La ilusión del atajo (a la universidad lenta): Bibiana Vélez Medina

La ilusión del atajo (a la universidad lenta): Bibiana Vélez Medina

Oct/25 El discurso actual es seductor y suena convincente: la universidad es lenta, costosa y poco práctica. En la era de los cursos en línea y las microcertificaciones, ¿para qué dedicar años a estudiar si podemos aprender “todo” en cuestión de horas? Se pregunta y cuestiona Vélez, rectora de la U. La Gran Colombia en Armenia. Tomado de La Crónica del Quindío.

Esto suena bien y ha calado en muchos jóvenes, pero es tan solo la ilusión del atajo, que, además, es biológicamente imposible.

Un estudio del MIT, publicado en 2023, siguió durante cinco años a dos grupos: unos con formación universitaria completa y otros con solo cursos cortos. ¿El resultado? Los universitarios no solo tenían mejores empleos, sino un 73% más de capacidad para resolver problemas no estructurados, esos que no vienen con instrucciones, ni los resuelve un tutorial de YouTube.

Esto ocurre porque el cerebro necesita tiempo. El Nobel Eric Kandel lo demostró: solo el aprendizaje profundo y repetido cambia físicamente nuestras conexiones neuronales. Aprender no es acumular datos; es reconstruir la mente paso a paso, con comprensión, práctica y esfuerzo sostenido. Y eso no se puede acelerar.
Aun así, vivimos en la era de la ansiedad cognitiva. Nos bombardean con ofertas de “títulos exprés” y promesas de “expertos en 30 días”. Pero los neurocientíficos Immordino-Yang y Damasio lo explican claro: el conocimiento superficial activa circuitos cerebrales diferentes al aprendizaje significativo. No es lo mismo memorizar un código de 6 dígitos para una transacción bancaria, que internalizar una forma de pensar como abogado, arquitecto o ingeniero.
Según la OCDE, el 42% de quienes se forman solo con cursos rápidos carecen de las habilidades críticas que hoy más se necesitan: pensar con criterio, adaptarse y resolver problemas bajo presión.
Frente a esa tendencia, la universidad no está obsoleta: sigue siendo la mejor alternativa para desarrollar el aprendizaje profundo y ofrece tres antídotos contra la inmediatez, que hoy son irremplazables: tiempo, fricción y comunidad.
El tiempo, porque el cerebro aprende en ciclos. Como explica Stanislas Dehaene, necesitamos repetir, dormir y volver a los conceptos para consolidarlos. Un semestre no es lento por azar; está diseñado para generar aprendizajes en espiral que se van incorporando al coincidir con nuestros ritmos biológicos.
La fricción, porque el conocimiento nace del encuentro. En el aula se discute, se contradice, se argumenta. Ese roce intelectual despierta más conexiones neuronales que mirar una pantalla en solitario. Todas las emociones que surgen en los encuentros dejan una huella que fija el aprendizaje.

Y la comunidad, porque aprender junto a otros nos vincula a redes de pares. Un estudio de Stanford mostró que el 80% de las oportunidades laborales nacen de relaciones creadas en la universidad. Pero más allá del networking, en la confrontación con colegas se forja la brújula moral: el sentido de por qué y para quién hacemos lo que hacemos.

Entonces, ¿está la universidad obsoleta? O ¿somos nosotros los que, seducidos por la promesa del atajo, olvidamos que lo que vale, toma su tiempo?

Los cursos online, las plataformas y la inteligencia artificial son herramientas valiosas, sí. Pero, no reemplazan la experiencia profunda de aprender con otros, de pensar, equivocarse y volver a intentar. Porque en un mundo que corre, elegir la profundidad es el acto más radical y revolucionario para navegar contra la corriente de la superficialidad.

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