Académicos deben tener un compromiso con la sociedad, más allá de inflar sus ya hinchados egos

María Elvira Bonilla relata, en El Espectador, cómo un estudiante de doctorado de la famosa Escuela Politécnico de Lausana en Suiza, donde estaba a punto de obtener su título doctoral en ciencias exactas, desistió de hacerlo y, en su defecto, le envió esta carta abierta a las directivas de la institución.

Se trata de un cuestionamiento al rol de la academia y su propósito, que a veces termina desvirtuado y enrredado en la multiplicación de posgrados que terminan por aceitar la máquina registradora, olvidado su fin último, el de enriquecer el conocimiento. Aunque es una extensa carta la que escribe Gene Bunin, este es el corazón de su preocupación:

“He perdido fe en el mundo académico de hoy como algo que debería traerle un beneficio positivo a la sociedad en la que vivimos. En cambio, estoy empezando a pensar en él como una gran aspiradora de dinero que se lleva subvenciones y escupe resultados nebulosos, impulsada por personas cuya principal preocupación no es avanzar en el conocimiento con las positivas consecuencias que esto acarrearía, sino agrandar su currículum con el fin de conservar posiciones o ascender en el cerrado mundo universitario. (…)

Empiezo por respetar la premisa de que el objetivo de la ciencia y la investigación académica es la búsqueda de la verdad para mejorar la comprensión del universo que nos rodea y utilizar ese entendimiento para impulsar transformaciones que aseguren un futuro mejor para la humanidad. En ese orden de ideas, uno como investigador tiene que ser brutalmente honesto, sobre todo con uno mismo y con la calidad del trabajo que realiza.

Pero no, lo que se te enseña va en contravía a estos supuestos con los que uno ingresa a la vida académica. Se te enseña a “vender” tu trabajo, a preocuparte de tu “imagen” y a ser estratégico en tu vocabulario y en la manera de utilizarlo. Prevalece una buena presentación sobre el contenido y se estimula perversamente a hacer contactos para asegurar un futuro laboral. El criterio comercial se impone sobre el rigor que debería mandar en el trabajo del doctorado.

Anualmente, el rector nos manda un correo electrónico con el ránking en el que está ubicada la Escuela. Yo siempre me pregunto: ¿Por qué habría de preocuparle esto a científicos e investigadores? ¿Para qué? ¿Para elevar nuestros ya hinchados egos? ¿No sería mejor un reporte anual del rector informando sobre la manera positiva como el Politécnico está afectando el mundo o contribuyendo a resolver problemas importantes? En cambio, se nos dan estos estúpidos números que indican a qué universidades podemos mirar con desprecio y a cuáles aún debemos rebasar.

No tengo la solución a estas inquietudes. Abandoné mi doctorado. Simplemente es una decisión personal, desesperada. Lo que sí quiero impulsar es un tipo de conciencia y responsabilidad. Pienso que hay muchos de nosotros, ciertamente de mi generación, a quienes nos gustaría ver a la academia como un sinónimo de conocimiento, capaz de arrojar resultados concretos, transformadores. Los académicos deben tener un compromiso con la sociedad, más allá de inflar sus ya hinchados egos. Sé que a mi me gustaría, pero he renunciado a ello, así que buscaré a la ciencia verdadera desde otro camino”.

Una reflexión que debería poner a pensar a más de uno.

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