Mayo/26 Para Ortegón, docente universitaria, el abogado del futuro debe integrar tecnología, ética, empatía y trabajo multidisciplinario para responder a un país complejo y digitalizado.
Pensar en el futuro siempre me obliga a mirar con lupa el presente. Y cuando miro a Colombia hoy, el panorama es tan desafiante como revelador: un país que vuelve a convivir con una oleada de conflicto interno, mientras avanza hacia una realidad profundamente tecnológica.
Vivimos entre discusiones de paz y algoritmos, entre audiencias judiciales y asistentes virtuales, entre violencias persistentes y procesos cada vez más digitalizados. En esa tensión se está formando, querámoslo o no, el abogado del futuro. Un abogado que ya no puede darse el lujo de ser solo jurista.
Durante años nos enseñaron que el buen abogado era el que memorizaba códigos, citaba sentencias y hablaba en un lenguaje incomprensible para casi cualquier ser humano. Hoy, ese modelo no resiste la realidad.
La inteligencia artificial se ha colado en nuestra vida cotidiana: está en el celular, en los contratos, en los procesos judiciales, en el análisis de datos y hasta en la forma en que buscamos respuestas. Pretender ejercer el derecho de espaldas a ese avance es condenarse a la obsolescencia.
Pero ojo, no se trata únicamente de saber usar un chatbot o un software jurídico. El abogado del futuro (el de ahora) necesita comprender el ecosistema tecnológico: legaltech, blockchain, contratos inteligentes, ciberseguridad, protección de datos, malware y riesgos digitales. Necesita entender cómo estas herramientas pueden servir al derecho y a la justicia, pero también dónde están sus límites, sus riesgos y sus posibles abusos.
Porque la tecnología sin ética no es progreso, es peligro. Colombia necesita abogados capaces de leer su contexto, profesionales que identifiquen problemáticas reales y construyan soluciones que no se queden en el papel, sino que impacten. Abogados que entiendan que detrás de cada expediente hay una historia humana, y que detrás de cada algoritmo puede haber una vulneración de derechos.
Por eso, las llamadas “habilidades blandas” dejan de ser un complemento bonito para convertirse en el corazón del ejercicio profesional. La negociación y la gestión del conflicto ya no son opcionales en un país herido por décadas de violencia; son indispensables. La inteligencia emocional no es una moda: es la capacidad de autorregularnos, de reconocer lo que sentimos y de leer las emociones del otro, especialmente cuando hay tensión, dolor o intereses en juego.
He aprendido que un abogado que no sabe escuchar difícilmente puede defender. Que sin empatía no hay justicia posible.
La comunicación, y en particular la oratoria, sigue siendo una de nuestras herramientas más poderosas. Pero no esa oratoria recargada de tecnicismos y leguleyadas que solo busca impresionar, hablo de una comunicación clara, precisa y honesta. De la capacidad de traducir el derecho para que lo entiendan los clientes, las comunidades, los peritos, los funcionarios y las partes.
El abogado del futuro también debe pensar en equipo. Ya no es el “todero” solitario que cree saberlo todo. El mundo actual exige trabajo multidisciplinario: abogados sentados con ingenieros, sociólogos, economistas, psicólogos, comunicadores y expertos en tecnología. Equipos capaces de responder a necesidades sociales, empresariales y tecnológicas sin perder de vista los derechos humanos.
El abogado del futuro no es un experto en máquinas ni un orador vacío, es un profesional consciente, preparado y humano. Y quizás la pregunta no sea si estamos listos para ese futuro, sino algo más incómodo y urgente: ¿Estamos formando abogados para el mundo que ya existe… o para uno que ya quedó atrás?
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Lina María Ortegón: Abogada y magíster en Derecho Procesal. Docente universitaria (Politécnico Grancolombiano) especializada en mediación, conciliación y resolución de conflictos.
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