¿Vale la pena ir a la Universidad?: Alejandra Carvajal – oct/19

La abogada de la U. Javeriana y PhD de la Universidad de Sao Paulo, Alejandra Carvajal Reyes, analiza las amenazas que enfrenta la universidad actual y la forma cómo ésta puede sobrevivir. Tomado de Revista Dinero.

En los dos últimos años, se matricularon 17.000 personas menos en las Universidades colombianas. Para dimensionar el asunto, pongo en contexto a la Universidad de Los Andes que tiene 14,556 alumnos en pregrado, 525 en especialización, y 380 en doctorado. Si usted ha ido a esta Universidad imagínese el campus sin estudiantes. Ese es el tamaño del problema.

La disminución de matriculados en las universidades es preocupante, pero lo es más aun el número de desertores. Un estudio reciente del Banco Mundial advierte que Colombia es el segundo país en América Latina con mayor tasa de deserción en educación superior; un 42% de los estudiantes se retira en los primeros semestres, cifra sólo superada por Bolivia, donde esta representa un 48%. Los factores económicos, sociales, académicos y emocionales son determinantes.

De acuerdo con la Ocde solo el 22% de la población entre 25 y 64 años tiene un título universitario, lo cual está muy por debajo del promedio de los países miembros de esta organización, donde es de un 38%. Puede verse el documento completo, titulado Education at a Glance 2019 de la Ocde aquí.

Uno de los incentivos fundamentales para los estudiantes es el retorno de la inversión. De acuerdo con la REP (Red de Comunidades de Egresados de Antioquia), una persona que haya estudiado una carrera formal, sin experiencia, puede recibir en promedio un salario de $2‘050.000, un tecnólogo $1‘185.000 y un técnico $964.000. Un conductor de Uber si se lo propone, mensualmente puede ganar hasta $4 millones, lo cual también hace que varias personas opten por tener fuentes de ingresos distintas a las que pueden obtener si tienen una carrera profesional.

Más allá de todo lo anterior, de aquellos que no acceden a la educación superior y aquellos que acceden pero prontamente se retiran, está la realidad de las universidades colombianas. Los desmanes que observamos la semana pasada más allá de ser desafortunados muestran un punto esencial: los jóvenes como sujetos de derechos. La subjetividad jurídica apunta a que sean no solo de derechos, sino que también lo sean de deberes, tales como el respeto a las instituciones y no atropellar el derecho de los otros.

Sumado a lo anteriormente descrito, un grupo minúsculo de desadaptados que hacen parte de una estrategia muy bien organizada de grupos que pretenden asustar y generar caos en la ciudadanía no pueden ser maximizados, lo cual es lo que pretenden. Está en manos de los líderes estudiantiles serios, aquellos que exaltan la marcha pacífica identificar a los responsables de los atentados de los que fuimos víctimas la semana pasada. Y lo digo en plural porque a pesar de no estar allí cómo me duele ver que mi Universidad, la Javeriana, ha sido víctima de infames que más allá de reclamar derechos que consideran legítimos lo que realmente quieren es fomentar el caos.

Respaldo vehemente la propuesta del Ministro de Defensa, relativa a la necesarísima y urgente regulación de la protesta social. No puede seguirse permitiendo que desadaptados hagan de las suyas en espacios centrados en la educación y formación de las personas, así como también en otros escenarios.

La subjetividad jurídica (los jóvenes como sujetos de derechos), debe ir enfocada no solo a la creación de espacios que fomenten el acceso de estos a las universidades, propender por su bienestar, así como por su salud emocional para evitar suicidios como el del joven que se lanzo del octavo piso del Gabriel Girado en la Universidad Javeriana. Todos estos temas van ligados y de la mano.

El escenario es perfecto para mirar con lupa no solamente la protesta social, sino también todas aquellas problemáticas que pasan por la cabeza de los jóvenes de nuestro país. Preocupa también el papel de algunas Universidades, que están haciendo un mal manejo de la narrativa. En instituciones privadas están recomendando libros cuya veracidad se encuentra en entredicho. Me refiero de manera específica a libros de las Farc, cuyos miembros parcialmente se han desmovilizado y son propietarios de grupos editoriales.

Me encontré con que en una prestigiosa universidad privada, están los profesores sugiriendo como bibliografía estos libros. Me parece bien que para fines académicos se beba conocimiento de distintas fuentes, pero estas deben ser idóneas. Tuve la oportunidad de ver algunas páginas de uno de estos textos, llamándome la atención que no tenía ningún tipo de rigor científico, y que sorprendentemente estaba escrito por alguien que decía tener un doctorado. Por tal razón, llamé a la universidad en la que el autor, un ex miembro de las Farc, manifestó haber hecho su doctorado. Para mi sorpresa, me manifestaron que en esa universidad no existía ese doctorado y que por ende esa persona no tenía el título que reportaba en el libro.

Peligroso es que los profesores de entidades privadas, universidades que por años han estado en los primeros lugares, se permita esta mala utilización de la narrativa, la cual directamente desemboca en desmanes como los que tuvimos la oportunidad de presenciar la semana pasada. También, hay algo de responsabilidad en las universidades.

¿Vale la pena ir a la Universidad?.  Claro que vale la pena, pero bajo unas condiciones mínimas que garantice la seguridad, el progreso y la formación de los estudiantes. Habrá que propender por unas mejores políticas públicas encaminadas en este sentido, labor que el gobierno viene haciendo. Lo que resulta impresentable es que en instituciones educativas de renombre se recomienden a sus estudiantes libros de las Farc y que luego estén aterrados de lo que ocurre al interior de sus centros educativos.