La crisis de la universidad humanista: Felipe Cárdenas Támara

La crisis de la universidad humanista: Felipe Cárdenas Támara

Dic/25 Cárdenas, director del Observatorio Iberoamericano de Sociopolítica, Cultura y Ambiente de UNisabana y analista de este portal, reflexiona sobre la crisis de la universidad humanista y la pérdida de los valores de la formación universitaria o bildung.

 

Introducción

Pensé inicialmente titular el texto con las palabras: La universidad en el ocaso de una civilización, o la universidad en el ocaso. Dejé un título más corto y la primera opción será el título de un libro en el que me encuentro trabajando. La idea de este texto es desarrollar de manera general una reflexión sobre la crisis de la universidad humanista y la pérdida de los valores de la formación universitaria o bildung. Voy a reflexionar como antropólogo sobre los tiempos civilizatorios que estamos viviendo en referencia al derrumbe del humanismo y al declive de la civilización occidental, que no es otra cosa que hablar del ocaso del cristianismo de raíces latinas. Intentaré ubicar el lugar que viene ocupando la universidad en las actuales dinámicas históricas. A mi modo de ver, la universidad humanista vive hoy a la luz de una crisis espiritual, moral, ética y metafísica que la universidad occidental de orden globalista no está enfrentando, no reconoce ni le interesa reconocer en el marco de la evolución del mercado de la industria académica.

Hace algunos años atrás, André Gide, premio Nobel de Literatura (1947), en la quinta poesía titulada Las poesías de André Walter, escribía: <<Ha debido ocurrir algo mientras dormíamos;/algo que no hemos comprendido bien…Hemos debido errar el camino desde algún punto,/y los demás no nos han avisado./Escucha…¡Nos hemos salido de las estaciones/y estamos viviendo a deshora>>. Estos versos escritos hacia 1892 expresan la atmósfera moral, espiritual e intelectual que ha vivido la civilización occidental desde hace varios siglos. Se escribieron antes de la Primera y Segunda Guerra Mundial, y sintetizan la desesperanza que se agravaría una vez la humanidad experimentara la crueldad y la barbarie de los genocidios que tuvieron lugar en el siglo XX. Sellan las palabras de Gide la desilusión de muchos intelectuales, artistas y pensadores ante la violencia, guerras y conflictos que marcarían la historia del siglo XX, el siglo más violento en la historia de la humanidad.

Pareciera que el horror ante la violencia, la indiferencia ante el genocidio y el ecocidio se han implantado en las corrientes intelectuales de muchas de nuestras universidades, donde la mayoría se declaran por deriva o, paradójicamente, como universidades humanistas. Las universidades del mundo y de Colombia, todas, en el juego del isomorfismo institucional, hablan de humanismo y de inteligencia artificial, como fuerzas corresponsales, y de manera ingenua se piensa que los problemas de la humanidad se resuelven de raíz tan solo desde la IA. Y, sin embargo, se insiste hasta el cansancio con la consigna de que nuestras universidades son humanistas. Quizás lo que se tiene que reconocer, muy a pesar de los desarrollos tecnológicos que vivimos, entre ellos la inteligencia artificial, es que la plenitud de la vida universitaria se ha perdido y tiene que ser redescubierta. ¿En qué momento perdimos el camino? La respuesta, probablemente, no está en la política ni en la economía. Mi ángulo perceptivo me llevaría a indicar que el problema es de orden cultural; aún más, es un problema de carácter espiritual y metafísico. Precisando, no es que la espiritualidad y la metafísica se hayan desvanecido; todo lo contrario, vivimos tiempos marcados por los excesos de la espiritualidad de todo tipo, que van desde las variopintas variedades de coaching ontológicos, de integración psicodélica y empresariales, hasta la experimentación fuera de sus contextos culturales de todo tipo de sustancias psicoactivas que hacen hoy parte del mercado de las almas que buscan experiencias enteógenas de todo tipo. Yo hablo del declive de las espiritualidades razonables, ligadas a grandes tradiciones religiosas, que hoy se enfrentan al mercado de las almas y que pareciera que sus códigos ya no responden a los sentidos apetitosos de las alucinaciones de amplios conglomerados poblacionales del mundo que buscan con fervor algo que les dé sentido a sus vidas. Lastimosamente, millones de personas muerden el anzuelo letal de sustancias como el fentanilo, el bazuco y otras drogas que destruyen la salud de las personas y la vida de comunidades y familias. Miles de niñas y niños menores de edad se prostituyen en las calles de las grandes ciudades del mundo, indicando con ello la crisis de la familia y de todas las estructuras de acogida que deberían amparar a los más débiles y necesitados de protección en toda sociedad.

Para el caso de Colombia, nuestros expertos criollos en IA quieren hacernos creer que podemos convertirnos en potencia mundial de la IA, sin haber cursado y aprendido nada de pensamiento sistémico, modelación, pensamiento lógico y análisis de lenguajes y semiótica. Lo más grave es que hablamos de humanismo y en el fondo ya nadie sabe con certeza de qué se trata el humanismo. Todo se volvió juego; han desaparecido las grandes conferencias y charlas magistrales.

Hacia el corazón

Por estos días terminaban de realizar un acompañamiento reciente un grupo de profesionales a un colegio que se declaraba humanista. Los facilitadores se leyeron el PEI, por lo demás lleno de errores ortográficos, donde el colegio se declaraba humanista. Ni la rectora ni los profesores sabían de qué se trataba el humanismo. Licenciados en diversas áreas del conocimiento que confesaban que no conocían de qué se trataba el humanismo. Decían: <<Buscamos hacer niños felices>>, <<ciudadanos del mundo>>, <<líderes y emprendedores>>, <<jugamos todo el día>>, <<se enseñan valores>>. Frases que señalan lo que se entiende por humanismo en el imaginario de directivos, profesores y público en general.

Y los que nos ubicamos en el mundo universitario, ¿sabemos qué es el humanismo? ¿Conocemos en profundidad obras de pensadores humanistas? ¿Hay investigación humanista en nuestras universidades? O, ¿simplemente, el rótulo de universidades humanistas es un cliché publicitario que tranquiliza nuestras conciencias ante el derrumbe de la universidad clásica y del pensamiento humanista de altura?

Podríamos afirmar que el humanismo es un extraño en nuestras casas. Así como Dios es un extraño también en nuestras casas y en nuestras universidades (Duch). La ausencia de humanismo pone de manifiesto la crisis global que afecta a la civilización occidental. Podemos cerrar los ojos y el intelecto negando la crisis moral, ética, ambiental, cultural y espiritual que repercute en la actualidad en todas las esferas institucionales (religión, familia, educación, política, etcétera). ¿Pero de qué crisis está hablando si nosotros somos una universidad acreditada bajo los estándares de calidad educativa promulgados por el Estado? <<Todos nuestros profesores y estudiantes usan la IA de manera permanente>>. La crisis se manifiesta de manera inmediata si scroleamos los medios digitales que están a nuestro alcance (Facebook, Instagram, TikTok, X, YouTube). Los mensajes y contenidos digitales que dominan nuestra mente y cotidianidad son claras señales inequívocas de la anomia social que puede estar marcando la vida de los ciudadanos globalizados.

Vivimos tiempos donde el giro copernicano viene dándose desde el siglo XIX, tal como lo detectaron lúcidos intelectuales y artistas como Nietzsche, Rilke y muchos otros, que finalmente refieren el marchitamiento y ocaso de la civilización occidental. Nos referimos al ocaso desde su proyección axiológica, pues sin duda vivimos tiempos marcados por la superproducción de mercancías y la evolución exponencial del mundo de los negocios y del sector financiero. En lo material, experimentamos crecimientos económicos exponenciales y ciertamente creativos. La esfera material tiene desarrollos impresionantes e innovadores; por el contrario, la esfera espiritual puede pensarse como decadente si se compara con las experiencias de vida que marcaron la vida relativamente sobria y sana de hombres y mujeres de otros siglos.

Por estos días vivimos la nueva euforia religiosa proporcionada por la inteligencia artificial, otra de las promesas de calidad que pretende brindar la universidad contemporánea globalista. Es curioso ver el devenir de las llamadas universidades humanistas, cuyos grandes principios tradicionales (Dios, democracia, ley, Estado, Iglesia) se han desvanecido en el marco del juego ambiguo y la provisionalidad de quienes están atrapados en el mito de la caverna. Todo hoy es negociable en el marco de la supervivencia en un mercado competitivo que fija el derrotero institucional y erosiona las ideas profundas de un humanismo que ya nadie sabe a ciencia cierta qué es. Sin embargo, ¡somos humanistas! Creemos conocer <<la nueva modernidad líquida>> (Bauman) de nuestros días, pero quizás hemos perdido del radar las preguntas fundamentales que han marcado la experiencia de orden de la filosofía de la educación (¿para qué la vida, la muerte, el mal, el amor?) y de un humanismo que no solo juega y tiene experiencias deleitables con sus estudiantes.

Las llamadas universidades humanistas tienen que invitar a la comunidad educativa a mantener las preguntas fundacionales que acabamos de señalar. La universidad humanista no puede sucumbir al imperialismo de la realidad o de las modas pedagógicas del momento impulsadas desde gobiernos y Estados genocidas en alianzas con las élites ecofascistas de las extremas derechas e izquierdas (educación por competencias, educación STEM, etc.). La universidad humanista que vive en tiempos digitales (profundamente afectados por la industria de la pornografía y la lujuria que nos toca a todos mediante la seducción de mujeres que exponen sus cuerpos las 24 horas del día y que saturan nuestros celulares con propuestas carnales que nos pueden terminar convirtiendo en viejos verdes y a los jóvenes en obsesionados por el frenesí de una sociedad hipersexualizada) tiene que apuntar a conservar el sentido de la tragedia que nos legó el pensamiento griego iluminado por la revelación cristiana y su sentido de estructuras del mal en la historia humana.

Como universidades humanistas tenemos que defender principios universales que están por encima del relativismo moral y ético impulsado por las ideologías de las nuevas religiones políticas, filosóficas, científicas y existenciales, que finalmente se erigen como parásitos ante el colapso monumental de los sistemas sociales (la universidad, la Iglesia, la familia) y la ciencia rigurosa.

La crisis que vivimos es evidente. La podemos constatar de manera superficial en nuestros celulares y medios digitales, hoy dominados por los códigos del consumo, el coaching y ofertas educativas de todo tipo ofrecidas por gurús y maestros de dudosa consistencia que ofrecen todo tipo de identidades y salvaciones irracionales y pseudocientíficas a los consumidores de las redes digitales. Lo penoso es que la universidad humanista no reconozca la crisis y haya olvidado los medios terapéuticos que un humanismo comprometido y serio le puede brindar a la sociedad. En el contexto actual, se hace urgente una profunda reflexión, que, por ejemplo, podría orientarse desde la pedagogía ignaciana y sus representaciones de lecturas contextuales marcadas por la acción, la reflexión y la evaluación, o desde la teología de la educación de gigantes como Edith Stein y sus preguntas fundamentales de la existencia humana en clave de empatía.

Cualesquiera que sean las preguntas y respuestas que brinde una universidad humanista, los procesos de conocimiento sapiencial y científico implican formación (bildung), y la tradición humanista implica educadores comprometidos con la acción transformativa de la sociedad (plano de la exterioridad) y de sus propias vidas (plano de la interioridad). Estamos hablando de estudiar y formarnos y de formar a las generaciones con las que tenemos contacto. El humanismo no es coaching ni simplemente educación experiencial. El humanismo no necesariamente tiene que pensarse como un pensamiento sistemáticamente organizado que puede ser patentado. Por fortuna y para desgracia de las oficinas de patentes universitarias, el humanismo como voz crítica y reflexiva no se puede patentar. Y por ello resulta tan poco atractivo para la universidad de la industria académica, dominada por los afanes del mercado y de sus rumbos del marketing. La vida de una universidad humanista está en parte marcada por las variaciones de una partitura; su compositor y los músicos que ejecutan la partitura (la libre cátedra) tienen espacio para darle brillo desde sus intuiciones y huellas personales, que finalmente operan desde una cosmovisión que se hereda, se aprende y se transmite en el horizonte de una tradición que tiene que ser vivida, aprendida y experimentada en lo más profundo de su ser.

Una universidad humanista depende de una cosmovisión, cuya fuerza se define como mito fundacional. La crisis de Occidente y de sus universidades es una crisis de sus mitos fundacionales. Para ser precisos, la crisis de Occidente es una crisis de nuestra vivencia experiencial de los mitos fundacionales que están en la base de la civilización occidental. Para superar el declive y el hundimiento, tenemos que ahondar, vivir, experimentar, explorar el sentido y la consistencia de nuestra propia cosmovisión. Tarea de restauración que supere las lecturas ideologizadas, reductoras y excluyentes que se han tomado la universidad (el cliché de inclusión es parte de la confusión, cuando desde una supuesta inclusión se les niega a determinados saberes su expresión y desarrollo en la universidad de la industria académica). La restauración supone una antropología integral que proporcione claridades, sentidos de vida y que esté abierta a la comprensión trascendente del ser humano, condición que solo puede operar en las universidades cuya alma es verdaderamente humanista y están dispuestas a proyectar de manera trasversal las ciencias del sentido entre su comunidad.

El puente está quebrado

¿Con qué lo curaremos?

Con cáscara de huevo

Burritos al potrero

Que pase el rey

Que ha de pasar

Que el hijo del conde

Se ha de quedar

Que pase el rey

Que ha de pasar

Que el hijo del conde

Se ha de quedar

El puente está quebrado

¿Con qué lo curaremos?

Con cáscara de huevo…

¡Feliz Navidad para todos los lectores!

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