… pasará a la historia por transformar positivamente la educación superior colombiana… o enterrarla.
Por Carlos Mario Lopera P., director de El Observatorio de la Universidad Colombiana
Humana y profesionalmente, quisiera equivocarme, pero los anuncios que hizo la ministra Campo en la presentación de los compromisos del sistema para 2014, parecen más una propuesta de campaña (parecidas a aquellas de “no subiré impuestos”: Santos, o “en mi administración Bogotá tendrá metro”: Moreno), que un serio compromiso de Estado.
En líneas generales, la ministra se sacudió de la sensación de parálisis y desconocimiento del tema que estaba comenzando a caer sobre ella. Probablemente a eso le ayudó el nombramiento de Javier Botero en el Viceministerio de Educación Superior (en virtud de su habilidad para repetir cargo con dos gobiernos diferentes), y ofreció más de lo que el sistema creía esperar. El punto es que prometió tanto, que más allá de ideal, lo vuelve poco creíble. Vamos a hechos concretos:
1) Aumento de cobertura. En los ocho años de la administración de Cecilia María Vélez, la cobertura en educación superior subió alrededor de 11 puntos porcentuales. Ahora, en cuatro esperan subir otros 11, para llegar al 47%. Además que es la misma meta en la mitad de tiempo, deben tenerse en cuenta tres aspectos determinantes: a) El SENA tendría que dispararse aún más para aumentar cobertura, b) Las universidades públicas están copadas en planta física y presupuesto, y c) el Gobierno no ha dicho de dónde saldrá más dinero para las transferencias.
2) A propósito del SENA, el anuncio de la ministra de que el 100% de sus programas deben tener registro calificado, ¿significa que el SENA va a dejar de crecer o de ofertar como titulación de educación superior sus programas laborales técnicos y tecnológicos?. De eso no se ha dicho nada, y es demasiado ideal para que se cumpla. Es claro que a la luz del Decreto 1295 de 2010, el SENA no cumple todos los requisitos mínimos, como herencia de su polémico exdirector, Darío Montoya, quien peyorativamente indicaba que sus programas no tenían fundamentación teórica para no ser rellenos y no hacían investigación.
3) Inocentemente la ministra considera que la calidad, la flexibilidad, la autonomía y la institucionalidad de las IES y la educación superior se fortalece con la reforma a la Ley 30. Bien se lo dijo, delante de todos los rectores, el de la Universidad de Caldas, Ricardo Gómez, de que esto no era así. El problema no es de Ley, es de dinero, de compromiso y de coherencia, más allá de la reforma de una ley en la que no existe consenso sobre qué es lo que hay que modificar, salvo el tema de la consecución de recursos de transferencias.
4) Calidad, calidad, calidad… el mantra de los técnicos del Estado. Se insiste que avanzamos en cobertura y ahora vamos a trabajar, también, en calidad, pero es claro que sin una real autonomía de decisión y de presupuesto para el CNA, con políticas que sólo reflejan el interés de matricular por matricular, y proyectos no articulados de investigación, interacción con la empresa, comparaciones internacionales, formación docente e interacción con proyectos nacionales, entre otros, este tema seguirá siendo un mito.
5) Es claro que en Colombia, desde hace años, se piensa que la educación superior pareciera que sólo tiene sentido si atiende únicamente la óptica laboral. En un país con desempleo, sin tecnología avanzada, con necesidad de mano de obra de parte de los capitales extranjeros, y en donde la demanda de trabajadores permite seleccionar a los que muestren algo más que un diploma de bachiller, la formación técnica y tecnológica cobra fuerza, no por su fundamento disciplinar u orientación estratégica para los proyectos de infraestructura, de desarrollo tecnológico o de nuevos sectores de la economía, sino porque es barata y es de corto tiempo. Es decir, porque ilusiona a la población con alcanzar educación superior para salir a ganar poco dinero, porque alivia temporalmente temas de desempleo, pero también porque como país no podríamos resistir una crisis económica que espante capitales. Es decir, vamos en camino a ser una nación de muchos operarios y coordinadores, y menos profesionales… es decir, una colonia “empleada”.
Se acercan las festividades de fin de año, y difícilmente nos acordaremos de la promesa que hizo la ministra de presentar las nuevas dimensiones posibles de la Ley 30 a mediados de diciembre. Eso sí, si sus promesas no se cumplen, ella no se olvidará en 2014, que hábilmente le recordó a todos los rectores que todo esto sería posible sólo con el compromiso de ellos. Es la misma habilidad que tiene el presidente Santos al responder a quienes le criticaban por no tener considerada a la educación entre una de las cinco locomotoras con las que piensa impulsar la economía, diciendo que la educación no es una locomotora, sino los rieles que son necesarios para que todas las locomotoras puedan avanzar.
Ojalá no nos descarrilemos.
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