Julio/25 En esta ocasión, Cárdenas Támara (*), advierte cómo los extremismos ideológicos distorsionan la acción humana y pueden atentar contra la vida, y por ello hace un llamado al actuar de la Universidad al respecto.
(*) Director del Observatorio Iberoamericano de Sociopolítica, cultura y ambiente de la Universidad de La Sabana
Al Dios que invocamos en nuestra Constitución y en las Sagradas Escrituras.
Por la salud y vida de Miguel Uribe Turbay,
por la salud del presidente de Colombia.
Por los niños y jóvenes de Colombia, para que no sean usados por el hampa, y que la sociedad los sepa acoger, proteger y apartar de toda mezquindad.
En los últimos meses, semanas y días, hemos sido testigos del aumento de discursos de violencia y odio provenientes de los más altos círculos de poder político en Colombia. Estos discursos, lamentablemente, han propiciado el intento de asesinato del candidato vicepresidencial Miguel Uribe Turbay, a quien expresamos nuestra más profunda solidaridad.
Es importante reconocer que el ámbito intelectual y universitario no está exento de los conflictos asociados a los extremismos ideológicos. Considero que la ideologización extrema, tanto dentro como fuera de la universidad, actúa como una fuerza de control que se manifiesta en los discursos y en las prácticas sociales, especialmente en el ámbito político. Esta dinámica puede derivar en procesos de adoctrinamiento que, en casos extremos, desembocan en violencia física contra colectivos señalados por pensar de manera diferente, llegando a percibir al otro como un enemigo.
Los extremismos ideológicos distorsionan la acción humana y pueden atentar contra la vida, las culturas e incluso contra los sistemas que sostienen la existencia en el planeta. Nos conducen a la confrontación entre nosotros mismos o, en casos extremos, a la exaltación de la violencia, mientras que algunos pocos —en calidad de representantes del pueblo, del partido o del Estado— terminan apropiándose de los recursos del planeta, degradando ecosistemas y biomas, o corrompiendo la moral colectiva a través de ideas radicales y excluyentes promovidas desde el poder. Entre estas posturas se mencionan, en ocasiones, expresiones extremas de movimientos como el ecologismo radical, el indigenismo, la ideología de género o el llamado wokismo. Cabría precisar que no todas las manifestaciones de estos movimientos pueden ser consideradas negativas o extremistas, pues muchos de ellos surgen como respuesta a demandas legítimas de justicia y equidad.
La paradoja reside en que no podemos sustraernos por completo de las influencias ideológicas, ya que estas forman parte del propio funcionamiento de las instituciones, las cuales constituyen espacios permanentes de disputa y confrontación de ideas.
Ahora, como formadores, intelectuales y educadores, los miembros de la comunidad académica, especialmente sus docentes y directivos deben tener presente y reconocer cuáles son las fuerzas ideológicas que movilizan procesos de dominación, control y poder en la sociedad, la historia y en las culturas. Soy un agente ideológico si quiero imponer una verdad a la fuerza, sin diálogo, con manipulación e incluso violentando al otro en su capacidad dialógica y reflexiva.
Creo que, en lo fundamental, más del 50 % de nuestras opiniones, proposiciones, enunciados o argumentos están marcados por un alto grado de equivocidad, de la cual caemos en cuenta con el tiempo y la madurez intelectual. Si el anterior enunciado es una verdad, su misma condición nos exige cautela y mucha humildad epistemológica de nuestra parte. La equivocidad se refiere a la ambigüedad, errores intelectuales, fallas cognitivas, falencias analíticas, ilusiones perceptivas, juicios de valor discriminatorios, interpretaciones fallidas o sobre interpretaciones de la realidad. Nuestras propias palabras y las de otros tienen multiplicidad de significados, miradas o desplazamientos. Esta característica es inherente al lenguaje y al pensamiento humano, lo que hace que nuestras afirmaciones sean susceptibles de interpretaciones variadas y, en ocasiones, contradictorias. Por ello, es común que nuestras opiniones y argumentos no sean tan claros o precisos como creemos. Si aceptamos que la mayoría de nuestras afirmaciones están marcadas por la equivocidad, surge la necesidad de adoptar una postura de cautela y humildad epistemológica. En suma, un trabajo humilde, condición que está muy alejada del modus operandi de políticos y profesores universitarios, quienes finalmente actúan como sacerdotes sin sotana, pontificando sobre muchos temas y realidades. La necesaria humildad epistemológica implica reconocer los límites de nuestro conocimiento, la posibilidad del error y la importancia de estar abiertos a la revisión y al diálogo crítico y constructivo.
De manera muy sencilla, incluso simplista, podemos afirmar que los extremismos ideológicos deben evitarse y que se pueden identificar muy rápidamente, cuando sus efectos se pueden sentir mediante la violencia física o simbólica que se genera por la implementación de sus prácticas sociales.
Los extremos ideológicos siempre son violentos. Pueden identificarse, de modo general, dos grandes corrientes ideológicas que han marcado la historia de occidente desde hace más de cien años. La primera se trata del estatismo socialista, indiferente a la libertad humana, a su ser esencial y a su individualidad. Para esta corriente somos simplemente masa, reivindicando su discurso desde una apropiación de la noción de pueblo que opera desde el mesianismo político del caudillo que promete demagógicamente toda una suerte de paraísos populistas para un público que lo sigue y que está enceguecido por discursos delirantes y violentos. En este caso, el Estado puede terminar controlando y posibilitando un adoctrinamiento ideológico que impone autoritarismos blandos o totalitarismos absolutos por la vía de la formación del individuo o colectivos mediante la acción de órganos estatales, como por ejemplo el Ministerio de Educación Nacional, que, para el caso de Colombia, ha seguido la línea ideológica neoliberal del esquema educativo basado en competencias desde hace más de 20 años. Cualquier alteración del esquema por la vía de su contrario ideológico, finalmente viene siendo la misma estructura y el mismo racionamiento parasitario del burócrata de turno que vive, como vive el Estado en general, de no producir nada y de obligar a tributar al ciudadano, al comerciante, al campesino o al jornalero para que el aparato estatal siga elucubrando utopías revolucionarias. Casi todo tiene la fisiología de una estafa, convirtiendo en enemigos (por la acción de la ideología) incluso a nuestros hermanos y familiares.
La corriente ideológica del estatismo socialista, tras la caída del comunismo en la Unión Soviética y en los países del bloque socialista, ha cambiado su enfoque hacia discursos que defienden derechos específicos de ciertos grupos o colectivos, basados en género, raza o preferencia sexual. Estas agendas, que suelen ser promovidas por una élite, a menudo se imponen mediante decisiones de las cortes constitucionales que actúan sin respetar la autoridad del poder legislativo, y que en ocasiones contradicen los valores de la mayoría, presentando su acción como si fuera en nombre del pueblo o del progreso. Como movimientos que se relacionan con la justicia social, sus mecanismos incluyen la llamada “discriminación positiva”, que en algunos casos puede terminar afectando los derechos humanos de otros grupos sociales.
La deriva ideológica del marxismo de línea dura trasmutó y se apoya en la actualidad en los llamados postestructuralistas o representantes de la llamada Nueva Izquierda, una constelación rica de autores muy influyentes, cuyas ideas sin lugar a duda han configurado el paisaje intelectual del mundo universitario, particularmente de las facultades de filosofía, ciencias humanas y sociales. Sus más famosos representantes provenientes de diversos países del Primer Mundo son: de Inglaterra —Hobsbawm y Thompson—, Estados Unidos —Galbraith y Dworkin—, Francia —Sartre, Foucault, Althusser, Lacan y Deleuze—, Alemania —la escuela de Frankfurt, cuyo exponente más conocido es Habermas—; los intelectuales de las guerras culturales como Gramsci y Said; y los más recientes Badiou y Žižek. Todos pensadores muy seductores y prolijos, que han marcado la línea ideológica de grandes conglomerados universitarios en el mundo. Roger Scruton, habla en detalle de estos ideólogos en su libro Pensadores de la nueva izquierda, según él, ellos se autoperciben como víctimas de la sociedad occidental, y están marcados por un “dogmatismo revolucionario” heredero del marxismo, donde todas las instituciones están atravesadas por el conflicto social, cuyos principales victimarios son los miembros de la clase dominante burguesa. Según Scruton, sus discursos científicos están marcados por un “neolenguaje” incomprensible, cuyo halo cumple la función de un mantra religioso no pacifista [pistola o cárcel como lema de los estados totalitarios, sus gulags o campos de concentración], sin ningún contacto con la realidad, por lo cual se termina fomentando una pedagogía de la sospecha y la deconstrucción permanente. El juicio de Scruton es radicalmente crítico, ya que, en su lectura, estos marcos ideológicos no aportan nada significativo a la existencia humana, sino que legitiman la transgresión y la destrucción sobre los actos creativos.
La segunda vertiente dominante, el liberalismo o neoliberalismo, se refiere al afán de progreso y crecimiento económico permanente, orientado al resultado, fruto hoy del pensamiento neoliberal y que se puede identificar en modelos educativos y pedagógicos que son dominantes en la actualidad y que finalmente se centran en transmitir competencias para que el “cliente” pueda insertarse en un trabajo bien remunerado. Ambas corrientes desconocen los fines últimos de la existencia humana y no tienen profundidad alguna o interés en proyectar en el ciudadano el despliegue de contenidos noéticos o cognoscitivos, en el sentido de lo que se define, desde diversos marcos civilizatorios, como el despliegue espiritual del ser humano. El ciudadano se reduce a ser una máquina productiva para la fábrica del Estado o para la empresa del capitalista.
Bajo el modelo liberal, la educación termina siendo reducida a una transacción económica donde se le certifica al cliente unas competencias para que pueda insertarse en el mundo laboral de manera estratégica. Los modelos ideológicos mencionados terminan desconociendo aspectos de la persona, cayendo en reduccionismos que rebajan y empobrecen las potencialidades del ser humano, tal como lo hemos constatado en la investigación sobre el discurso de competencias educativas en Colombia (Cárdenas, F. & Choconta, J. (2025). Critical Reading of the “Educational” Neo-language of Competences. The Case of Colombia. Critical education).
Estamos ante un tema relevante que debe ser pensado por la universidad, tanto pública como privada. El igualitarismo socialista, todavía defendido por políticos e incluso presidentes, a quienes podemos definir como lisonjeadores y manipuladores del “pueblo”; y el salvaje liberalismo o capitalismo salvaje, todavía presente en muchas escuelas de negocios y think tanks cuyas lecturas geopolíticas, en sus juegos y simulaciones, están seriamente comprometidos con los conflictos armados y sociales que se viven a lo largo y ancho del mundo. Estas corrientes ideológicas fueron duramente condenadas por el papa León XIII en su Encíclica Rerum Novarun, tal como se comentó el mes pasado (Cárdenas, Observatorio de la Universidad colombiana, junio, 2025).
La primera corriente ideológica, que, en el caso de Colombia, ha estado directamente ligada con el surgimiento de las guerrillas comunistas en los años sesenta del siglo XX, está marcada por el error de pensar que el igualitarismo social se puede lograr mediante la acción política revolucionaria y la implantación de la dictadura del proletariado por el Estado socialista. Su error está en pensar y en querer destruir la desigualdad natural que existe en todo sistema social y cultural. Existen diferencias naturales entre los individuos, desde luego que las desigualdades sociales y culturales son en gran parte construcciones históricas y políticas. El error no solo radica en querer destruir toda desigualdad, sino en no distinguir entre aquellas diferencias que son inevitables y aquellas que pueden y deben ser cuestionadas y transformadas para lograr una sociedad más justa.
En lo referido al llamado capitalismo salvaje, fuerza ideológica casi tan monstruosa y nociva como el socialismo comunista, su naturaleza destructiva se expresa cuando marcada por el individualismo extremo, sus dinámicas políticas, económicas y culturales abandonan al hombre a su suerte, destruyendo lazos comunitarios y culturales, desde la implementación de las aventuras imperiales, coloniales y neocoloniales que explican el nacimiento del llamado Tercer Mundo. El liberalismo extremo está marcado por el egoísmo y por un solipsismo individualista que destruye y envenena los lazos comunitarios y sociales que se han tejido por parte de grupos y culturas a lo largo de sus particulares procesos históricos.
Ambas corrientes ideológicas generan desorden, violencia y destrucción; fundamentalmente han destruido mediante la violencia directa ejercida por el Estado, ya sea mediante políticas públicas o por el accionar de su aparato militar, los sistemas de parentesco de las llamadas sociedades tradicionales del mundo, llámense campesinos, indígenas o comunidades primitivas; ambas corrientes ideológicas han estado ligadas y están ligadas a procesos de etnocidio, ecocidio y genocidio; son fuerzas sociales, que paradójicamente niegan toda referencia a la trascendencia divina, pero operan como religiones seculares y políticas que enaltecen el capital o al dios leviatán; a corto, mediano y largo plazo, sus discursos mesiánicos derivan en violencia y corrupción del Estado y de todos sus órganos.
La amorfa y ambigua noción de “pueblo”, como entidad diferenciada en grupos y colectivos de interacción social, termina siendo empobrecida, manipulada y violentada, es decir, el que más termina sufriendo la violencia ideológica es el pueblo, ya que las élites salvaguardan su vida amparados en el poder del Estado o en sus refugios corporativos que les proveen de una seguridad de la que no dispone el “Pueblo”, y que los inmuniza relativamente de la marginación y la miseria a la que se enfrentan las masas empobrecidas por las prácticas sociales que en nombre del pueblo se ejercen finalmente contra el propio pueblo.
Si aceptamos, con base en la evidencia histórica, el poder destructivo que tienen para la vida en sociedad estas dos corrientes ideológicas —que finalmente le terminan robando el alma a la gente y los pueblos— nos queda la tarea de identificar otros caminos que deben marcar el derrotero legal, constitucional, comunitario, societario, cultural y empresarial de nuestra realidad. Como principio debemos respetar el ordenamiento legal y constitucional y orientarnos por la búsqueda de la paz, la justicia, la libertad y el orden social, institucional y comunitario, respetando y valorando la diferencia, pero también la unidad de la nación y del propio género humano.
Ya el tema del cambio revolucionario o la guerra justa, como caminos posibles, nos abriría otra ventana de observación, cuya reflexión y estudio nos llevarían a tener que estudiar las lecturas de san Agustín o santo Tomás de Aquino en sus referencias a la guerra justa. No lo hacemos en esta oportunidad, ni creemos que sea una lectura necesaria para las condiciones institucionales y constitucionales que vive el país, cuya institucionalidad, por cierto, muy defectuosa; sin embargo, nos provee de un marco para la acción política justa y pacífica. Las aventuras revolucionarias no son el camino en este momento, y mucho menos los mesianismos políticos intoxicados de ideologías extremas, condicionadas a los envenenamientos farmacológicos de ciertas élites del aparato de gobierno en sus delirios o intoxicaciones cannábicas, cocainómanas o bazuqueras.
En este contexto, es importante reconocer también el papel del lumpen (concepto marxista), ese sector marginalizado y excluido de la sociedad, que a menudo es manipulado o instrumentalizado por diferentes actores políticos para alimentar la violencia o el desorden, sin que ello conduzca a una verdadera transformación social.
El orden político y social tiene que basarse en un justo medio o plano de acción. La mayor virtud educativa y política estaría en apartarnos de los extremismos ideológicos de cualquier tinte político. Los extremismos son campos viciosos y violentos. El planteamiento, desde el horizonte de generación, de conocimiento y de una cultura de la paz, debe orientarse por indagar sobre la estructura de la realidad, la naturaleza de las cosas y por un sano entendimiento de la naturaleza del hombre. Es decir, en una universidad humanista el pensamiento clásico se impone, tiene que ser preservado y renovado como expresión diferencial de las acciones de universidades de la posverdad (corriente ideológica), o de las industrias académicas (corriente ideológica) que hoy dominan el espacio misional distorsionado de muchas universidades en el mundo. Consecuentemente, todo proceso humano debe indagar en profundidad, con cuidado y atención, respetando la naturaleza de la vida, de las cosas y de la realidad. La patología cultural que experimentamos y vivimos, deriva civilizatoria marcada en los últimos 100 años por la imposición violenta de las fuerzas ideológicas mencionadas, tiene que ser superada por una restauración y renovación en lo político de las ciencias del orden (Eric Voegelin) y la libertad responsable (Viktor Frankl), combinando orgánicamente el equilibrio y la armonía en el plano ambiental, social e individual (Paradigma ambiental).
En palabras que aportan luz, la siguiente cita de Gustave Thibon, precisa y esclarece la idea y el sentido central del escrito:
«Tanto en el orden económico como en el orden social, el liberalismo absoluto es una monstruosidad. Ciertamente, las desigualdades sociales tienen un fundamento natural, pero determinar su expansión y sus relaciones no corresponde sólo a la naturaleza. El libre juego de intereses y apetitos no ha engendrado jamás otra cosa que terribles desórdenes. Aquí, como en todo lo que es humano, la “bondadosa naturaleza” no se basta a sí misma; ha de ser a la vez respetada y perfeccionada, y a la inteligencia y la voluntad humana (al poder político en nuestro caso) incumbe la tarea de coordinar y de controlar las desigualdades engendradas por la naturaleza. La tarea es ardua. Hay que intervenir sin herir; organizar sin destruir. Frente a las desigualdades naturales entre los hombres, acechan a los poderes públicos dos aberraciones opuestas: la primera consiste en abandonar la naturaleza a sí misma; es la antigua concepción del liberalismo: laissez faire, laisser passer; el azar lo hará mejor que nosotros; la segunda consiste en levantarse contra la raíz misma de la desigualdad y proceder a una refundición general de la naturaleza: este es el ideal del estatismo socialista. La una vale tanto como la otra; la una trae consigo a la otra. El estatismo sigue implacablemente al liberalismo absoluto» (Gustave Thibon, Diagnósticos de fisiología social, Madrid: Editora Nacional, 1958, p. 48).
Tenemos que rescatar el valor activo de las personas, las comunidades y los grupos humanos. Tenemos que apartarnos y ser muy cautelosos con discursos interpretativos dominantes (Véase Touraine, Habermas) rescatando los núcleos de verdad, que como expresión humana encontramos en cualquier sistema cultural (C. Geertz), pero cuyo efecto es sustraer y minar los recursos materiales y morales de la vida de millones de personas, llegando incluso al asesinato o el genocidio.
Ciertamente que podemos dialogar con el marxismo y el liberalismo, reconociendo sus contradicciones, sus contrastes y también sus aportes; sin embargo, en sus vertientes extremistas —que operan en muchos casos mediante corruptas y violentas redes clientelares—, se parte del hecho de que son “discursos interpretativos dominantes” (Habermas, Touraine), con una fuerte carga de violencia que se mimetiza en las narrativas de la (in)justicia social, el progreso o del crecimiento económico sin límites. Por lo tanto, sus proyecciones perceptivas, por muy valiosas que sean, se clasifican y categorizan como discursos hegemónicos totalitarios, ya sean de izquierda o derecha, y establecen las interpretaciones predominantes (no necesariamente reales o verdaderas) de la realidad social, política y cultural. En definitiva, sus campos perceptivos, no agotan la realidad de la vida ni la realidad humana en todo su esplendor. Nadie es poseedor de la Verdad Absoluta. De todas maneras, el diálogo tiene que ser mutuo, recíproco y no violento. Yo estoy, espero, estar en capacidad de acoger ideas y argumentos; se espera lo mismo del otro. En el diálogo, que sin duda puede llegar a ser un debate civilizado, podemos purificar el clima de nuestra sociedad, derrumbando los ídolos ideológicos que nos dividen en amigos-enemigos, e incluso llegando a amarnos como hombres.
Los extremismos ideológicos subordinan e invisibilizan a la persona humana, la llevan a participar de manera voluntaria u obligada en guerras y conflictos absurdos, convirtiendo y sometiendo la vida en sociedad al odio, a ejes residuales marcados por la falta de autenticidad y humanidad, prostituidos por el Estado, y obligados al sometimiento de todos, a fuerzas impersonales sujetas al mercado, al Estado apalancado que vive del esfuerzo individual, y la lógica exclusiva del capital.
Hay que rescatar la fuerza y el papel de los actores sociales, dándoles reconocimiento por encima de las explicaciones macroeconómicas (necesarias desde luego) y deterministas-reduccionistas-positivistas (propias del método científico) que están en la base de los sistemas explicativos del socialismo-comunismo y del liberalismo en sus enfoques extremistas.
Referencias
Cárdenas, F. & Choconta, J. (2025). Critical Reading of the “Educational” Neo-language of Competences. The Case of Colombia. Critical education. British Columbia University.
Thibon, G. (1958). Diagnósticos de fisiología social. Editora Nacional.
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