Oct/25 El discurso actual es seductor y suena convincente: la universidad es lenta, costosa y poco práctica. En la era de los cursos en línea y las microcertificaciones, ¿para qué dedicar años a estudiar si podemos aprender “todo” en cuestión de horas? Se pregunta y cuestiona Vélez, rectora de la U. La Gran Colombia en Armenia. Tomado de La Crónica del Quindío.
Esto suena bien y ha calado en muchos jóvenes, pero es tan solo la ilusión del atajo, que, además, es biológicamente imposible.
Un estudio del MIT, publicado en 2023, siguió durante cinco años a dos grupos: unos con formación universitaria completa y otros con solo cursos cortos. ¿El resultado? Los universitarios no solo tenían mejores empleos, sino un 73% más de capacidad para resolver problemas no estructurados, esos que no vienen con instrucciones, ni los resuelve un tutorial de YouTube.
Y la comunidad, porque aprender junto a otros nos vincula a redes de pares. Un estudio de Stanford mostró que el 80% de las oportunidades laborales nacen de relaciones creadas en la universidad. Pero más allá del networking, en la confrontación con colegas se forja la brújula moral: el sentido de por qué y para quién hacemos lo que hacemos.
Entonces, ¿está la universidad obsoleta? O ¿somos nosotros los que, seducidos por la promesa del atajo, olvidamos que lo que vale, toma su tiempo?
Los cursos online, las plataformas y la inteligencia artificial son herramientas valiosas, sí. Pero, no reemplazan la experiencia profunda de aprender con otros, de pensar, equivocarse y volver a intentar. Porque en un mundo que corre, elegir la profundidad es el acto más radical y revolucionario para navegar contra la corriente de la superficialidad.
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