Aún soñamos con la Universidad

Marzo 2008 – Karol Yaqueno

Opinión publicada en Diario del Sur

Muchos se cuestionan sobre si en Colombia tenemos una verdadera Universidad y un sólido sistema universitario. Es cierto que tenemos fallas, pero también muchas potencialidades.

Aquí aún soñamos en la Universidad, con mayúscula. Todavía creemos que Colombia puede contar con un proyecto académico de país, y que la participación y pronunciamiento universitario pongan a pensar al Estado.

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Soñamos que el profesorado sea valorado como capital intelectual y de promoción cultural, y no como fichas de diez u once meses de contrato repleto de clases y los estudiantes como cajitas a las que podemos meterles los conocimientos dictados con poca profundidad por los docentes, pero a los que sí se puede explotar con matrículas más caras.

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Soñamos con la investigación como una realidad y no como mito. Rigurosa y socialmente comprometida con la problemática del 80% de población que no tiene acceso a los estudios superiores.

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Soñamos con instituciones privadas donde el capital, la gestión y los organismos de dirección sean de la comunidad intelectualmente selecta.

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Soñamos con la universidad como proyecto de vida y no sólo como expectativa laboral, en egresados que quieran retornar a ella, en acciones de bienestar formativas y no distractivas, y en profesores orgullosos de su producción intelectual y sus condiciones contractuales y económicas.

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Soñamos con que las universidades privadas aprovechen su autonomía para crear conocimiento y no para defender artimañas, y que las oficiales piensen en lo público y no en cómo privatizar partidas presupuestales.

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Soñamos que las instituciones técnicas y tecnológicas no sean de segunda categoría; que la educación secundaria sea escuchada por la superior; que los decanos sean elegidos por carrera académica y no por influencia; que la flexibilidad no sea un engaño legal y que la Universidad esté abierta a todos y no sea un club cerrado al que sólo entran quienes pueden pagar.

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La expresión “revolución educativa” está desprestigiada de tanto usarse, por quedarse en transformaciones legales y de forma, no de fondo. Lo cual vale tanto para el gobierno como para las universidades mismas que entre sí no se ponen de acuerdo para una acción conjunta que en cierto modo les permita empezar la “revolución” desde adentro.

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