Julio 12/22 Duró los 4 años, con el mayor presupuesto para la ed. superior, y aunque entrega un sector más calmado que revuelto, la opinión pública y experta desaprueba su gestión. Análisis.
Tal vez como ningún otro ministro(a) de Educación en la historia reciente del país, un funcionario público había hecho tal carrera, preparación y contactos para llegar a ese cargo como María Victoria Angulo González (47 años).
Tan pronto Iván Duque obtuvo la presidencia, en 2.018 se intuía que María Victoria Angulo podría ser la ministra de Educación. Esta economista de Uniandes, con maestrías en Desarrollo Económico de la misma Universidad y en Análisis Económico Aplicado, de la Universidad Pompeu Fabra, había trabajó en Planeación Nacional, fue subdirectora de Apoyo a las IES, y directora de Fomento de la Educación Superior en la administración de la ministra Cecilia María Vélez, luego fue la directora ejecutiva de la Fundación Empresarios por la Educación y había pasado por la Alcaldía Mayor de Bogotá como Secretaria de Educación del Distrito. Tiene muchos contactos en el alto gobierno y todos sabían de su deseo de llegar al Ministerio, y así lo logró.
Tal vez por esto, su llegada al cargo no fue sorpresiva ni objetada en el sector; incluso, pese a que su primer viceministro de Educación Superior, Luis Fernando Pérez Pérez, era desconocido en el medio, y el sector le parecía desconocido a él. Desde Palacio le impusieron a la ministra ese compañero, y aunque éste renunció en plena pandemia sin dejar escándalos de por medio, su gestión fue más gris que brillante. Y eso que su segundo, y actual viceministro, José Maximiliano Gómez Gómez, es reconocido en gran parte del sector, porque lleva muchos años trabajando, especialmente en torno de la universidad pública, su gobernabilidad y modelos de financimiento.
El saliente Ministerio de Educación tiene logros para mostrar, objetivamente muchos más que los de sus antecesoras (Yaneth Giha, Gina Parody y María Fernanda Campo, entre otras), pero los distintos sondeos de opinión pública reprueban a Angulo (así como a la gran mayoría de ministros del gabinete Duque), y los propios lectores especializados de El Observatorio de la Universidad Colombiana, la califican con un promedio de 2.8 (en una escala de 1.0 a 5.0), que coincide con la cifra promedio de calificación que las grandes firmas encuestadoras le dieron, en sus mediciones, a lo largo de los 4 años.
La medición de El Observatorio de la Universidad Colombiana se hizo en la última semana mediante una encuesta abierta entre lectores, directivos, docentes e investigadores del sector, en la que participaron 200 personas. Con esa nota promedio respondieron a la pregunta de “en general, para todo el sistema de educación superior, si tuviera que calificar la gestión del saliente Ministerio de Educación Nacional (la ministra y su equipo de educación superior), teniendo en cuenta la gestión de sus predecesoras, las expectativas, los ofrecimientos y resultados, qué calificación le daría Usted a la ministra Angulo? (siendo 1 lo peor y 5 lo óptimo)”.
Lo paradójico de la evaluación de la gestión de Angulo, es que mientras que ésta impulsó políticas de impacto hacia el futuro del sector, siempre se ha comportado dentro de “las formas” protocolarias, conoce el sector y se relaciona con los sectores, su evaluación haya sido más baja que la que obtuvo en su momento, por ejemplo, la polémica ministra Gina Parody, en similares sondeos realizados por estas grandes encuestadoras. Cabe recordar que Parody sólo duró dos años en el cargo, cuando salió a enfrentar líos con la justicia, diversos escándalos y la mayoría de sus realizaciones en educación superior se fueron al traste. Incluso, su solo nombre causa escozor en muchos rectores universitarios que la ven como un mal recuerdo para el sistema.
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Los aciertos de María Victoria Angulo
La ministra, no inventó o propuso normas, programas o políticas salidas de la agenda tradicional del sector. En líneas generales, continuó con lo que se venía dando, de tal forma que sus acciones fueron lógico resultado de lo que se esperaba, y tal vez esa misma falta de sorpresa gestó cierta desilusión entre las IES.
El saliente Ministerio de Educación resumió, en el documento de empalme con el equipo del nuevo Ministerio (que estará en cabeza de Alejandro Gaviria), las cinco grandes áreas en las que puede mostrar resultados: Organizar el Sistema de Aseguramiento de la Calidad, como evolución del frustrado decreto 1280 luego convertido en el 1330, los ajustes en el Modelo de Acreditación Institucional con el Acuerdo 02 del CESU, la creación del registro calificado único (que tiene más importancia de la que se le ha dado) y el esfuerzo por integrar los procesos e interacciones entre Conaces y CNA; la asignación de $ 4.5 billones adicionales para fortalecer las IES públicas, programas como Generación E, Plan Padrino y los decretos sobre gratuidad educativa; los ajustes en el proceso de convalidación de títulos y flexibilización y mejores condiciones para los créditos del Icetex. Incluso, se pueden sumar hechos como el Laboratorio de Innovación Educativa para la Educación Superior (Co-Lab) y el Plan de internacionalización con go Colombia.
No obstante estos logros, que discriminados en detalle representan avances importantes para un Ministerio que fue recibido, en octubre de 2018, con un paro nacional universitario y con la inconformidad de la universidad pública por más recursos, la saliente ministra y su equipo terminan su gestión con la tranquilidad de haber hecho la tarea, pero la desazón de no haberla “sacado del estadio”, como se dice popularmente; de haber hecho una revolución educativa y de difícilmente ser recordada para la historia como una transformadora.
Haber gestionado los recursos financieros, en la cantidad lograda, muy por encima de lo alcanzado por todos sus predecesores; haber sembrado la semilla de la gratuidad; y haber logrado sostener la oferta y la demanda de la mayoría del sistema pese a la crisis de la pandemia del Covid 19, no son suficientes para la opinión. Incluso, pese a que, a diferencia de la campaña presidencial de 2.018, en ésta -la de 2.022- el tema de la educación superior no fue protagonista en la agenda de los candidatos, lo que podría leerse como que había dejado de ser una necesidad nacional.
Pero, paradójicamente, mientras que la ministra Angulo y el presidente Duque hicieron mucho más para la educación superior que las exministras Parody y Giha con el expresidente Santos, las expectativas del sector no fueron satisfechas plenamente.
Pero, si Angulo trabajó, ¿por qué reprueba?
A la ministra se le cuestiona por no atender ni dar respuesta concreta (y a veces la cara) a algunos temas claves del sector, tales como la situación de las IES privadas; las denuncias de posible corrupción en el Ministerio, sus trámites, la falta de integralidad de muchos pares académicos y en el actuar de agunas salas de Conaces; el tener un mínimo protagonismo en el debate sobre el Marco Nacional de Cualificaciones; el no haber abordado la reforma del decreto 1279; el no saber mostrar debidamente los resultados de aprendizaje; el callar frente a lo que el país espera con respecto a la oferta internacional y no formal; el no responder con estilo gerencial al problema del SACES; el haber llevado al país a gestionar la pandemia con cifras desactualizadas; a no enfrentar oportunamente los problemas de gobernabilidad y responder a denuncias de corrupción en varias IES públicas; y por la lentitud de inspección y vigilancia para actuar y pronunciarse, entre otros aspectos.
Además de lo anterior, a Angulo también la “condenó” su vinculación política con el gobierno Duque y por las “formas” como gestionó su Mineducación.
No fue la única ministra del gabinete “rajada”, pues casi todos lo fueron, al igual que el presidente Duque. Independientemente de las explicaciones o justificaciones al respecto, lo cierto es que arrastraron con un concepto o imaginario negativo desde el comienzo del gobierno, en 2018. La oposición de entonces (que ahora tomará la Presidencia en agosto próximo) prometió estar en contra del gobierno Duque durante los cuatro años, y así sucedió, intensificándose tras el paro nacional de 2021, con ayuda de las dificultades sociales y económicas de la pandemia iniciada en 2.020, pese a los esfuerzos del Ejecutivo al respecto.
Angulo fue designada desde julio de 2.018 (varias semanas antes de iniciar su periodo -algo parecido a lo que ahora sucede con Alejandro Gaviria), y entre ese momento y su posesión, no presentó al país un proyecto claro e ideas concretas de qué era exactamente lo que iba a hacer como ministra. Terminaron sus cuatro años y nunca se supo exactamente cuál era realmente su bandera. Antes de posesionarse respaldó la aprobación del legalmente viciado decreto 1280, del 25 de julio de ese año (de la entonces ministra Giha), y que debió rehacerse todo con un esfuerzo que tomó más tiempo del esperado, para llegar finalmente al 1330 de 2020.
Cuando escasamente llevaba dos meses en el cargo, la sorprendió el paro nacional universitario, que llevó a que estudiantes y docentes obligaran al gobierno a llegar a un acuerdo de millonarios recursos económicos para la universidad pública, que nunca fue visto como una gestión del Ministerio sino como un logro de los sindicatos y del movimiento estudiantil. Colombia tenía, por primera vez, los más altos recursos para la educación superior pública, y el gobierno no supo canalizar esto.
El polémico y en el fondo inequitativo programa Ser Pilo Paga (SPP), fue acertadamente reformulado como Generación E, pero el Ministerio tampoco supo venderle al país sus beneficios, y el pulso frente a la opinión pública se lo ganaron las universidades privadas tradicionales que se mostraron como víctimas al dejar de recibir la lotería o, regalo, que les había dado el gobierno Santos con SPP.
El ajuste en el modelo de convalidación de títulos fue otro avance importante, pero frente al cual el Ministerio dio la sensación de “llegar tarde”, o reaccionar cuando los hechos lo presionaban, como le pasó en casi todos los temas (la política de gratuidad, las reformas al Icetex…). No los supo vender, y cuando lo intentó, el imaginario negativo era más fuerte. En síntesis, aunque la ministra se expresa bien y con ideas muy claras, la comunicación del Ministerio fue deficiente. Tal vez por eso, sorpresivamente, algunos de quienes han evaluado a la ministra, incluso han sugerido que ésta no conoce el sector.
Si bien la ministra “amarró” bajo su fuero a todas las entidades del sector (Icfes, Icetex…), para evitar el desorden y unificar la agenda, eso llevó a limitar la acción de sus respectivos directivos , y cuando los “liberó” ya era muy tarde.
Siempre actuó más para responder a las críticas que a gestionar una agenda propia. Al finalizar el segundo año de su gobierno, aún tenía espacio para hacer cambios, y el principal fue el de la gratuidad, por la pandemia, nada más.
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La elección que el país hizo del denominado “cambio” con Gustavo Petro y sus propuestas, ha demostrado, por lo menos en el deseo, que se quieren modificar los esquemas considerados tradicionales, y en educación superior la situación es similar. Y el saliente Ministerio pareció atado a esa tradición que hoy se quiere cambiar: El país quiere gratuidad plena, y no gradual como la vendió Angulo; quiere una transformación radical del Icetex, y no cosmética, como el Gobierno saliente pretendió hacerla; quiere una virtualidad con más soporte legal, técnico, financiero y de fomento, y no amarrada a prejuicios; quiere una flexibilidad dinámica en las normas de creación, reforma y oferta de programas, así como en los trámites ante el Mineducación, y no minuciosas, complejas, estorbosas, burocráticas y costosos trámites para las IES; y quiere que las IES privadas sean escuchadas activamente frente a la problemática actual de la oferta y demanda y no que sean ignoradas como cierra este gobierno.
Pero, sobre todo, según los testimonios de analistas del sector, lo que más afectó la imagen de Angulo fue su estilo de comunicación y de relacionamiento con rectores, asociaciones y, en general actores claves del sector, distintos a sus pocos amigos cercanos y asesores. Su distanciamiento, frialdad y, en la mayoría de ocasiones, el ver a los demás “por encima del hombro”; la dificultad de acercase a ella; su habilidad para presentar, con gran oratoria, pero siempre con las mismas ideas en todos los escenarios en que estuvo, sin permitir reales espacios para la interlocución; su aparente predilección por algunas universidades y rectores (v.g. Univalle y Eafit), y el haber preferido contratar los mismos asesores para muy diversos temas o con conflictos de interés con IES, en vez de impulsar al interior del propio Ministerio directivos con peso académico y de debate, contribuyeron a castigar su imagen.
Angulo se preparó y lo tuvo todo, y hasta logró resultados interesantes, pero desconoció la cultura sectorial, la comunicación efectiva y estratégica, la participación natural y no artificial, el real liderazgo y el escuchar e involucrar realmente a todos. Y, sobre todo, no supo vender una idea clara y concreta, motivadora e inspiradora para el sector.
El 17 de julio de 2018, El Observatorio pidó que la entonces nueva ministra ojalá se atreviera “a hacer cambios inspiradores, a no hacer más remiendos al sistema, a no satisfacer intereses gremiales y de ciertas IES, y a satisfacer a una sociedad que pide a gritos una universidad más comprometida, más responsable y con más resultados, así como un sistema más integrado”….
Si hubiera logrado todo esto, seguramente su evaluación hubiera sido satisfactoria.
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