Marzo/24 Para Cárdenas, Director Observatorio Iberoamericano de socipolítica, cultura y ambiente de la U. de La Sabana, y columnista de www.universidad.edu.co, el maestro debe tener más tiempo y dedicación a su investigación y presentación de las realidades del contexto educativo.
Un dato fundamental para tener en cuenta: “En el último informe de Educación formal (Educ), presentado por el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (Dane), se observó que en el 2022 hubo 9,7 millones de estudiantes matriculados en el país y la cifra de docentes se ubicó en 452.429 es decir un profesor por cada 21,5 estudiantes”. Si vamos más allá de las cifras, los maestros están en contacto con las generaciones de jóvenes que estarán a cargo del país en pocos años. Su labor es indiscutiblemente esencial para el presente y futuro de la nación. El maestro en Colombia, gracias a políticas públicas que se iniciaron en la alcaldía de Bogotá del hoy presidente de la República Gustavo Petro, y que han tenido continuidad en los gobiernos de Santos, Duque y del propio Petro, ha tenido como logro que un importante número de maestros se han cualificado como magísteres y doctorados en diversas ramas de la educación y la pedagogía. Se hace importante reconocer el esfuerzo institucional del Estado colombiano, mediante diversas políticas ancladas en el propio Ministerio de Educación Nacional, las gobernaciones y las secretarías de Educación en muchas ciudades y cabeceras municipales.
Habiendo tenido la oportunidad de ser parte de los formadores de maestros en los últimos 30 años, me permito hacer unas observaciones referidas a la producción intelectual tan necesaria que los maestros vienen realizando y deben realizar en su práctica pedagógica y cotidiana. Los contextos en los que se mueven los maestros colombianos es de una diversidad y complejidad que expresa toda la riqueza de situaciones culturales, educativas, políticas, ambientales y regionales que configuran la realidad colombiana. El maestro es configurador de identidades, subjetividades y sentidos de vida. No todos los maestros son reproductores de conocimiento, muchos generan valiosas transformaciones e innovaciones pedagógicas que impactan la vida de sus estudiantes. Sin embargo, la producción intelectual incluso en revistas de divulgación es mínima.
Ahora, las condiciones de producción intelectual en sencillas indagaciones realizadas en diálogo con algunos maestros nos permiten afirmar que uno de los mayores problemas en la generación de conocimiento por parte de ellos es el problema del tiempo. Los maestros en Colombia se enfrentan a realidades sociales desafiantes y sus interacciones en el aula podrían ser generadoras de un conocimiento profundo en educación si contaran con el tiempo del que carecen, pero además con enfoques teóricos y metodológicos que les permitieran enriquecer su práctica docente desde la sistematización de sus experiencias, superando o yendo más allá de los planteamientos que se sugieren en los libros de texto o incluso en las orientaciones que el MEN formula dentro de la dinámica estatista de la educación colombiana, cuya consecuencia, tal como han demostrado varias investigaciones, finalmente tienen el efecto de debilitar a la sociedad civil, incluso partiendo de la buena fe de los burócratas del Estado. El problema de las burocracias y la tecnocracia debería ser objeto de atención en los centros de investigación en Colombia y en el mundo, pues intuimos que tanto control y tanto lineamiento desde la política pública está asfixiando al sector educativo, tanto público, como privado. El caso más emblemático de esta mentalidad muy propia a nuestra tradición hiper-reguladora, es el Decreto 1075 de 2015, cuyas 478 páginas, son el reflejo del estatismo más devorador en el campo de la educación colombiana. Lo que nos debería también poner a pensar sobre la necesidad de una educación pública no estatal, una idea que merece atención y para la cual tendríamos que convocar a las mentes más brillantes de Colombia.
La formación y cualificación de los maestros que ha logrado Colombia, gracias a la implementación de políticas públicas como las señaladas, debe de ir acompañada de ajustes institucionales que les permita a los docentes, continuar avanzando con las investigaciones que iniciaron en sus programas de maestría: debe haber continuidad y no simplemente convertirse en un evento más para permitir avanzar en el escalafón. Los ajustes institucionales deben implicar calibraciones en los tiempo y agendas de los docentes: es imposible realizar procesos de investigación y sistematización de experiencias de aula o en las instituciones educativas y sus entornos sociales, si el maestro que se ha cualificado como investigador, ya sea en programas de maestría o doctorado, al terminar sus estudios, se ve viviendo de nuevo en condiciones laborales que reproducen esquemas institucionales que no se han modificado en el sentido de propiciar los tiempos y los acompañamientos necesarios para proyectar y ahondar en sus temas y preguntas de investigación.
El tiempo es fundamental para poder investigar y sistematizar la experiencia cotidiana. Desde luego que hay otros factores además del tiempo. Cuando se menciona el tiempo, estamos registrando las voces que los propios maestros señalan como condición importante a su labor como investigadores. Otros factores de toda investigación nos señalan la importancia de contar con marcos teóricos y metodológicos sólidos para leer, comprender y actuar sobre la estructura de la realidad. Los avances de la investigación social hoy nos invitan a superar los marcos exclusivamente románticos y barrocos, tan propios del pensamiento latinoamericano, en sus lecturas “ensayísticas” (pienso en los profundos textos narrativos y poéticos de Borges o José Lezama Vila) de la realidad socioeducativa. En ese sentido, incluso las lecturas fenomenológicas y hermenéuticas deben de implicar el máximo rigor interpretativo y analítico rehuyendo de propuestas basadas en la sobre interpretación de los datos tan frecuente en lecturas y poses freudianas, marxistas y nihilistas.
El grandilocuente título de maestro, debe hacernos entender la importancia de los campos subjetivos; de la necesaria lectura interpretativa de la realidad; en la proyección de experiencias de orden en la interacción de ontologías ambientales y sociales que nos permitan superar las lecturas dualistas que han marcado las principales líneas de pensamiento de las ciencias sociales en los últimos cien años y que en fondo tienen que ser superadas desde lecturas más culturales a la realidad moderna y tradicional que todavía se vive en Colombia, como país marcado por realidades ambientales y culturales diversas, tal como lo reconoce la Constitución de 1991; y cuyos engranajes desafían y superan todo el pensamiento sociológico y antropológico en el que nos hemos formado los pensadores sociales en Colombia.
El maestro, junto con la sociedad y los padres de familia, es una autoridad orientadora de vida (Ley 115 de 1994). El maestro desde su más sencilla realidad y condición -muy poco reconocida por la propia sociedad- indica y señala rumbos; su autoridad es infinitamente valiosa para proyectar a Colombia como país que está en capacidad de aportarle al dialogo civilizatorio de la humanidad, lo que implica una fundamentación geopolítica de la educación en Colombia en diálogo con la tradición del país y nuestra constelación civilizatoria, que vale la pena recordar va más allá de la revolución francesa, la revolución estadounidense o nuestros propios procesos revolucionarios. Somos hijos de una historia que debe ser descubierta, superando los conflictos de familia, conflictos que nos hablan de los cismas de oriente y occidente y cuya escala histórica es fundamental para superar las lecturas de un extremo occidente que piensa que la historia arrancó con Hobbes, Maquiavelo, Lutero, la Contra Reforma o la revolución francesa.
En mi opinión, la formación o educación ciudadana, debe de ir más allá de los mandatos constitucionales de 1991, implicando un diálogo de saberes que debe indagar en los valores más profundos de la constelación civilizatoria de raíces judeocristiana y greco-romana y también desde luego con otras civilizaciones: África, la India, Japón y la China, es decir una educación multipolar que se desarrolle desde lo propio, evolucionando en diálogo hacia otras civilizaciones y culturads (¡Tremenda tarea!). Es decir, los maestros colombianos tenemos como tarea la necesidad de ampliar nuestro campo perceptivo histórico, donde la modernidad, principalmente urbana, ha condicionado parte de nuestro entendimiento del mundo, condición que, para Colombia, como para muchos países, nos ha impedido dialogar y reconocer la riqueza de nuestros territorios en clave de riqueza cultural. Esa condición está en la base del conflicto armado colombiano y de las violencias simbólicas que reproducimos como parte de las violencias híbridas que marcan nuestra historia como nación y donde nosotros los maestros, sin darnos cuenta, reproducimos violencias sutiles desde los diseños curriculares o en el llamado currículo oculto, ignorando la fuerza transformadora de las pedagogías invisibles que son las que finalmente alientan las transformaciones noéticas que están en la base del núcleo kerigmático en el mensaje educativo que la civilización judeo-cristiana y greco-romana, proyecta en una educación para la excelencia, basada en la vida y en el respeto de la dignidad trascendente de la persona humana, de los lazos y vínculos comunitarios y del dialogo y respeto con los planos no-humanos de la realidad. El maestro, como formador, como padre de familia, y como miembro de una comunidad, representa el núcleo esencial para posibilitar todo el esplendor que Colombia debe ocupar en el concierto de las naciones.
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