidad de superación, a pesar de sus carencias económicas, culturales y académicas. Las universidades privadas de alto pedigrí y las universidades públicas con costos accesibles para los más pobres seleccionan a los que llegan con mejores resultados. Los demás se van repartiendo en universidades de diversa naturaleza y costo, hasta conseguir un cupo.
Muchísimas de estas instituciones hacen una extraordinaria labor, pues centran su calidad en la capacidad de rescatar lo mejor que tienen sus estudiantes para convertirlos en excelentes profesionales, a pesar de las restricciones impuestas por el entorno para que consigan un lugar digno en la sociedad. Si no fuera por ellas, el Estado colombiano no podría soportar la vergüenza por su incapacidad de satisfacer el derecho a educarse de la mayoría de sus ciudadanos.
Por eso es muy importante que quienes se ocupan de la calidad de la educación superior tengan en cuenta que hay más de un criterio para juzgar si una institución cuenta con la excelencia que merecen sus estudiantes.
La única forma de tener hoy una acreditación de calidad depende del tiempo, ignorando que un proceso académico de muy buena calidad puede ser observable con evidencia desde el momento mismo en que se inicia y no solo 5 o 10 años después. Más aún cuando en universidades como estas las transformaciones de los estudiantes, que dan cuenta de la calidad del proceso y no de la selección de la materia prima, deben manifestarse en los primeros semestres.
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